lunes, 24 de febrero de 2014

EN RECUERDO DE ANTONIO MACHADO


                               Imágenes, enlaces y recortes de prensa del homenaje. 



Enlace con El País:



Marisa Calvo. Ian Gibson. Pepa Nieto

       
                                          Leonor Machado al terminar unos versos de su tío Antonio



                                         Leonor Machado y Miguel Losada


                                          Leonor flanqueada por Mª Jesús Fuentes y Pepa Nieto



HOMENAJE EN SEGOVIA


En la Casa Museo de Antonio Machado


En el Ayuntamiento

Balcón del Ayuntamiento de Segovia donde un 14 de abril Machado se asomó



Miguel Losada en la Casa Museo


Javier Lostalé


¿En qué pensaba el poeta Cereijo?


Se recitaron versos en la Academia de San Quirce

Sandy García

Marifé Santiago Bolaños

Mª Jesús Fuentes García


Pepa Nieto


Leonor Machado

En la Plaza Mayor junto a la estatua del poeta


Pepa Nieto en el Mirador de la Canaleja, frente a la Casa de los Picos


Enlace con El Norte de Castilla: 

Enlace con El Adelantado de Segovia:

Enlace con Segovia al día:

RECORTES DE PRENSA
El Norte de Castilla: 


EL ADELANTADO DE SEGOVIA:










sábado, 15 de febrero de 2014

ARCO POÉTICO




Agradecer a los que acudieron y cuidaron que los versos lanzados no se perdieran en la estrategia del olvido. Y a lo que no pudieron, gracias por el aliento enviado.
La lectura comenzó con el bisturí preciso de José Cereijo un proemio venturoso. Luego los versos se defendieron. Apenas preguntas y Pepa Nieto requirió un último poema que despidiera y que al final dejo. A la tertulia acudieron amigos, amigas fundamentales, parte de la familia, escritoras queridas y admirados poetas: María Antonia Ortega, Javier Lostalé, José Luis Morales, Gracia Iglesias (tantos proyectos siempre al vernos), Paco Caro (salud Latus), Graciela Rodríguez Alonso (escritora y poeta oculta), José Luis Reina Palazón, Miguel Losada, Antonio Machado Sanz (gracias por las fotos), Jesús de la Peña, Francisco de la Torre…

Terminó la tertulia con diferentes vinos, ya fuera de la Biblioteca, llegaron más poemas donde Reina Palazón de memoria recitaba para adivinar y Cereijo acertaba como si estuviera poseído por una audioguía secreta. Se prometen más encuentros. 


                                          José Cereijo, Pepa Nieto, Jesús del Real Amado.
                                       














                                          José Luis Reina Palazón, Paco Caro, Javier Lostalé y José Cereijo.
                                                        En primer plano la madre del poeta invitado con Mercedes Siguero.





                                 Atravieso sueños para estar junto a ti,
                         dúctil el cristal ante las palabras
                         que cruzan sin quebrar la transparencia.
                
                         Viajo por la niebla que levantan
                         los susurros temblorosos en tus despedidas,
                         su eco acompaña la deriva de mis pasos.
               
                        Son más los que te forjan en ausencia,
                        momentos que el ahora fatiga
                        en un segundo, como si no le importase
                        el recorrido que propone tu piel en los encuentros,
                        pertenecen a ese mundo inalcanzable a descripciones
                        atrapados solo en la retina del recuerdo.
               
                        Serán tus manos las que caven surcos en las páginas
                        y un canto atraiga semejantes sueños
                        el abrigo que desvanezca las heladas
                        la lumbre dibujando sombras de tus dedos,
                        un rumor escapa de tus ojos, ahí no caben silencios. 



lunes, 20 de enero de 2014

BILL VIOLA

Como un eco visual que se extendiera del Teatro Real a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, las obras de Bill Viola consiguen, por unos días, trazar un eje multiplicado de correspondencias que puede iniciarse con el amor profundo reflejado en Tristan und Isolde y sus obras en la Academia, que forman parte de un conjunto mayor denominado Las Pasiones. 

La ópera es un arte de colaboración donde se pueden ir añadiendo diferentes concepciones que sigan agrandando esa obra de arte total, a la que uno ha de referirse siempre al hablar de Wagner. En este contexto podemos considerar la escenografía realizada de Peter Sellars con las imágenes creadas por Viola, que se desenvuelve bien entre el imperativo temporal de la música y el anclaje material de la pintura. Sellars admira la obra del compositor alemán, aunque mantenga hacia él un distanciamiento semejante a la enfermedad de Nietzsche. Por otra parte Sellars publicó “Corpus de Luz” en el catálogo de la exposición de Las Pasiones de Bill Viola en 2005 en La Caixa (de donde tomamos las referencias y citas para esta recensión. También en ese año se estrenó en la Ópera de la Bastilla de París esta propuesta de Sellars, Viola y Mortier). Por otra parte la lentitud que exige la ejecución de las composiciones de Wagner casa bien con la que se refleja en la obra de Viola; a lo que podríamos añadir las posibles semejanzas entre el leitmotiv recurrente del primero y la imagen en bucle del segundo.

Wagner lleva canto y música al límite de dificultad y extenuación de cantantes (al principio algunos fallecieron tras la interpretación de Tristan und Isolde por lo que se la calificó de irrepresentable). Wagner partía básicamente de la unión poesía y música para concebir sus obras, si bien sabía que la potencia de las restantes artes se imbricaban traspasando los límites de cada una. De aquí que trascienda la noción de ópera (sobre todo la italiana) y en un primer momento denominase a sus obras “acción” (handlung) y posteriormente se aplicara “drama musical”, un concepto derivado de Calderón, cuya obra conocía muy bien (asimismo Cervantes y Lope).

El romanticismo da a la banalidad una maravilla, una experiencia de belleza y misterio y en el de Wagner podemos ver un filtro que eleva lo cotidiano al acontecimiento. El límite entre el amor y el odio de dos personas que lo cruzan, si bien Isolde se quedará con en el deber y demasiado tarde irá por Tristan que, como héroe trágico, cita tiene ya con la muerte. En Tristan und Isolde se reflejan los grandes temas, que acompañan la existencia humana y que a Viola le interesan reflejar en arte: el amor, el odio, la muerte y la conciencia, haciendo destellar matices y un crecimiento espiritual a través de estados elementales del sentimiento. Viola utiliza a Rilke o San Juan de la Cruz para generar en los actores un grado intenso de emoción, si bien su iconografía mística no nos debe despistar de su trascendencia estética que pone en marcha la pintura.

El videoarte se introdujo por primera vez en la década de 1960 por los pioneros como Nam June Paik y Bruce Nauman y sigue siendo una forma vital de expresión artística contemporánea. Bill Viola parte de un cierto misticismo que le proporciona un sistema, un camino de conocimiento, con el arte como forma para entender y dar a conocer el mundo. Esto lo combina con la performance y el body art para que esos principios de su trabajo, esa transformación y conocimiento, alcance a otras personas. De ahí que sus temas frecuentes estén fundamentos en sueños y ciclos vitales. Viola distingue cuatro colores primarios: feliz, triste, enfadado y asustado (alegría, ira, tristeza y miedo); en la página 164 del referido catálogo nos dice: “… sentí el deseo imperioso de liberarme de la historia, de prescindir del argumento, la narración, y de ocuparme solamente de las emociones. Me imagino que es parecido, en cierto modo, a la situación de un pintor que quiere llegar al rojo como experiencia de un color puro, no como parte de la ilusión pictórica de una rosa.”

Por otra parte el interés de Bill Viola por la pintura devota y los maestros antiguos hace que sus obras continúen el dinamismo de la pintura por otros medios: película de 35 mm. y alta velocidad (más de 300 fotogramas por segundo), ralentizada y pasada a vídeo digital. La lentitud le permite tener tiempo, interpelar nuestras emociones: “Las nuevas tecnologías permiten devolver el tiempo a la mirada”, nos dice Viola en el catálogo mencionado. El movimiento hiperlento proyecta y convoca estados emocionales con su poder envolvente; la cámara lenta considera los detalles, conduce a la esencia, se aprecian los cambios graduales de expresión. Con antecedentes en Eisenstein o Dziga Vertov, videocreación de los sesenta, por no hablar de su uso en cine comercial, retransmisiones deportivas y publicidad.

The Passions se origina en 1998 con una beca de Getty Research Institute, junto a un grupo de historiadores del arte y otros especialistas, dedicado a la representación de las pasiones. Analiza escritos hindúes, budistas y sufíes, otros de San Juan de la Cruz y el Maestro Eckhardt y otros más recientes como The Art of Devotion de Henk van Os, ensayos de Jennifer Montagu (The expession of the Passions) sobre la representación de emociones y El ojo místico de Victor Stoichita, donde nos dice que pintores como Zurbarán o El Greco estaban tratando de pintar lo invisible, quizá por eso las imágenes emigraron desde la pintura al vídeo.

Son cuatro las piezas de Viola que se muestran en la Academia, donde a nuestro juicio no se produce un diálogo, si entendemos éste como un intercambio de logos; no hay palabras, no hay logos, entre las imágenes. A Viola le interesa la transición de estados emocionales que no está recogida en las pinturas. Si en el drama wagneriano las imágenes de Viola (ya el cine a en 1899 en el Liceo de Barcelona se incorporó a La walkyria) intensifican las emociones del espectador, pues según escribe Peter Sellars: “La ley del universo es el movimiento”, éste es el que podemos ver en la Academia y que dinamiza el resto de cuadros, si tenemos en cuenta que la fabricación de los planos es lo que acerca el cineasta al pintor, el cine a la pintura. El movimiento implica que una película no es un cuadro, mas la noción de plano, el recorte en el tiempo y el espacio que esta noción supone hace que los cineastas puedan compararse a los pintores (Pascal Bonitzer, Decadrages, pg. 30).

The Quintet of The Silent (El Quinteto de los Silenciosos, 2000) forma parte de la serie The Quintets, que en inicio se iba a llamar Retratos, con estudios previos en vídeo (a modo de bocetos pictóricos), y posteriormente generaría The Passions. Fueron inspirados por el estudio del artista de las últimas pinturas medievales y principios del Renacimiento italiano y flamenco. Un grupo de cinco personas se someten a una serie de emociones, mientras que la cámara graba cada matiz de su reacción física. En este caso, podemos ver varias referencias: Cristo burlado (La Coronación de Espinas 1490-1500), El Bosco. Para Peter Sellars este cuadro “realizado en tecnología de alta resolución del siglo XV, también está en movimiento. A primera vista los cuatro torturadores que rodean a Jesús están relamiéndose por su triunfo. Pero cuanto uno más mira, mejor puede verse la superficialidad de su victoria que está invadiendo sus miradas, puede advertirse que sus músculos faciales, que se tensan para mantener sus sonrisas, están debatiéndose con todos los sentimientos y los pensamientos contrarios.” Otras referencias que podemos observar serían la Adoración de los Magos (1495-1505) de Andrea Mantegna (que a su vez se inspira en los relieves romanos para ese espacio comprimido de figuras y poco profundo); y Mater Dolorosa (1470-1475) de Dieric Bouts. La pintura del Bosco actuaría como plantilla visual para la composición de esta obra y las fuertes emociones que transmiten las cinco personas que oscilan entre la compasión, conmoción, dolor, ira, miedo y el éxtasis. Aunque comparten un espacio físico cercano, cada persona está totalmente absorta en su propia experiencia emocional. Rodado en la alta velocidad con película de 35 mm., la acción de los actores duró aproximadamente sesenta segundos y se extiende en el vídeo un poco más de dieciséis minutos, acentuando el poder y la profundidad de cada emoción.

Dolorosa (2000): Pequeñas imágenes digitales planas de LCD, con textura semejante a los pequeños cuadros de devoción. Ambos se filmaron por separado y luego Viola coordinó sus movimientos.

Silent Mountain (Montaña silenciosa, 2001): cámara de alta velocidad de 35 mm. ante un fondo neutro, toma de 45 segundos, dos actores, Natalie Canessa y Ken Roth, en el punto máximo de compresión y después liberación, un grito inaudible. La cámara lenta y la inversión permiten intensificar acciones que a velocidad normal pasarían prácticamente desapercibidas otorgando una extrañeza lírica. Si en pintura se refleja el clímax de la acción en un tiempo, en las obras de Viola el tiempo se reconoce en la acción. La acción se vuelve tiempo, nos volvemos tiempo. Sin historia, sin contexto, vemos cómo la emoción bulle. Explotan en rabia con formas temblorosas, convulsos cuentan sin palabras.

El agua está muy presente en sus obras, para Viola es el fluido donde nacemos y elemento regenerador de la vida. Al final de Tristan und Isolde podemos ver este tipo de utilización en una “Ascensión” después de una turbulencia de agua y burbujas (purificación, trascendencia y liberación) que remite a Five Angels (2001), The World of Appearance (2000) o First Light (2002) y fundamentalmente The Crossing (El cruce, 1996), donde dos fuerzas naturales, fuego y agua, se contraponen, cada una con sus capacidades catárticas.

En Surrender (Rendición, 2001) vemos otra trayectoria emocional extrema con el agua como elemento metafórico y nos acerca al relato sobre Narciso en Metamorfosis de Ovidio (“Ama a una esperanza sin cuerpo, cree que es cuerpo lo que es agua…”). El agua distorsiona las figuras de dos actores (Weba Garretson y John Fleck) como el dolor incide en sus estados emocionales, resultando un espejo alborotado que disuelve las imágenes y nos acerca otras en recuerdo de Francis Bacon de dolor y sufrimiento. 

lunes, 11 de noviembre de 2013

HOMENAJE A CERNUDA


El 5 de noviembre se celebró en el Ateneo de Madrid un homenaje a Luis Cernuda por el cincuentenario de su fallecimiento, presentándose el libro editado por La Revista Áurea y coordinado por Miguel Losada, Leve es la parte de la vida que como dioses rescatan los poetas. Ochenta con inéditos dedicados a Cernuda se recogen aquí (para más detalle del acto de Madrid ver el blog de Paco Caro:  http://mientraslaluz.blogspot.com.es/2013/11/leve-es-la-parte.html ). 

El día 8 volvía la carga de la memoria poética en el Ateneo de Sevilla, con nuevas lecturas por parte de poetas expresamente desplazados allí.

 

 
 
Recogemos algunas intervenciones dentro del Ateneo:

Pepa Nieto:


Francisco Caro:


Gracia Iglesias:


Sandy García:

 
 

Al día siguiente ese mismo grupo se desplazaba por Sevilla a lugares donde la añoranza por el poeta era mayor si cabe, así callejón del Agua, calle del Aire y calle Acetres donde el poeta nació y que, lamentablemente, se conserva en un estado ruinoso. En estos lugares solo se leyeron poemas de Luis Cernuda.
Antonio Rivero Taravillo, estudioso de Cernuda con su fundamental biografía, detalla más lugares que resultaron cercanos al poeta:

El grupo de poetas en el callejón del Agua:
 

Gracia Iglesias:


Miguel Losada:


María Jesús Fuentes:


Fermín Higuera aprovechó esta pequeña cúpula, lindando con la calle anterior, con gran sonoridad, para recitar un poema de Cernuda.  



Beatriz Russo en la calle del Aire:


José Cereijo en Acetres, frente a la casa natal tan deteriorada:


Pepa Nieto:


Juana Vázquez:



HASTA LA PRÓXIMA






 


¿Qué me traes, de nuevo, locura, esta mañana?
Me robas el delirio de los sueños, deslumbra
tu escasez los minutos que acantonas.
Más allá de los sueños perviven los deseos
que ávida realidad mides y recortas.
Déjame el tiempo perdido en la distancia
donde las palabras se moldean con el aura del olvido
y se deslizan recuerdos en pulpa de piel y labios.

Pensando en Cernuda


Ajeno el sol, se abisma al universo
por el precipicio que persigue al horizonte,
nos deja una tierra plana a la vista.
Tras el vuelo de colores, queda luz de mármol,
paz de cenizas con brillo en fuga y desaliento.
Otra vez mañana tendremos que reinventar
la esfera de los planetas, el mar sin las fieras,
restañar las médulas de la Historia.

Todo peleando con mi vivir,
inquieta brújula de azar,
nortea siempre soledad,
certeros cimientos en casas de aire
en tu alma desdoblada:
un esperándome ya muerto.

Pero esta noche
permitidme ser viento y no ala,
ser poesía,
sin versos prisioneros
en esperanzados amores.
Dejadme contemplar la luz sin nombre
en la campa de estrellas
su libertad nos alumbra deseos,
lejos de este país,
de tan extensa patria en los destierros.

domingo, 3 de noviembre de 2013

VELÁZQUEZ y la familia de Felipe IV


En estas mismas páginas, en octubre del pasado año, ya hicimos una breve introducción al origen del retrato que nos evita la reincidencia y el hartazgo del lector, advirtiendo que en este tipo de exposiciones la densidad histórica puede llegar a enmascarar la estética o la teoría del arte. Si obviamos el gótico final donde encontramos retratos admirables, con El Greco se forja la identidad del retrato español captando la peculiaridad de los rostros españoles, si bien Tiziano establece la tipología del retrato de corte en el siglo XVI (fijándose en Jacob Seisennegger) que llegará a Antonio Moro (Anthonis van Dashorst Mor), Sánchez Coello, Pantoja de la Cruz, Velázquez, Carreño y Mazo. Caracterizándose la escuela española por su orientación naturalista, con Italia y Países Bajos como referencia del arte moderno en general, lo que afectó de lleno al retrato al menos hasta Goya.
 

El contraste en esta época, de la cultura y sociedad españolas es notorio: a la batalla de Rocroi (1643), le sucederá la bancarrota de 1647 y entre tanto la crisis catalano-portuguesa. Las paces de Westfalia en 1648 ponen fin a la hegemonía española, produciéndose la decadencia (la declinación, como se decía entonces) de España, que ensimismada en su grandeza, fija más la atención en el bufón Nicolaso Pertusato que en las nuevas formas de pensamiento que están modelando el espíritu de la modernidad como Galileo, Descartes, Pascal, Leibniz, Locke y Newton. Vivir desviviéndose de España que escribió Saavedra Fajardo, refleja la paradoja permanente en la historia de este país. Se produce una endogamia en el afán de enlaces matrimoniales como estrategia política y también una gran preocupación por la primogenitura masculina (los hijos fuera del matrimonio de Felipe IV tuvieron una suerte más numerosa): Mariana de quince años casa con Felipe IV de cuarenta y cinco. Debía haberlo hecho con Baltasar Carlos pero muere. Mariana se encuentra que la infanta María Teresa era así su hijastra y su prima. Todo esto produce unos rasgos fisonómicos comunes tan cercanos y uniformes que se prestan a confusión en los retratos sin cartela.
 
La década 1650-60 son años de esplendor de la cultura cortesana, donde podemos destacar las obras de Calderón con destino el rey (por no hablar de Antonio Solís o Gabriel Bocángel). Un teatro cercano a la ópera, espectáculo integral de texto, música y escenografía, con abundancia de temas mitológicos o antiguos, que se podían realizar en el Alcázar (Salón Dorado, Salón de los Espejos), Retiro o Aranjuez y donde el lenguaje mitológico era habitual para desarrollar tramas novelescas y dramáticas. En este sentido, Darlo todo y no dar nada (h. 1651), representa la relación entre Alejandro Magno y Apeles, como Felipe IV y Velázquez, una dignificación de la pintura. Cabe reseñar su égloga piscatoria, El golfo de las sirenas (h. 1657), que recuerda a una anterior de Lope, La selva sin amor (1627), ambas con ambientación marítima (la de Lope cantada enteramente). En estos divertimentos con los que el público se entretenía, tenían un fondo filosófico que alentaba también a la reflexión. En este caso, Calderón buscaba correspondencias con la realidad histórica del momento, con las circunstancias políticas de la monarquía y también con las personales del monarca, astuto Ulises aficionado a  muchas Circes, para que se dejase ayudar por sus consejeros.
 
La exposición se centra en los retratos de los últimos once años de la carrera de Velázquez, que hereda de Antonio Moro el modelo canónico para representar al rey de España. El éxito de Velázquez en la corte se debió fundamentalmente a la admiración de sus retratos sea cual fuera su jerarquía social. A través de la pintura llega a la experiencia del objeto, del carácter. Velázquez y luego Mazo y Carreño sostienen un tipo de retrato de intensa objetividad en el rostro y severa apostura corporal, que se prolonga hasta el XVIII, dominando ese tono de grave sosiego y altivez un tanto rígida, que constituía a los ojos europeos el talante español. El retrato venía marcado por algún hecho relevante de algún miembro de la casa real o bien un uso político y diplomático que diera a entender la monarquía española al mundo. Con una gran demanda de retratos, ya que en el ámbito cortesano cumplía la función de transmisor de la majestad: presidían lugares oficiales o bien eran regalados a otros soberanos o enviados a familiares (Viena o París), de ahí las repeticiones que podemos ver en la exposición de Mariana de Austria, Maria Teresa y Margarita. En estos retratos oficiales podemos distinguir el bufete o mesa en que se apoya el personaje, el reloj o el cortinaje que sugieren espacios cerrados y lujosos con la presencia de perros que representa fidelidad, por no referirnos a los amuletos que se pueden distinguir en el caso de Felipe Próspero (1659). Asimismo retratos para futuras bodas como La infanta Margarita (1654-1656), con demanda por posibles alianzas o resoluciones de conflictos por vía matrimonial. La versión del Louvre contribuirá a la fama internacional de Velázquez en el XIX, con su factura libre y suelta será del agrado de Renoir. Este tipo de retratos (había otros retratos de naipe o de faltriquera, que serían hoy como fotografías), constituían una obligación del pintor de cámara y sus ayudantes, dando lugar al taller, donde Mazo realizaría funciones relevantes y también copiaría obras Carreño. 
 

Entre 1648 y 1651 Velázquez realiza su segundo viaje a Italia y es suficientemente conocida su labor pictórica, sus adquisiciones y su vida sentimental. En este periodo se centra en los retratos como forma de acercarse a la corte pontifica, destacan los retratos de Inocencio X, uno, troppo vero, en la Galleria Doria Pamphilj de Roma, y el otro, expuesto aquí, de Apsley House en Londres, que sería una copia o ricordo para demostrar sus relaciones y asentar su fama. Buscaba franquear los obstáculos para su ingreso en la Orden de Santiago. Adopta la expresividad de la retratística romana de Bernini o Algardi, logrando reflejar la personalidad y las inquietudes de sus modelos, lejos de los códigos de majestad que presentan algunos retratos de aparato de Felipe IV (como el llamado “de Fraga”, en Nueva York, Frick Collection, 1644). Así cabe reseñar la inmediatez del rostro en Camillo Massimo, (1650, en Kingston Lacy, The Bankes Collection, la misma colección que la copia/boceto de Las Meninas de Dorset), gran aficionado al arte, protector de Poussin y Claude Lorrain, retratado con el traje azul lapislázuli que solo llevaban los miembros de la cámara secreta papal. De igual manera, Camillo Astalli (1650-1651) refleja cierta empatía con el espectador, habitual por entonces en el retrato romano pero no en Madrid.


A su regreso la reina Mariana esperaba un hijo, fue Margarita. Desde entonces hasta su muerte en 1660 hay un frenesí pictórico y culminación de sus etapas anteriores, donde a golpe de pincel construye los detalles: ramos de flores, relojes de fondo, el perrito de Felipe Próspero… Es la solvencia de la sprezzatura, que podemos apreciar en la metamorfosis de mariposas del peinado de La infanta María Teresa (1653; compárese este peinado con el de María de Austria, reina de Hungría de 1630, del Prado, para ver las diferentes pinceladas). Muy característica de esta etapa final es este abocetamiento de la pincelada, como de acuarela, que diría Aureliano de Beruete, se puede ver en Felipe IV (h. 1654 y h. 1656), con una gama cromática corta que recupera la tradición del retrato de 1623. Abundan negros y grises que dirigen la atención al rostro que muestra al rey en edad madura y que muy a su pesar, fue la imagen que más se difundió (unas veinte versiones, en Londres y en Viena, así como en estampas). En la versión del Prado, sugerencia de espacio con las franjas verticales de detrás y está despojado de toda referencia a su rango, solo su rostro nos lo comunica.
 

Desde nuestro punto de vista uno de los atractivos de esta exposición es poder ver y comparar a escasos metros el llamado tradicionalmente “Boceto de Las Meninas” (o Las Meninas de Dorset), con Las Meninas, propiamente, del Prado. No lo es para Jovellanos que tiene el boceto por original y el cuadro por copia (“Reflexiones y conjeturas sobre el boceto original del cuadro llamado ‘La familia’”, en Varia Velazqueña, Madrid, Ministerio de Educación Nacional, Publicaciones de la Dirección Gral. de Bellas Artes, 1960, pgs. 156-164.). También lo consideraría original Ceán Bermúdez que a su vez nos dice que tiene un “dibuxo de lápiz roxo que sacó D. Francisco de Goya para grabarle al aguafuerte…”(Diccionario histórico de los más ilustres profesores de las Bellas Artes en España. Madrid, Vda. Ibarra, 1800, pg. 172). Stirling-Maxwell, se hace eco también del boceto y lo consideraría original en base a lo que dice Curtis. Cruzada Villaamil lo tiene por apócrifo, Bardi lo considera copia aboceta de Las Meninas y Carl Justi nos dice: “Naturalmente, aquel momento se fijó primero en un boceto, que aún existe; es prácticamente la única pintura que conocemos, que se realizó sin duda para una de mayor tamaño. Y quizás deba su existencia al hecho de que, en un primer momento, se pensó hacerla en este modesto formato.” (Velázquez y su siglo. pg. 646. Madrid, Istmo, 1999. Bonn, 1888/1903). Hoy en día seguimos igual, preguntándonos por la autoría. En la exposición se da a Mazo, por la factura, la facilidad de acceso al cuadro en el despacho de verano del antiguo Alcázar, y, además, Mazo estuvo al servicio del marqués del Carpio, donde figura el cuadro en el inventario a su muerte. No lo considera así, actualmente, Matías Díaz Padrón (hasta hace poco conservador del Prado) que en breve, según ha manifestado, se explicará con más detalle.


Sobre Las Meninas que conserva el Museo del Prado no caben aquí las referencias e interpretaciones que el cuadro regenera y agota; se perfecciona con la experiencia: colma la mirada al verlo. Requiere del espectador un esfuerzo por participar en el sofisticado rompecabezas visual (verse a sí mismo viendo) y asistir, por ese espejo del tiempo, al ámbito de intimidad entre los reyes y su hija, donde el pintor se integra trabajando, como hacen también los servidores de la infanta. Combina perspectiva lineal y aérea, tiene carácter autorreferencial como el Quijote y naturaleza escenográfica, que enlaza con la costumbre de ver retratos sobre el escenario, un hábito teatral al que Felipe IV y su corte estaban acostumbrados.


Juan Bautista Martínez del Mazo (1611-1667), resulta un pintor magnífico cuya fortuna crítica, siempre en comparación con Velázquez, oculta su fama por la de otro genial. Alumno y yerno de Velázquez, raramente firmó sus obras, con lo que a veces han sido confundidos. Realizó copias de Velázquez como los de la infanta Margarita que podemos ver en la exposición. También la retrata con quince años, de negro por la muerte de su padre Felipe IV. Destaca aquí la sobriedad del retrato oficial, donde la tradición de la escuela española se conjuga con la densidad de color del Barroco. El rostro serio de la adolescente se enmarca en una suave aureola dorada que forman sus trenzas. La cabeza a su vez, queda envuelta en el negro de la estancia y el vestido, que resalta fuertemente una de sus manos, blancas y lánguidas. La otra se apoya en un sillón de terciopelo rojo, que es respondido en un eco amplificado de color con el cortinaje de fondo, herencia de la escuela veneciana, de la cual existían numerosos ejemplos en las colecciones reales. La alfombra está también llena de puntos de color rojo y dorado, lo cual reduce extraordinariamente la gama de colores utilizados, que ofrecen un increíble juego de efectos de contraste entre sí.
 

Juan Carreño de Miranda (1614-1685) fue uno de los mayores retratistas de la corte española, amigo de Velázquez y nacido en el seno de una familia noble, aplicó a sus lienzos el estilo aristocrático de su forma de vida, captando con elegancia y psicología a los personajes de la familia real y de la corte madrileña. Realiza, en general, un retrato solemne, austero y en tonos pardos con fondo neutro, aunque en Carlos II (1671), utiliza modelos venecianos que infunden a la pintura un hondo sentido del color y el movimiento, especialmente a través del grueso cortinaje rojo que envuelve a medias la figura, que aparece un tanto solitaria y frágil en mitad del lujo agobiante de la sala, en comparación con la mesa gigantesca y el león. Todo ello debido quizá al juego de ilusionismo óptico donde los espejos vulneran las leyes de la refracción.
 
Sabemos por Antonio Palomino que Velázquez tenía trato con poetas y escritores, Góngora, Quevedo o Francisco de Rioja. Y por su biblioteca un amplio horizonte cultural, donde no abundan obras de ficción o imaginación (no está Platón), sí tratados de Alberti, Durero, Leonardo, matemáticas, perspectiva, mecánica, anatomía y medicina. Desde Quevedo, con mayor o menor suerte se ha ido repitiendo lo de la verdad en su pintura y lo de pintar el ambiente entre figuras, que diría Palomino. Como hemos dicho anteriormente es un cuadro que agotaría cualquier hipótesis, pues “Velázquez desaloja las sustancias del mundo de los cuadros y se reduce a pintar una realidad funcional de fenómenos, aunque no en tanto que mensurable” (José Antonio Maravall, Velázquez y el espíritu de la modernidad. Madrid, Alianza, 1987, pg. 68). Velázquez escruta los rostros y los plasma con respeto pero sin adulación, reflejando la tristeza o melancolía, la salud o sus estragos. La preocupación por la verdad del retrato es un viaje por un territorio donde reconocer, reconocerse (autorretratos) o reconocernos en el mapa de un cartógrafo de rostros.