https://youtu.be/UW61MlNHO7s
lunes, 3 de junio de 2019
Recital poético musical en Piedrabuena
Recital poético musical en Piedrabuena
https://youtu.be/UW61MlNHO7s
https://youtu.be/UW61MlNHO7s
domingo, 28 de abril de 2019
BALTHUS
Los
inicios artísticos de Balthus están vinculados con Rilke a quien
conoció con doce años, éste le prologa su cuento en imágenes en
tinta Mitsou.
Rilke, en las cartas que le dirige, destaca la riqueza de su visión
interior con breves comentarios sobre André Gide, Piero della
Francesca y Poussin. En esas cartas también se hace mención al
cumpleaños “olímpico” (la calificación es nuestra) de Balthus,
29 de febrero. De ahí, quizá, la infancia interminable como un
tiempo ideal que funciona en Balthus como leitmotiv
en su obra. Destaca en esa influencia, Lewis Carrol con Alicia
en el país de las maravillas
y Pedro
Melenas
de Heinrich Hoffmann. A Balthasar Klossowski de Rola, de niño ya le
llamaban Baltus o Baltusz (así le llama Rilke en las cartas) y en
1929 Balthus.
Su
formación como pintor se inicia copiando,en el Louvre, por consejo
de Pierre Bonnard a sus padres. Copió mucho a Poussin y en 1926 a
Piero della Francesca en Arezzo, asimismo a Masaccio, en la capilla
Brancacci de Santa María del Carmine, en Florencia y de Masolino da
Panicale, que fue el colaborador de Masaccio y, según Balthus,
planteó los fundamentos del arte de Piero della Francesca. Aparte de
Rilke, otros mentores fueron Lotte Pritzel de Múnich, quien le
enseñó a esculpir y a hacer muñecas, Margrit Bay en Beatenberg y
Bill Hayter, grabador a buril y pintor, que dirigía un atelier en
Montmartre.
Servicio
militar en Marruecos, de octubre 1930 a diciembre de 1931, donde se
produce un impasse
en su producción pero también una reflexión sobre los colores y la
luz que le dará madurez, de ahí que Octavio Paz dijera de su obra:
“La luz es tiempo que se piensa”. En 1933 alquila un estudio en
París, se hace amigo de André Derain, Alberto Giacometti, Antonin
Artaud y Pierre Jean Jouve. En 1934 su primera exposición en la
Galería Pierre, que cosechó un succès
de scandale que
no le ha abandonado. Siete obras que él sabía provocadoras hicieron
que la exposición no pasase desapercibida, aunque no vendió un
cuadro. Sus imágenes ya tenían cierto misterio, teatralizadas
mediante gestos dramáticos y expresivos. Como se recoge en el
catálogo de la exposición (pgs. 29-30) fueron las ganas de
notoriedad que tenía y esa provocación fuera el camino para lograr
más rápidamente la fama. Balthus desempeñó el papel de un dandi
ansioso de distinción con tendencia tanto a la vida bohemia como a
la aristocracia.
Con
Antonin Artaud trabajó
colaborando
en la escenografía y vestuario en su obra Los
Cenci
de 1935, su teatro de la crueldad le serviría para reflejar ese
estado de maniquíes que reflejan sus figuras. Personajes
aletargados, vaciados de su interior que funcionan vitalmente como
marionetas disecadas. Aboga por un contenido apasionado del arte que
quiere lograr a través del drama de la carne y del erotismo y
utiliza las transgresiones sexuales de Bataille y de Sade que en los
años treinta resurgió a través de la revista surrealista
Minotaure,
donde
Balthus publicó algunas de sus ilustraciones para Cumbres
borrascosas. También
deseaba
hacerse
famoso, tanto para conquistar a Antoinette de Watteville, de la que
estaba enamorado, como a un público ávido de escándalos, que le
multiplicaron contactos con mecenas de la aristocracia, procurándole
algunos retratos que le proporcionaron cierta tranquilidad económica.
El 2
de abril de 1937 se casa con Antoinette de Watteville estableciéndose
en París, realiza exposiciones en París y Nueva York y es llamado a
filas cuando estalló la guerra; fue excluido por motivos de salud y
se trasladó con Antoinette a Champrovent, en Saboya. En 1946 regresa
a París sin su mujer y sin sus dos hijos que se quedaron en Suiza,
empieza su periodo más productivo, más de cuarenta cuadros y
decorados y vestuarios para representaciones teatrales. En 1947
relación con Laurence Bataille, que tenía 17 años y vivía con su
madre Sylvia Maklès y el compañero de ésta, Jaques Lacan. Éxitos
teatrales y prestigio en alza. Desaparece el elemento perturbador o
escandalizador en sus obras y muestra a las mujeres desnudas frente
al espectador, seguras en sí mismas.
1953,
abandona París, se traslada al château de Chassy, en Borgoña, allí
estaría siete años aproximadamente, pinta las tres hermanas, serie
de retratos de grupo de las tres hijas del galerista Pierre Colle al
tiempo que realiza numerosas obras de rehabilitación. Estaba con él la
poeta Léna Leclercq, amiga de Giacometti, que permanecería junto a Balthus hasta 1955, luego
mantendría una relación amorosa con Frédérique Tison, hijastra de
su hermano Pierre. En 1956 nueva exposición en París y primera
individual en el MoMA, 48 años, buena economía y reputación
internacional con exposiciones en Roma y Turín.
1961-1977
director de la Academia de Francia en Roma, restauró Villa Médici.
Empieza a emular la técnica al fresco empleando una mezcla de
caseína, yeso y óleo en combinación con diferentes tipos de
aglutinante, que le da a sus telas una rugosidad, un relieve que
desconcierta el recorrido de la mirada. Como director de la Academia
de Francia en Roma, pintó poco, pero tuvo unas relaciones
internacionales extensas y fructíferas. En 1962 conoció en Japón a
Setsuko Ideta, de 18 años y se fue con él a Roma, se divorció de
Antoinette para casarse con ella y tuvieron una hija Harumi. Vida en
un edificio del XVIII Grand Chalet en Rossinière, Suiza. Mejoran las
relaciones sociales y con la prensa a través de amigos famosos como
David Bowie o Richard Gere. Exposición en la Bienal de Venecia en
1980 y múltiples reconocimientos y exposiciones hasta su
fallecimiento en 2001.
En
el catálogo de la exposición, que ha servido de base para este
artículo, se destaca la afinidad por el pasado, que presenta un
lenguaje visual peculiar en Balthus caracterizado por la inmovilidad:
“La fuerza de un cuadro, es su inmovilidad. Yo siempre busqué, más
que nada, detener los seres y las cosas, suspender el tiempo.”
(Jaunin, pg 62). Una inmovilidad que se asemeja a las ilustraciones
de libros infantiles se aprecia en La
calle
(1933). Este cuadro también nos sirve para ver ese afán de
escándalo que iba buscando. Con motivo de la corrección del
cuadro, a petición del propietario, Balthus corrige la agresión
sexual que sufre la mujer de la izquierda donde originalmente la
figura masculina la agarraba entre las piernas. Así nos dice: “He
aceptado volver a reconsiderar el asunto porque no creo (y nunca lo
he creído) que ahí radique el verdadero significado, en caso de que
radique en algún lugar. Yo lo hacía más bien por el placer juvenil
por la provocación, en una época en la que aún se creía en el
escándalo.”
Se
le asocia con sus representaciones de jóvenes muchachas, que
aparecen durmiendo o leyendo, contemplándose en el espejo, desnudas,
soñando despiertas o sumidas en el tedio. Con un ensimismamiento y
actitud distante que confieren a estas representaciones un carácter
enigmático muy peculiar. Olivier Berggruen en el catálogo de la
exposición, pg. 59: “El erotismo velado o latente, el deseo
exacerbado, la violencia implícita y los teatrales tableaux
vivants
de estas composiciones, basados muchas veces en modelos anteriores,
están en el centro mismo de la pintura de Balthus. La suya es una
visión original que se basa no tanto en su manera de pintar –
aunque fuera muy poco convencional – o incluso de crear imágenes
cuanto en su capacidad para escenificar dramas psicológicos, a
menudo de carácter freuidano, en sus cuadros narrativos.” Imágenes
perturbadoras que provocan reacciones complejas como La
lección de guitarra (1934),
que
no está en esta muestra,
recuerda, en la posición de la niña, a la de Cristo muerto en la
Pietà de Villeneuve-lès-Avignon, de Enguerrand Quarton en el
Louvre. En carta a Antoinette, alude para su realización al poema
de Baudelaire Lesbos,
que no pudo publicarse hasta 1949. El cuadro hoy en día sigue bajo
prohibición para exhibirse y solo ha podido verse en tres ocasiones,
según se indica en el catálogo de la exposición (pg. 32).
Las
obras de Balthus permiten diferentes lecturas que van desde la
representación empática de la desinhibición infantil hasta la
observación voyeurista
de una muchacha pubescente, así nos dice Balthus en pg. 28 del
catálogo de la exposición: “Porque de lo que se trataba era de
acercarse al misterio de la infancia, a su languidez de límites
imprecisos. Lo que yo quería pintar era el secreto del alma y la
tensión oscura y a la vez luminosa de un capullo aún sin abrir del
todo. El pasaje, podría decirse, sí, eso es, el pasaje. Ese momento
indeciso y turbio en que la inocencia es total y enseguida dará paso
a otra edad más determinada, más social”
Hay
en muchas representaciones de Balthus una doble lectura que se deja
sentir, como en El
aseo de Cathy de
1933.
Las facciones son las de Balthus y la que fuera su mujer Antoinette.
Balthus describió así la escena: “Cathy está desnuda porque es
simbólica; además el grupo que forma con la niñera está tratado
como una visión, como una imagen en el recuerdo de Heathcliff
[Cumbres
borrascosas],
que en realidad se sienta a solas en la habitación.” Entenderemos
más próximo este mundo de fantasía, si ponemos en relación esta obra de Emily
Brontë en el ámbito de la novela gótica en la que predomina la
ficción, los castillos o las grandes mansiones donde habita mejor lo
sobrenatural. Así le conoció Win Wenders, en un castillo
fantasmagórico, como si fuera sacado de un cuento de hadas.
Sus
obras tensan nuestro sentido de la realidad, sus figuras como en
estado solipsista, aisladas aunque aparezcan en conexión, así La
partida de naipes
(1948-50): Superficie pictórica áspera con textura que recuerda a
la pintura mural. Cabeza del niño de frente y perfil al tiempo,
recurso cubista, su forma dibuja un corazón que puede aludir a la
carta que esconde, el as de corazones. La iluminación realza la
escena, la niña triunfante y el niño tramposo.
Por
lo general sus obras presentan escasa profundidad del espacio
pictórico, paleta escueta y abruptos cambios de perspectiva, como
Los
hermanos Blanchard
(1937) o El
pez dorado
(1948). Obras donde el movimiento parece congelado en un instante y
envuelve la escena aproximándola a la visión embelesada de Giorgio
de Chirico, como podemos apreciar en La
habitación,
(1947-48), El
sueño II
(1956-57) o Los
buenos tiempos
(1944-46). Sus figuras permanecen remotas, retraídas y ensimismadas,
parecen personajes pensativos que flotan en ensueños, en ocasiones
con abandono lánguido, en otras, inducen posturas gamberras que
transmiten las ambigüedades que forman parte de la pubertad.
Ese
ensimismamiento nos ofrecen figuras con tedio y aburrimiento: Las
tres hermanas
(1955), El
salón
(1941-43). Una melancolía y añoranza que recoge Alicia
en el País de las Maravillas,
donde la protagonista cansada de lo que le rodea, huye a su mundo de
ensueño. En ellas, y en muchas otras, las poses suelen ser como
forzadas, si no lo parecen tanto, es por estar contrarrestadas por la
indolencia de los personajes. Excepto esa fotografía donde Balthus
está con su mujer Setsuko y su hija Harumi, en el resto de sus
fotografías tiene una pose forzada, como en sus cuadros. En todo
ello, podríamos decir que hay una precisión matemática, basada en
Piero della Francesca, que resulta una composición convincente de
iluminación, trazos y miradas que nos sacan y adentran en el cuadro
y el efecto de esas posturas forzadas las traslada, por ejemplo, a
los bodegones, que resultan un tanto violentados con sus martillos,
sus cuchillos clavados en el pan o sus vidrios rotos, fuera de la
habitual representación de naturalezas muertas.
Los
retratos más destacados de adolescentes del pintor son sus series de
pinturas de 1936 a 1939, en las que la joven Thérèse Blanchard
sirvió de modelo. Thérèse y su hermano Hubert eran vecinos de
Balthus, Thérèse posó sola o con su gato en al menos diez
pinturas: Thérèse
(1938), el semblante inexpresivo de la joven niña insinúa el
aburrimiento de tener que permanecer sentada mucho tiempo,
que
el artista contrarresta con la
elegancia casual de la pose de la joven, impregnada de seguridad de
alguien mucho mayor. La composición recuerda el retrato de Courbet
de su hermana menor, Juliette Courbet de 1844.
Thérèse
soñando
(1938): perdida en el ensueño con las manos cruzadas sobre la
cabeza, con una expresión de asombro en la cara y las piernas
descubiertas, se convierte en el epítome de la sexualidad
adolescente adormecida, como nos dice Sabine Rewald. Con el gato gris
lamiendo leche de un platillo, Balthus añade otra metáfora erótica.
La imagen presenta una descripción inquietante de esa etapa de la
vida que gira entre la pereza y la exuberancia, la inocencia y las
fantasías sexuales, la realidad y el sueño. Balthus adoptó la
postura de Teresa de un fotocollage de Man Ray de 1935 que apareció
en el mismo número de Minotaure,
como las ilustraciones de Balthus para Cumbres
borrascosas.
El gato puede considerarse una figura esquiva, oblicua y equívoca,
como un adolescente inquieto permanentemente; se preocupan de sí
mismos.
Sus
imágenes de niñas contienen una corriente subyacente de tensión,
explora ese erotismo inconsciente y lo convierte en pintura. En su
serie de Thérèse Blanchard, Balthus mezcla intuición con la psique
de su joven modelo con un deseo erótico manifiesto. Por un lado, le
da a su modelo tanta dignidad e importancia como si la viera alguien
de su misma edad. Por otro lado, agrega una carga provocativa y
seductora a su inocencia. Esta coexistencia de empatía y deseo
erótico por la niña pubescente crea no solo una corriente oculta de
tensión, sino también una inquietud que muchos espectadores
confiesan experimentar frente a estas imágenes.
Su
fascinación por las ambigüedades y los lados oscuros de la
adolescencia corresponde a su entusiasmo con la novela Cumbres
borrascosas
(1848) de Emily Brontë, estaba interesado en la extraña infancia
de Cathy y Heathcliff en los páramos de Yorkshire. Sus ilustraciones
finales, que datan de 1934 a 1935, cubren la primera parte de la
novela. Balthus se identificó profunda y personalmente con este
libro y le dio a Heathcliff sus propias características, mientras
que Cathy tiene las de su futura esposa Antoinette. En relación con
esto, Los
hermanos Blanchard
de 1937. Esta pintura, en su momento propiedad de Picasso, se basa en
la segunda de sus catorce ilustraciones para Cumbres
borrascosas.
La austeridad de su estudio sirvió de fondo en el que ambos niños
parecen estar en un interior vacío y áspero, lo que no inspira
alegría (en general los niños y niñas que pinta no están
alegres), en una tarde interminable estos niños con esas posturas no
naturales, incómodas, ensimismados parecen estar tan alejados uno de
otro como lo están del espectador.
La
inclinación de Balthus a centrarse particularmente en las
ambigüedades de la adolescencia se relaciona con ciertos escritores
y poetas que también exploran ese tema en sus obras, entre ellos
Robert Musil, Rainer Maria Rilke y Jean Cocteau. En su novela Young
Törless
(1906), Musil describe la confusión sexual y emocional de su héroe
adolescente con tanta empatía como si el mismo muchacho se lo
contara. Rilke siempre destacó la importancia de la infancia. La
propia infancia del poeta alemán, que consideraba infeliz, a menudo
servía de inspiración para su poesía y su prosa. Los adolescentes
de Balthus también encuentran contrapartes literarias en la novela
de Cocteau Les
Enfants Terribles
(1929), donde los hermanos Paul y Elisabeth viven en desorden mental
y físico en una habitación en la que se desarrolla la mayor parte
de la historia.
Las
muchachas de Balthus despiertan una combinación entre placer y
malestar, un apetito voyeurista
que al tiempo lo reprime. El erotismo de Balthus es ambiguo,
implícito y no explícito, seductor y no abiertamente atractivo,
con pocas excepciones, no hay una sexualidad manifiesta sino un mundo
de reserva, de suspensión de actos, de cuerpos anquilosados. De ahí
la petrificación en el lugar, la rigidez de cuerpos y formas, la
actitud congelada que suspende la vida, una presencia de los
personajes a punto de diluirse.
En
una de las que sería sus últimas entrevistas, Balthus se refiere a
las poses lascivas y voluptuosas, responde que son posiciones de
abandono propias de la infancia, dictadas por la composición de sus
cuadros y que es problema de los demás si proyectan sus propias
fantasías. Aparte recoge una serie de cuestiones generales sobre la
pintura como la concentración extrema que necesita para realizar sus
cuadros, su dimensión espiritual, la traducción que es para él la
mirada. Su declaración rotunda de ser un pintor religioso y
ferviente católico. Así nos dice (Jaunin, pg. 18): “Todas mis
figuras femeninas son ángeles. La gente piensa que es erotismo. Es
perfectamente absurdo. Me pintura es esencial y profundamente
religiosa.“
Eros,
en Rilke y quizá por derivación en Balthus, representa, según nos
dice Rodríguez Suárez, una fuerza de transformación que trasciende
la belleza de los sentidos para elevarse a una belleza
ontológicamente superior, al fundamento mismo de lo bello, mediante
el cual el ser humano se constituye a sí mismo. “El ángel sería
la figura que simboliza la interiorización de la realidad en su
máximo grado, es decir, aquel que ya ha realizado totalmente la
transformación de lo visible en invisible y que reconoce en ello un
nivel más alto de la realidad. Con su conciencia infinita, el ángel
habita en la eternidad; este es el espacio del mundo interior
completo, donde se da una identificación absoluta entre la
representación y lo representado”.
En
esta entrevista (Jaunin) de la que venimos hablando, Balthus, nos
dice (pg. 64): “Conocí mucho y frecuenté bastante a Pierre-Jean
Jouve. Su poesía era tan pura como su carácter complicado y
difícil. Pero la poesía moderna, confieso que no la entiendo. Tuve
varios amigos poetas, pero el sentido de lo que quieren hacer me
escapa completamente”.
Piere
Jean Jouve fue gran amigo de Balthus al que había dedicado una
novela, La
víctima
(1935) y que Balthus usará para un cuadro pleno de desasosiego pero
sin relación, según él, con la novela del poeta. La producción
literaria de Jouve está sustentada por lo que sería legítimo
llamar una poética del secreto, ya desde su novela de 1925 Paulina
1880.
A partir de aquí, no dejará de actuar sobre su obra, tanto en
narrativa como poesía, dotando de misterio (lo inaccesible a la
racionalidad) a sus personajes, donde también se cruzan conceptos
como el silencio, el secreto (lo prohibido que no debe ser revelado)
o el enigma (lo difícil de entender).
Con
dieciséis años descubre a Mallarmé y a partir de ahí se inicia su amor
por la poesía. Sueña con una poesía inspirada en los principios
del unanimismo, una conciencia colectiva que trasciende la del
individuo, espíritu comunal basado en la obra literaria de Jules
Romains a inicios de 1900. Alistado como enfermero en la Primera
Guerra Mundial, en la Segunda forjará los ideales de la Resistencia
con sus poemas. Después será la soledad y la inspiración mística
de Francisco de Asís, Teresa de Ávila o Ruysbroeck el Admirable
(Jan van Ruysbroek o Beato Jan van Ruusbroec, 1293-1381), lo que
fundamentará su poética.
Su
sensibilidad religiosa de marcada moral cristiana, hace de su trabajo
una ascesis dolorosa, contrarrestada por una creencia profunda en el
rol santificador del arte y del papel del psicoanálisis en la
investigación de la dimensión oculta del ser humano (Blanche
Reverchon, su esposa, es quien primero traduce al francés a Freud).
Esa especie de combinación de psicoanálisis y mística hace que en
sus poemas exista una asociación sintáctica y semántica cuya razón
profunda ha de buscarse en la profundidad del inconsciente. Dios y la
naturaleza contienen un enigma de igual temple, y están enraizados
en el cuerpo. La poesía de Jouve se afirma en la idea de que al arte
le corresponde hacer la luz sobre las realidades inconscientes y
animar la transformación humana. El trabajo del poeta debe ser este
impulso.
Les
mots n’ont leur naissance et leur soufle d’enfants
Ma
reine que de toi: s’ils jettent par le sombre
Dans
la bouche d’Éros énorme et dévorant
Une
liqueur sacrée des aïeux très profonde;
Puis
un esprit cruel les confronte en poème
Qui
est un mot nouvellement pour l’uniers
Où
tout l’aveugle ciel rayonne de la reine
Par
illusion vaste, éternel, et divers.
Las
palabras no toman vida y soplo de niños / más que de ti mi reina:
si ellas por lo sombrío / arrojan en la boca de Eros voraz y enorme
/ un sagrado licor de los antiguos hondo; // Después un cruel
espíritu las confronta en poema / que es para el universo nuevamente
palabra / en donde ciego el cielo refulge de la reina / todo, por
ilusión vasta, eterna y diversa. //
BIBLIOGRAFÍA
CONSULTADA
BATAILLE,
Georges, Las
lágrimas de Eros.
Barcelona, Tusquets Editores, 1981.
— El
erotismo.
Barcelona, Tusquets Editores, 2007.
BALTHUS
/ RILKE, Mitsou,
historia de un gato seguido de Cartas a un joven pintor.
Tenerife,
Artemisa
Ediciones, 2006.
BRONTË,
Emily, Cumbres
borrascosas.
Con las ilustraciones de Balthus. Traducción de Roberto
Bartual.
Madrid-Tenerife, Artemisa Ediciones, 2007.
CATÁLOGO
exposición Balthus.
Madrid, Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, 2019.
KOFMAN,
Sarah, “Balthus o la pausa” en Melancolía
del arte.
Traducción Alicia Migdal.
Montevideo,
Ediciones Trilce, 1995 (Paris, Éditions Galilée, 1985).
JAUNIN,
Françoise, Balthus:
Meditaciones
de un caminante solitario de la pintura. Traductora
Constanza
Bauzá. Buenos Aires, Las Cuarenta, 2010.
JOUVE,
Pierre Jean, 16
poemas.
Edición bilingüe de Carlos Edmundo de Ory, en colaboración
con
Alejandro Busuioceanu. Madrid, Abada Editores, 2010 (el poema citado,
en pgs. 38- 39).
PAZ,
Octavio, Obra
poética (1935-1998),
Barcelona, Galaxia Gutemberg, 2014 (pg. 597, poema
“La
vista, el tacto”).
REINA
PALAZÓN, José Luis, Antología
esencial de la poesía alemana.
Madrid, Espasa-Calpe,
2004.
REWALD,
Sabine, “Balthus’s Thérèses” en Metropolitan
Musem Journal,
33. The Metropolitan
Museum
of Art, 1998, pg. 305-314.
RILKE,
Rainer Maria, Los
cuadernos de Malte Laurids Brigge.
Traducción de Francisco Ayala.
Buenos
Aires, Editorial Losada, 1958.
— Cartas
a un joven poeta.
Traducción y nota preliminar de José María Valverde. Madrid,
Alianza
Editorial, 1980.
— Elegías
de Duino.
Sonetos
a Orfeo.
Edición de Eustaquio Barjau. Madrid, Cátedra, 1987.
— Cuarenta
y nueve poemas.
Selección, traducción e introducción de Antonio Pau. Madrid,
Editorial
Trotta, 2008.
RODRÍGUEZ
SUÁREZ, Laura Paz, “Eros e interiorización en Rilke” en Azafea.
Revista
de
filosofía,
6, Ediciones Universidad de Salamanca, 2004, pgs. 219-228.
miércoles, 28 de noviembre de 2018
BECKMANN - FIGURAS DEL EXILIO
El panorama alemán del período previo a la
Primera Guerra Mundial (IGM) estuvo dominado por el expresionismo, en buena
parte como reacción contra el enrarecido clima social y político de la Alemania
guillerrmina. El expresionismo es difícil de delimitar porque desde el inicio
tuvo manifestaciones artísticas muy variadas. Se caracteriza por un rechazo de
la realidad con un idealismo de raíz y una reacción al naturalismo
impresionista. Se producen diferentes oleadas, la primera en torno a 1900 y
coincide con el simbolismo en un marcado acento espiritual; la segunda entre
1905-10 coetánea del fauvismo y el cubismo analítico, con grupos protagonistas
como Die Brücke (El puente) y Der Blaue Reiter (El jinete azul); la tercera
oleada se manifestó después de la IGM y extendió el expresionismo hacia la
arquitectura o el cine, disolviéndose en la Nueva Objetividad, más
racionalista.
Aparte, existieron numerosas manifestaciones
expresionistas con epicentros en Berlín, Múnich, Dresde, Viena, Praga y otros
focos con variadas secesiones, contrasecesiones, con revistas como Jugend,
Pan o La Revue Blanche donde se intercambiaban
experiencias y se difundía la vanguardia artística alemana.
Existía una conciencia artística
específicamente alemana que algunos artistas de la generación anterior a Max
Beckmann, como Max Liebermann o Lovis Corinth, orientaban hacia el sentimiento
de la vida, a diferencia del ideal de belleza italiano. Contraponían a Durero o
Cranach frente al renacimiento italiano. La generación de Beckmann, Emil Nolde
y Otto Dix trataron de culminarla, pero la IGM alteró su confianza en la
especificidad del arte alemán, para dar lugar a una conciencia de crisis que
sustituyó el naturalismo por el expresionismo. El desarrollo de la IGM con su
secuela de muertos y miseria cambió el arte alemán. Franz Marc y August Macke murieron en las trincheras;
Kirchner o Kokoscha sufrieron crisis psíquicas y en otros dejaron profundas
huellas como en Beckmann, Dix o George Grosz. Los artistas ya no veían frenesí
que plasmar, los ideales se dejaron a un lado y dominaba el escepticismo y la
duda. El expresionismo destaca sobre todo por una temática diferente: la
angustia, el lado sombrío de la conciencia humana.
A comienzos de los años veinte, el panorama
alemán era heterogéneo y fluido. Se había reconocido a los expresionistas de
preguerra y junto a ellos estaban los dadaístas, el círculo de la Bauhaus y lo
que vino en llamarse Nueva Objetividad (Neue Sachlichkeit), término apareció en
la invitación, del director de la Kunsthalle de Mannheim, a una exposición que
reunía obra representativa de artistas de los últimos diez años fieles a una
realidad tangible (Neue Sachlichkeit. Deutsche malerei seit dem Expressionismus
– Nueva Obejtividad. Pintura alemana desde el Expresionismo), celebrada entre
junio y septiembre de 1925, con obras de Beckmann, Dix y Grosz entre otros más.
La heterogeneidad entre los artistas allí representados era enorme y la
historiografía aún perfila la complejidad de las tendencias, estableciendo
divisiones más matizadas, pero con Nueva Objetividad (también, según la
terminología de Franz Roh, Realismo Mágico), se caracteriza por el profundo
grado de compromiso con la realidad contemporánea y un modo de representación
preciso, cargado de instancias emocionales que trataban de ocultar tras un
estilo impersonal y despegado. Su tema fue esencialmente la vida urbana diaria,
una realidad con profundo dramatismo: los cabarets, salas de baile, fábricas,
prostitutas que llenaban las calles alemanas durante los años de la depresión
económica.
Beckmann cultivó todos los géneros, retrato,
autorretrato, desnudos, bodegones, escenas mitológicas y de la vida urbana. De
trazo vigoroso, riqueza de colorido y rotundidad en sus composiciones, luchaba
por dominar el color. Hay una cierta continuidad en su obra, excepto al inicio,
el primer Beckmann incardinado en la Alemania imperial de Guillermo II, que en
esta exposición apenas se muestra y que en general ha quedado relegada a un
segundo plano, por el éxito de su pintura en la década de los años veinte. Su
catálogo llega a unos 850 cuadros y su obra fue referente para los artistas
alemanes de los sesenta como Baselitz o Lüpertz.
Su compleja concepción de la realidad le hace
mantenerse en solitario, sin tomar partido por determinados manifiestos
políticos, filosóficos o artísticos. Con la IGM, la irritación se apodera de su
obra y sus autorretratos caracterizarán el estado de conciencia del artista.
Busca el misterio mismo de las cosas, el motivo grotesco del mundo, lo que le lleva
a una comunicación de los detalles más extravagantes, a la fragmentación
pormenorizada. Según los principios de una perspectiva invertida, los motivos
grandes se convertían en minúsculos y viceversa, nuevas dimensiones que creaban
inesperadas relaciones entre las formas, con el uso del negro como silueteado y
estructura, en consonancia con la obra de Kirchner.
En sus trabajos se manifiesta una especie de
modelado gótico de los cuerpos donde el color se apodera del modelo y el dibujo
desarrolla contornos y volúmenes, expresándose a través de la deformación.
Reduce los efectos de luz, de atmósfera y de espacio en sus obras a una
singular estilización, creando imágenes densas y concentradas. En su desarrollo
vital y artístico se diferencian varias etapas: antes de la IGM; hasta la
llegada del Partido Nacionalsocialista al poder en 1933 y posterior exilio
donde encontrará su musa trágica, que diría Henry James.
La exposición se centra en la segunda y tercera
época del artista. La primera etapa es ecléctica con influencia de la
generación anterior alemana como Liebbermann y Corinth. Si bien a partir de
1906 podemos encontrar influencias de Munch y fundamentalmente de Cézanne, que
será una referencia artística en toda su trayectoria.
En la Primera Guerra Mundial se alistó
voluntario en el ejército y prestó servicios de enfermería, estuvo en el frente
y después de un año aproximadamente causó baja médica, por la presión al ver
tanto sufrimiento, tanta matanza. Se fue a Frankfurt y se estableció allí hasta 1933, el tiempo
que duró la República de Weimar. Rehace su vida, se divorcia de su primera
esposa Minna Tube, casa con Mathilde von Kaulbach (Quappi) y le nombran maestro
de taller de la Escuela de Artes y Oficios de Frankfurt, donde contará con unos
ingresos seguros y formará un pequeño núcleo de seguidores.
La guerra le hizo repensar el expresionismo y
busca ahora una mayor intensidad expresiva. Rechaza cualquier tipo de
sentimentalismo, ansía la objetividad y se concentra en la plasticidad del
cuadro. La objetividad para él es Zur sache (“ir al grano”, pg. 9
catálogo Juan March) y será determinante en su trabajo. En la postguerra tiene
una producción escasa de pinturas, se expresaba mejor con dibujos y grabados en
los cuales sigue a Goya en Los desastres de la guerra, en lo que es un
ciclo donde trata la ciudad, El infierno (1919) o Feria (1921),
donde parece reprochar a Dios sus errores.
A mediados de los años veinte no incide tanto
en la descripción de los detalles, busca grandes formatos y ya no colorea,
pinta con color, revelando su domino. Con esa seguridad renuncia en parte a los
estudios y esbozos de la composición. Al final según declaró el color queda
subordinado al tratamiento de la luz y de la forma (pg. 12 cat. Juan March).
Con Carnaval (1920) el desasosiego de Beckmann se apacigua. Estas
comparsas trajeadas de la sociedad, será un tema que vuelva a repetir en años
posteriores, donde pierde el abigarramiento y gana en claridad afirmando la
corporeidad de sus figuras en un espacio más nítido.
La barca (1926). Escena de playa donde se cruza una
barca a remos con un velero, en una composición vertical abigarrada de figuras
superpuestas con volumetría vigorosa, composición dinámica y trabada que
transmite un derroche de despreocupación estival. Acumulación que recuerda La
nave de los locos de El Bosco (h. 1500), con semejante verticalidad,
acciones dispares y remate con estandarte. Siguiendo a Tomàs Llorens, en el
catálogo de la exposición, el cuadro de El Bosco alude al poema de Sebastian
Brant donde criticaba a la Iglesia cuya metáfora era la barca de san Pedro. A
su vez ésta era un transposición de la metáfora horaciana que designaba a la
República romana como una nave en peligro de naufragar (Carmina I, XIV).
En el cuadro de Beckman se podría intuir ese riesgo de la República de Weimar
que en 1926 no sabía bien hacia dónde iba.
Sociedad, París (1931), expresión de
la polaridad positiva de Beckmann, que trata de reflejar el mundo tal como
sucede, frente a la polaridad negativa done su pintura reflejaría el desgarro
siniestro en el mundo. Este aspecto positivo también se puede apreciar en Quappi
con suéter rosa (1932-34): Mathilde von Kaulbach, hija del célebre pintor
alemán Friedrich August von Kaulbach y música consumada, compartieron las
penalidades en la etapa nazi y el exilio. El apodo se lo puso una amiga común,
Henriette von Motesiczky (pg. 10 Mi vida con Max Beckmann), Quappi de
Kaulbach, su apellido, a Kaulquappe, renacuajo; a Beckmann le puso
“Becki”. Según Quappi a Beckmann le llamaban la atención sus prendas de vestir,
y este es el caso de esta blusa rosa con hilo gris entretejido y sombrero a
juego. Representada en pose elegante, con aire sereno, fumando un cigarrillo
como símbolo de emancipación y modernidad de la mujer. La sencillez de su
composición piramidal, la movilidad que da el cuerpo de Quappi al integrase en
el sillón, la estilización de su figura que podemos apreciar más en sus manos
con dedos “manieristas” y su armonía cromática, hacen de esta pintura una
alegoría de amor hacia ella.
El principio de negatividad predominará a
partir de 1930, uno de los primeros cuadros que lo representa es Carnaval en
París (1930) que sería el polo
opuesto a Sociedad, París. Si en éste hay figuras identificables (Quappi
o Lilly von Schnitzler), en Carnaval en París son figuras fantásticas e
inquietas, llenas de sombras y ambiente opresivo. Este cuadro tuvo una gran
repercusión, y con otras obras suyas, la Nationalgalerie de Berlín, dentro de
la sección de arte contemporáneo, abrió una sala permanente dedicada a Beckmann
en febrero de 1933. Duró tan solo unos meses, la República de Weimar
terminaría, dando lugar a unos de los cambios más terribles en Alemania, en los
que Hitler se convirtió en el guía (Führer) de la nación, el dictador del nuevo
imperio alemán.
Algunos de sus amigos de la alta burguesía
simpatizaban o fueron miembros del partido nacionalsocialista, aunque no le
pudieron proteger. Para el nuevo populismo el arte moderno era impopular, a
pesar de que otra facción del partido nazi sopesara la línea del expresionismo,
inherente al carácter alemán. Esta modernidad que exhibía Beckmann, que estaba
basada en una mirada histórica hacia las raíces del arte alemán, aunque no
solo, no le sirvió de nada. Hitler ya había tomado posición por esa
impopularidad del arte contemporáneo y desde 1931 Beckmann sufría las
hostilidades de la prensa afín al partido nacionalsocialista de Frankfurt, por
ocupar un puesto público en la escuela de arte municipal. Además sus galeristas
eran judíos, así como sus contactos y amigos entre la élite judía.
No solo cerraron la sala dedicada a Beckmann,
sino que le destituyeron de su cargo en la escuela y anularon una exposición
programada en Erfurt. Se refugió en Berlín donde pasaría más desapercibido.
Entre 1933-37 cuando los nazis consolidaban su poder, los museos alemanes
dejaron de mostrar su obra, cerraron las galerías que le habían representado y
no se dio noticia de él siquiera en su 50 aniversario. Los nazis incautaron más
de 15.000 obras modernas de los museos alemanes, muchas de las cuales fueron
vendidas en una subasta celebrada en Lucerna en junio de 1939 y otras muchas a
través de marchantes seleccionados.
“En 1937, 28 cuadros y 560 obras sobre papel de
Beckmann pertenecientes a colecciones públicas alemanas fueron excluidos de
dichas colecciones por considerarse ejemplos del ‘hundimiento del arte alemán
desde 1910’. Una selección de las obras excluidas, en la que figuraba, por
ejemplo Carnaval en París fue incluida en la exposición Arte
degenerado (Entartete Kunst), inaugurada en julio de 1937 en Múnich.
Las obras confiscadas fueron vendidas fuera de Alemania con el fin de obtener
divisas, bien a través de algunas galerías autorizadas a ello, bien a través de
subastas públicas en Suiza. El mismo día en que se inauguraba la exposición Arte
degenerado, el 19 de julio, Beckmann cogió el tren y abandonó Berlín con
destino a Ámsterdam. Nunca volvió a Alemania.” (Tomàs Llorens, pg. 55 catálogo
exposición).
En su periodo berlinés la novedad fueron los
trípticos, mirando la tradición del retablo de altar que enlaza con su búsqueda
acerca de la trascendencia artística y el destino del hombre. Así, El
principio (1946-49), tríptico que evoca el suyo personal con recuerdos de
su niñez. Carnaval (1943), tríptico pintado en Ámsterdam, a modo de
friso donde las figuras masculinas tienen disfraces de personajes de la Commedia
del’arte. Se entiende este tríptico como una alegoría en la cual el
matrimonio Beckmann es expulsado del hotel Edén (panel derecho), en Frankfurt,
donde acudían a celebrar estas fiestas que ahora lo hacen en Ámsterdam,
exiliados.
Begin the Beguine (1946), evoca Carnaval
en París de 1930. El “beguine” era un baile caribeño de moda en los años
treinta que perduró gracias a la melodía compuesta por Cole Porter de 1935 y
que Artie Shaw tres años más tarde popularizó. Este cuadro de Beckmann es de la
misma fecha que la película Night and Day (Michael Curtiz) donde se
recrea la biografía de Cole Porter. El cuadro está lejos del ambiente amable de
la melodía o el estilizado y glamuroso baile de Eleanor Powell y Fred Astaire
en Melodías de Broadway (1940).
El cuadro, combina lo festivo y lo siniestro con esos personajes mutilados y
pájaros de mal agüero. Esa vertiente siniestra, donde se asocia la máscara y el
disfraz con el exilio y la crisis de identidad, sigue en Mascarada
(1948), pintado ya en Estados Unidos donde tuvieron una estancia relativamente
feliz.
La ciudad es otra clave de su temática
artística, conlleva los salones mundanos, los foyers de los hoteles, los
restaurantes de lujo, los casinos de Baden-Baden y Montecarlo, el juego, todo
lo empleaba como posibles metáforas o alegorías para las escenas de sus
composiciones donde concibe el sujeto inmerso en la estructura de la ciudad. En
1948 pasan de vivir en San Luis (Misuri) donde Beckmann ejercía de profesor en
Washington University, a vivir en Nueva York, esta gran metrópolis suponía para
él cumplir el sueño de modernización que desde inicios del siglo XX ejercía la
quintaesencia de la modernidad y de la formación del proceso de individuación.
Plaza (Vestíbulo de hotel) (1950) representa el
bar Palm Court del Hotel Plaza, cerca de su apartamento y estudio en la calle
69 oeste. Allí podía entretenerse contemplando el ir y venir de lo más
variopinto que llegaba a la ciudad, como hacía en la estación central de
Frankfurt, donde pasaba las horas viendo transitar a la gente, que convertía en
“tipos” para reflejar en sus cuadros.
Ciudad (Noche en la ciudad) (1950). A veces
trabajaba en varios cuadros al tiempo, hasta altas horas de la noche y pasaba
de un cuadro a otro. En este, no, no podía hacer otra cosa. Sigue Tomàs Llorens
(pg. 127) “[…] nos habla de una representación de la belleza (entendida como
belleza erótica, en un tradición que se remonta a Tiziano pasando por Maillol y
Renoir), cruentamente amenazada y ofrecida en sacrificio a una serie de fuerzas
grotescas, malintencionadas y violentas propias de la vida de la ciudad
moderna. La atmósfera canallesca de la prostitución y los espectáculos
nocturnos y la fuerza oculta del dinero marcan el carácter del sacrificio”.
Gran naturaleza muerta con escultura negra (1949), juega con el
tema de la vanitas y la brevedad de la vida, como las naturalezas
muertas barrocas. Si bien esta fue pintada en un periodo de placidez y
prosperidad justo antes de su muerte en 1950.
Hombre cayendo (1950), un cuadro
sorprendente con figura humana cayendo, como indica el título, de proporciones
clásicas. Si bien Quappi negó que se refiriera a Ícaro sino a la humanidad
condenada a caer, no podemos dejar de ver ciertas concomitancias con aquél de
Brueghel, incluso el barco que parte.
Beckmann pone en clave los contenidos de sus
obras, con lo que se hacen más difíciles de descifrar. Juegos entre lo
cotidiano y lo mítico se compenetran, aumentan ese misterio de la existencia, Los
argonautas (1949-50): le gustaba el mar, para él siempre fue un símbolo de
eternidad y por eso resulta sorprendente que sea su última obra. En este
tríptico empleó más de año y medio y lo dio por finalizado el mismo día que
murió, el 27 de diciembre de 1950. En el panel central, el joven coronado de
laurel sería Orfeo, uno de argonautas; el del collar y ave del paraíso, Jasón.
La vieja deidad marina (¿Proteo?) que asciende por la escalera podría señalar
el camino hacia el vellocino de oro, o advirtiendo de los riesgos del viaje. El
panel de la izquierda quizá una alegoría de la pintura, el de la derecha, de la
música o bien el coro de una tragedia griega.
Si bien el principio de negatividad preside su
obra, no podemos dejar de lado sus escritos (Escritos, diarios y discursos)
donde nos habla no solo de los horrores, también vemos esa búsqueda en la
pintura que le antecede en la historia, admira no solo a los alemanes, y no
solo a Cezánne, sino a Signorelli, Tiziano, El Greco, Velázquez o Goya por
poner solo unos ejemplos.
Aunque el espanto ante la humanidad no lo
abandonó, en las cartas enviadas desde el frente podemos sorprendernos cómo
entre tanta devastación, su afán de pintar sigue incólume, la guerra lo marcó
como artista: “Y de igual manera que consciente e inconscientemente persigo el
terror de la enfermedad y la lujuria, el amor y el odio en toda su extensión,
también intento hacerlo con esta guerra. Todo es vida, maravillosamente
cambiante y desbordante de invención. Por doquier descubro profundas líneas de
belleza en el dolor y la resistencia de este terrible destino” (pg. 191).
Beckmann
participó en Londres en la exposición 20th Century German Art en 1938, como
contestación a la de Arte degenerado nazi, presidida por Herbert Read.
Allí volverá a repetir, con otras palabras, lo que es una constante en sus
escritos: “En cuanto a mí, pinto e intento desarrollar mi estilo exclusivamente
en términos de profundidad de espacio, algo que, en contraste con el arte
superficialmente decorativo, penetre en lo posible hasta el corazón de la
naturaleza y el espíritu de las cosas.” (pg. 146). Desde sus inicios le
preocupa la bidimensionalidad de lienzo, que lleva a cabo tanto en público como
en sus reflexiones de sus diarios, donde
también: “Buscad la belleza, luchad por ella, esforzaos por ella, porque os
proporcionará placer. ¡Ah! El placer.” (pg. 33). Recordándonos en uno de sus últimos discursos
(pg. 241), escrito de manera epistolar a una pintora, que: “El tiempo es un
invento de los hombres, el espacio es el palacio de los dioses.”
BIBLIOGRAFÍA
CONSULTADA
BECKMANN, Mathilde, Mi vida con Max Beckmann.
Traducción Virginia Maza. Madrid,
La micro, 2018.
BECKMANN, Max, Escritos, diarios y discursos
(1903-1950). Madrid, Editorial Síntesis,
2003.
CATÁLOGO exposición Beckmann. Figuras del
exilio. Madrid, Museo Nacional
Thyssen-Bornemisza,
2018.
— exposición
Max Beckmann. Madrid, Fundación Juan March, 1997.
CÁTALOGO de la colección, Maestros Modernos
del Museo Thyssen-Bornemisza,
Tomo II, edición de
José Álvarez Lopera. Madrid, Fundación Colección Thyssen-Bornemisza, 1994.
lunes, 1 de octubre de 2018
ÍCARO LA GRANJA - EL DOMINIO DEL VÉRTIGO
Fantástico sábado en La Granja, la familia de la librería Ícaro lo organizó todo a la perfección. Fue una lectura "mano a mano" "voz a voz" con Ángel Guinda, donde leí poemas de El dominio del vértigo y Ángel de sus múltiples poemarios, siempre acompañados a la guitarra de Jesús de Frutos. Dejo constancia con fotos y vídeos, al tiempo que mi agradecimiento a quienes acudieron al encuentro y su extensión en la noche.
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| EL ADELANTADO DE SEGOVIA 1 DE OCTUBRE 2018 |
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