sábado, 26 de mayo de 2018

EL DOMINIO DEL VÉRTIGO (PRESENTACIÓN)

Al final el Parque del Retiro se abrió y la Feria del Libro de Madrid, aunque sin inauguración oficial (tampoco hacía falta) comenzó entre prisas y lluvia. Así el viernes 25 de mayo de 2018 a las 19:00 presentamos en la Biblioteca Pública "Eugenio Trías" - Casa de Fieras, el libro de poemas El dominio del vértigo. Desde aquí, agradecer a quienes asistieron, su presencia, también a quienes me mandaron ánimos electrónicos. 



Jesús de Frutos (Guitarra), Jesús del Real, Eduardo Merino (Presentador) y Antonio J. Huerga (Editor)





























jueves, 10 de mayo de 2018

EL DOMINIO DEL VÉRTIGO




Las imágenes son cortesía de Daniel Canogar, pertenecen a una instalación que se titula Ícaros (Duraclear, estante metacrilato y foco de luz, 2002). Estas imágenes han servido para el vídeo que sobre ellas ha realizado Jesús de Frutos, insertando versos del poemario El dominio del vértigo, que está al acecho. 



lunes, 23 de abril de 2018

HENRI MICHAUX - EL OTRO LADO (BESTE ALDEA)


La presentación en el Museo Guggenheim Bilbao se centra fundamentalmente en dibujos y pinturas realizados, algunos de ellos, como consecuencia de experiencias con alguna sustancia psicoactiva. Asimismo, en el catálogo, se recoge un extracto del ensayo de Julián de Ajuriaguerra y François Jaeggi (Le Poète Henri Michaux et les Drogues hallucinogènes – Contribuiton à la connaissance des psychoses toxiques. Expériences et découvertes du poète Henri Michaux, Bâle, Sandoz, 1963). La exposición recoge las investigaciones de la figura y el rostro humanos, los dibujos de alfabetos e ideogramas inventados: rostros espectrales, dibujos, tintas, aguadas, frottages, acrílicos y pasteles (crayolors señaladamente temblorosos). La numerosa obra literaria y pictórica (se estiman unos 10.000 dibujos) de Michaux es como poco doble, escritor y artista visual que ofrece diálogos y correspondencias entre la literatura, la poesía y la pintura, formando canales de expresión de la imaginación.

Sus señalados viajes no le hacen perder la aventura interna, la insuficiencia de las palabras, la complejidad del flujo vital en este mundo friable, le llevan a las sustancias psicoactivas como medio de conocimiento que le permita ir más allá, incursiones en ese otro lado de lo aparente, internarse en las apariciones. Una puerta de entrada y salida con posibilidad de dos seres que despiertan en dos direcciones. El desdoblamiento artístico de Henri Michaux que le llevaba de la poesía a la pintura, le animaba a esa trascendencia del ser que le internase en los mecanismos de la consciencia, se quería ailleurs, “en otra parte, esencialmente en otra parte, otro” (Juan Manuel Bonet). Como dice Octavio Paz (recogido también en el espléndido catálogo de la exposición celebrada sobre Michaux en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en 2006), sus cuadros no son tanto ventanas que nos dejan ver otra realidad como agujeros y aberturas perforados por los poderes del otro lado.

La poética del espacio surge así desde el título de esta exposición, una poética que articula un laboratorio de lenguajes, busca la experiencia poética en el límite del lenguaje, al filo mismo del estado de nacimiento del signo que diría Merleau-Ponty (Signos. Barcelona, Seix Barral, 1964) y que encuentra en la caligrafía china una fusión de pintura y escritura. Tinta china a la que el papel le da un decantar espirituoso donde se pasa de la evocación del objeto a la abstracción del signo.

La exposición de Bilbao ofrece tres ejes de contemplación: Uno, sustancias psicotrópicas para profundizar en su mente y plasmarlo posteriormente a su obra artística o literaria. Dos, signos con resonancias de pintura rupestre (en ambos casos de improbable significación). Tres, rostros, cabezas forjadas a base de manchas con las que trata de capturar alguna esencia humana, un “fantasma interior” un poltergeist que resuene desde lo remoto (Véase Henri Michaux, Una vía para la insubordinación. Barcelona, Alpha Decay, 2015-Gallimard, 1986).

Sus influencias primeras pasan por Lautréamont; Giorgio de Chirico, Max Ernst (le inicia en el frotagge) y Paul Klee, le orientaron en el camino hacia la pintura. De Paul Klee admira la libertad de la línea y le agradece el haberle iniciado en la pintura y descubrirle ese otro lado de la representación espacial. Henri Michaux se encuentra con la pintura en 1925, quizá como intento de mostrar otra realidad o  “transrealidad” (como él lo denominaba) que mostrara un mínimo estructural de lo informe. Parece que su obra se concentra más que en hacer en deshacer, un conocimiento en abismo, inventará un léxico para dar a conocer la oración interior, una oración sin palabras que desemboca en sus formas filiformes. Novela, pintura, poesía (y música) son canales de lenguaje para llegar a una expresión artística. En una entrevista concedida a John Ashbery, en marzo de 1961 para la revista ArtNews, recogida por la revista Minerva del Círculo de Bellas Artes, (www.circulobellasartes.com/revista/minerva/articulo.php?id=129, consulta de 3/4/2018, pg. 2), nos dice que empezó a pintar a mediados de la década de 1930 y que escribe o pinta en periodos alternos, no al mismo tiempo. Asimismo: “Mis dibujos a tinta grande ya no son más que ritmo”, es decir, poesía.

En el catálogo de la exposición se recogen algunos extractos del ensayo de Julián de Ajuriaguerra Ochandiano, psiquiatra de origen bilbaíno, exiliado y nacionalizado francés, que supervisó muchas de las pruebas que Michaux realizó con sustancias tóxicas o alucinógenas (pgs. 34-57. Todas las citas en este artículo toman de aquí la referencia). Cabe destacar la sobreabundancia de adjetivos al referirse a los resultados descritos en el relato, donde un rojo no se ajustará en el pigmento real a aquél experimentado con la mescalina. Si bien las propiedades de los colores no son exclusivas de las drogas alucinógenas, las leyes  físicas no caben en el desbordamiento anárquico de la fantasía artificial, su actividad psíquica fracciona la visión, como disgregada del valor habitual de la realidad, autorreferenciales en sus estructuras, formas y colores. Estas sinestesias abren relaciones psíquicas insospechadas, entre las que podemos señalar una reduplicación corporal, que no es tanto una especie de “disolución de la consciencia muscular” (Ajuriaguerra) sino una despersonalización donde el sujeto tampoco se reconoce. Una sensación de  despersonalización algo habitual en poetas donde contemplamos un desdoblamiento del “yo” que a veces es un “tú” y otras el mismo “yo”.

La vista dice demasiadas cosas a la vez y en esta poética del espacio, siguiendo a Gaston Bachelard (La poética del espacio. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1965), se nos propone un dentro y fuera como una dialéctica de oposición geométrica, de fijación y trascendencia, aquí y allá como adverbios de una cartografía de la soledad en donde Michaux apenas fijada una expresión ya va necesitando otra, lo que le otorga una movilidad de lengua y pensamiento y le hace ir al extremo de la experiencia donde hace concreto lo de dentro y vasto lo de fuera, que en la imaginación se multiplica geométricamente, sin hallar su coeficiente en su evidencia geométrica.

Otra característica que destaca el doctor Ajuriaguerra y de cierta manera se siente en la poesía,  es que la experiencia oniroide es intemporal sin relación al desarrollo del tiempo social vivido, “no constituye una duración, pues carece de referencia”, se produce una descoordinación entre el ser y el tiempo social vivido.  Son experimentos, previos y alejados de la psicodelia heredera de Woodstock, con éter (quizá la preferida por Michaux), hachís, mescalina (estado vibratorio, según Michaux que produce esa pintura atravesada por una corriente eléctrica), psilocibina (bajo su efecto, señala Ajuriaguerra, el sujeto puede conversar e incluso escribir). Juan Manuel Bonet, en el citado catálogo del Círculo de Bellas Artes, realiza una detallada relación entre las drogas tomadas y los libros editados de los que citamos algunos: 

Misérable miracle (Monaco, Éditions du Rocher, 1956), con motivo de cuya aparición la Librairie La Hune organizó una muestra de dibujos mescalinianos; L’infini turbulent (Paris, Mercure de France, 1957); Paix dans les brisements (Paris, Karl Flinker, 1959), y Connaissance par les gouffres (Paris, Gallimard, 1961). En 1957, algunos dibujos mescalinianos se expusieron en la Gallery One de Londres. Dibujos nerviosos, de redes, de horror vacui. Dibujos, luego, de «reagregación». Paralelamente, Michaux se interesará por el peyote –leerá a Havelock Ellis, a Charles Duits–, y experimentará con el hachís, sobre el que escribirá un texto titulado «Le dépouillement par l’espace», y recogido en Les grandes épreuves de l’esprit.

Enrique Vila-Matas, recoge en Revista de Libros nº 47, 1/11/2000, el resultado de Alain Jouffroy, que bajo la psilocibina se adentró en la pintura de Michaux: “No sólo su pintura contenía ojos imperceptibles para la vista ordinaria, no sólo era aquel paisaje mescaliano un paisaje-cabeza, sino que aquel paisaje sufría: era el retrato de una conciencia dividida en mil pedazos, la conciencia misma de Michaux disgregada, diseminada como resultado de la mescalina”. No es necesario ver esta exposición de Bilbao bajo ningún efecto psicoactivo, el propio doctor Ajuriaguerra resalta: “Es cierto que estas ilusiones estésicas, estas sinestesias, estos fenómenos de desrealización e incluso de despersonalización han sido experimentados por todo el mundo sin aportación tóxica. Estas vivencias aparecen en algunas formas particulares de la vida psíquica.”

Esa sensación hipnagógica, de tránsito entre la vigilia y el sueño no es extraña a la creación poética, aunque sin ser comparable esta ensoñación, con la de la experiencia tóxica que, al parecer, tiene una mayor densidad neuronal que la ligereza de la imagen mental de la reflexión e imaginación del pensamiento lúcido. Michaux nos dice en un poema: “En los momentos en que, traicionado por los músculos debilitados, me siento el más incapaz de moverme, entonces me transporto hacia afuera…”. Ajuriaguerra sobre Michaux: “Va hasta el final del abismo para vivir allí el minuto de verdad. Revive los fantasmas destructores, las luces que lo ciegan, las afiladas armas blandidas a su alrededor, las convulsiones que lo machacan, los objetos que lo eluden, el cuerpo que se disloca, las seducciones insípidas que lo disuelven, las tinieblas negras que lo invaden y la imposibilidad de apropiárselas porque enseguida estallan y se hacen pedazos.”

Emil Cioran (“La Passion de l’exhaustif”, La Quinzaine littéraire, 1973, pgs. 4-5), analizando el fetichismo por lo infinitesimal de Michaux, indica su sensibilidad a formas de desequilibrio prodigiosa. Señala que se si se recogieran todos los pasajes en los que trata el éxtasis, con referencia a la mescalina o algún otro alucinógeno, tendríamos la impresión de estar confrontados con experiencias religiosas que merecerían ser incluidas en un breviarios de momentos únicos y herejías ardientes. Michaux se une a los místicos con sus explosiones internas, su voluntad de atacar lo inconcebible, ir más allá creando abismos siempre nuevos. Asimismo Cioran compara esos excesos extáticos con la gran mística medieval Angela de Foligno (véase su Libro de la experiencia. Trad. Pablo García Acosta. Madrid, Siruela, 2014) o los sarcasmos de Jonathan Swift.   

Quizá es lo que intenta con la mescalina, regresar a un inicio y partir de cero en la percepción y recoger esas apariciones que más tarde dibujará sin establecer un reconocimiento o definición de la forma, como un trance de manchas y figuras, donde el signo escapa a su propio estatuto y se dirige hacia la forma o hacia la escritura, un signo cambiante y en movimiento. Estos signos aparecen en la  cartografía de ficción de Michaux, signos de escritura o de pintura. En la escritura se reenvían hacia alguna cosa, en cambio en pintura son espontáneos y no obedecen a alfabeto alguno, sino a combinaciones sin un mensaje habitual. Podríamos decir que son signos plásticos como ideogramas, experiencias pictóricas con una tentativa de comunicación o una intuición de realidad.

Michaux combate tanto el espacio (pictórico) como la sintaxis (poética). El verso de Supervielle: “El exceso de espacio nos asfixia mucho más que su escasez”, gravita sobre Michaux y la  perspectiva se le presenta como una penitenciaría geométrica, de ahí sus “pinturas rupestres” libres de esa cárcel. En sus dibujos podemos distinguir una parte gestual, donde los movimientos pictóricos hacen de las imágenes un estadio intermedio entre aparecer y desaparecer (no sabemos en sus rostros si están apareciendo o desapareciendo).

El fragmento del poema de Michaux citado anteriormente pertenece a “Sueños de vigilia”, como otros muchos más, se encuentra (junto con numerosas ilustraciones) en Henri Michaux, Antología poética (1927-1986). Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2005. En estos poemas, podemos observar la distancia sobrehumana que sentía, como si pudiera observar la maquinaria de su propia mente, de su propio cuerpo, desde un intervalo entre la sensación y la conciencia:  

Rends-toi, mon cœur. / Nous avons assez lutté, / Et que ma vie s’arrête, / On n’a pas été des lâches, / On a fait ce qu’on a pu.//

Ríndete, corazón mío.
Hemos luchado bastante,
Que mi vida se detenga,
No hemos sido cobardes,
Hicimos lo que pudimos.



martes, 9 de enero de 2018

FRANCISCO CARO - EL OFICIO DEL HOMBRE QUE RESPIRA

Nos presenta Francisco Caro su último libro editado, consecuencia del premio “Antonio González de Lama” que obtuvo a finales del 2017, El oficio del hombre que respira (Eolas ediciones), título que toma de un verso de Luis Feria citado al inicio y que nos remite, no obstante, al oficio que ejerció Cesare Pavese, para que nosotros pudiéramos hacer algo más que vivir. Así en este libro, Paco Caro nos ofrece una poética consecuencia del acontecimiento en el transcurso vital y maravilla la realidad puesta de manifiesto cuando descubrimos que algo cotidiano, por sus palabras, se revela novedad.

Con la filosofía que nos da las propias actitudes, Paco Caro, tras una docena de libros que serán, tiene mirada amplia y la generosidad de quien ya no odia; acogiéndonos a las palabras de Carlos Sahagún diríamos “un hombre bueno y alto”, donde su experiencia de crear, va unida a la experiencia de ser, “el ser es escritura” dice su colega Juarroz, “Va la tarde al secreto / y yo mientras escribo…”, nos dice Caro.

Albas, árboles o patio ofrecen su gran potencia de imágenes, engastadas en una estructura de cuidada elaboración, un diario camino por los meses (más señalado de agosto a diciembre) donde el poeta selecciona cuidadosamente los recursos expresivos del lenguaje poético, enfrenta significados inauditos (“creí ser solo un verso / tendido sobre el martes…”), sustantiva verbos, adverbios o adjetivos (“los dos geranios ángeles…”), mostrando una espléndida sencillez léxica de afinada composición.  En cada poema de Paco Caro parece latir un núcleo semejante, un pensamiento que murmura (“runrunea” diría él) a través de un ritmo abierto que va aquilatando sin fórmulas predeterminadas, generándole una inquietud incómoda que ordena el azar y no se acaba hasta dar con la cadencia justa.

La poesía sería un medio de conocimiento ideal para interpretar la realidad, ofreciéndonos su esencia. Como José Agustín Goytisolo, Paco Caro encuentra el poema al bajar a la calle, al salir al campo, detiene su mirada en algún aspecto de ésta, atraído por una sensación de presencia de la que sería fácil dar noticia simple, pero la recrea y carga de sentido, controlando su patente del yo, un sujeto que trasmuta presentando un terreno de entendimiento entre poeta y lector, proponiendo una analogía sentimental de la que hablaba Julio Cortázar, que la poesía del poema (no solo el poema) puede evocar y reconstruir.

Su disposición anímica diaria, volcada con los comportamientos de quienes le rodean, le convierte en un hombre poético con privilegios en este locus poetarum. Hay momentos interiores, sin grandes escenas de desintegración moral, sí de una cierta angustia, de confinamiento y pregunta, pero no de huida trágica. Ofrece raudales de luz, cuya raíz podemos ver en el verso de Salvatore Quasimodo (“…mientras la luz, como una libélula / temblaba en las tibias lámparas.) que da título a un poemario suyo y a su celebérrimo blog.

Podríamos seguir en ecos de poesías y autores precedentes, pero llegaríamos a un nudo argumental que se desplaza de poeta a poeta; las palabras ajenas nos impresionan, resuenan dentro de nosotros y nos permiten encontrar nuevos motivos. Sí he de manifestarme en contra de un lugar común que él mismo dice en sus presentaciones: que ha llegado tarde a esto de la poesía. Con ello se refiere, claro está, que empezó a escribir… da igual cuándo, la cuestión es acceder, llegar, estar... Sería una proclama egotista decir que se ha llegado a la poesía, cuando sería la Poesía la que, en caso raro, nos acogiera. En esto de la poética hay quien está trabajando toda una vida de poeta haciendo versos y no logra acceder a la Poesía. No en el caso de Paco Caro; no es que llegara tarde, él ya estaba y no sabía, al escribir, nos dimos cuenta… y lo celebramos. 

jueves, 14 de diciembre de 2017

DANIEL CANOGAR - FLUCTUACIONES

Cuando Daniel Canogar a través de su página web, o bien mediante el catálogo de la exposición, nos da cuenta de sus hallazgos por chatarrerías realizando tareas de arqueólogo digital, parece transportarnos a un tiempo indefinido, controvertido, un tanto ignoto y quizá más allá del Barroco, al que se asocian algunas de sus piezas por el trampantojo que en ellas se puede contemplar.

En lo que se viene denominando Era Paleocibernética, hacia 1967, fue cuando se empezó a comercializar la Sony Portapak, se disparó el vídeo como medio artístico y se empezaron a grabar las performances, las acciones y se aceleró la desmaterialización del arte conviviendo el videoarte junto a los micromovimientos que permeaban el arte de vanguardia de los años ochenta. Siguiendo los estudios de Doug Hall, Martha Rosler o Michael Rush, la manipulación de la imagen y la intervención en el hardware por parte de Nam June Paik o los trabajos de Bruce Nauman y Vito Acconci podrían servir para ver los inicios del complejo sistema visual y sonoro del Media Art que se multiplicaría con la llegada de la edición digital, Internet, los ordenadores portátiles o las pantallas planas LCD, desembocando en esta Era Virtual del Big Data, de cambiantes y rápidas actualizaciones.

Esto supone unos cincuenta años y es ahí donde la exploración de Canogar se sucede para devolver una cierta funcionalidad a esos objetos “arqueológicos” al tiempo que nos hace reflexionar sobre la pérdida de nuestra memoria o del cambio en la forma de recordar (Véase, Nicholas Carr, Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Madrid, Taurus, 2011). Podría ser que al dar nueva vida a esos elementos obsoletos se estableciera una comparación con nuestra forma de pensar, cada vez más necesitada de medios externos que nos ayuden a recordar, como si la persistencia de la memoria se fuera pareciendo cada vez más a la persistencia retiniana.

Pneuma (2009). Es una de esas piezas recuperadas del deshecho, un cable por donde aún circula el aliento de la técnica.

Small Data (2014-2016), doce instalaciones dedicadas a viejos aparatos electrónicos, cintas VHS o DVD o teléfonos móviles, recuperados de centros de reciclaje. Con esta serie Canogar muestra el frágil recuerdo actual, la memoria la confiamos a los aparatos y es nuestra memoria la que está en una verdadera nube vaporosa de confusos recuerdos. El título alude y se contrapone a Big Data, que hace referencia “a las grandes cantidades de datos que manejan las corporaciones y los gobiernos sobre los hábitos y la vida privada de las personas” (Catálogo de exposición, pg. 93. Si bien mucha de la información que aporta el catálogo se encuentra en su página web http://www.danielcanogar.com no se puede dejar de señalar la magnífica edición de aquél, con unas esplendidas fotografías).

Bruno Latour viene advirtiendo de las huellas digitales que deja nuestra imaginación en la red, indican el comportamiento humano señalando hacia dónde van los algoritmos del deseo, dirigiendo estos análisis para fines comerciales o policiales. A través de docenas de herramientas y un exhaustivo Data-mining o exploración de datos, se puede absorber esa gran cantidad de datos y representarlos nuevamente a través de mapas de diversas formas y colores. Así Cannula (2016), al tiempo recoge esas huellas, alude al expresionismo abstracto a través de la transformación de vídeos de YouTube, en una búsqueda aleatoria, que se funden junto a otras formas abstractas y fluidas en una composición líquida, un mosaico visual de tintes psicodélicos y que da la portada al cuidadísimo catálogo.  


Si consideramos la escultura, en su manera tradicional, como el arte de dar forma, veremos que podemos seguir aplicándoselo a las piezas de Daniel Canogar. Quizá lo que cambia en esta forma, es la mirada y la materia. La mirada ya no necesita tanto de esa facultad háptica que ofrece la tridimensionalidad porque la materia a la que se da forma, los datos informáticos, es un derivado de la materialidad, una decantación o, como señala Giuliana Bruno, la materialidad de lo visual estaría en la relación entre los diferentes componentes (Surface: matters of aesthetics, materiality, and media. The University of Chicago Press, 2014). Las pantallas LED de Canogar se convierten en objetos escultóricos, instalaciones tridimensionales de data fluctuante donde los datos son transformados en animaciones abstractas, que agitan la curiosidad del espectador para observar también sus “vísceras” que subrayan el aspecto material para convertirlo en escultura de gran fuerza plástica.

Echo (2017). Una conexión visual con el sistema ecológico formada por una serie de LED flexibles para crear pantallas curvadas dejando a la vista los cables.

Draft (2017). Pantallas escultóricas con superficie de cristal líquido semitransparente, con una animación generativa creada con frases extraídas de textos fundacionales del sistema democrático como la Magna Carta (Runnymede, Inglaterra), la Declaración Universal de los Derechos Humanos (París) y la Constitución americana (Filadelfia).

Xylem (2016) forma parte de sus “tapices algorítmicos”. Canogar relaciona esta pieza con los telares que descubrió en el Museo Amano de Lima, sus exquisitos trenzados están aquí “intentando desvelar el tejido social que ha creado nuestra sociedad algorítmica” (Catálogo exposición, pg. 127). Xylem, cuya etimología griega nos lleva a “madera” o “madera seca”, hace referencia al tejido vascular de las plantas que transporta agua y nutrientes, en el caso de esta pieza, el flujo de transacciones financieras digitales.

Si nos paramos a analizar los créditos de cada pieza de la exposición donde hay múltiples soluciones tecnológicas con mutaciones creativas, veremos que hay un esfuerzo común del estudio o del taller para la realización de cada una de ellas. Las manos vienen siendo desde Durero, al menos, un motivo extendido de la vida activa, del trabajo manual. Al esfuerzo del conjunto y de la pérdida de protagonismo de la mano del artista alude Plexus (2016). Unas manos en movimientos ondulantes multiplicadas que genera una abstracción rítmica. En esta pieza Canogar reflexiona sobre el paso del homo faber al homo ciber, donde las manos (las suyas) intentan expresar la desaparición de la mano de obra tradicional del mundo laboral.

El trabajo de Canogar nos lleva hacia un Ars electrónica que encaja en el paradigma del Media Art donde las formas y los medios tecnológicos condicionan nuestra cotidianidad. A lo largo de la exposición podemos ver que Canogar no solo aplica la arqueológica para realizar sus piezas, también la etimología le sirve muchas veces para llegar al título de cada una de ellas. Asimismo la tradición artística la podemos observar en la manera de trabajar en su estudio que nos puede llevar a los talleres renacentistas o barrocos donde había un estudio y una clasificación de pigmentos o materiales. Arriesgándonos, combinando los significados griegos y latinos, podríamos decir que su Ars es una suma de varias τέχνες.

Lo podemos ver en Sikka Ingentium (2017), una instalación formada por discos DVD a modo de mosaico o friso en altorrelive, de raigambre escultórica. Además, esta superficie brillante refleja unas secuencias de películas rescatadas en videoclubes y que encontramos al otro lado del muro desde donde se proyectan hacia los DVDs, que se relaciona con cierto modo de actuar en piezas del Expanded Cinema. Entre los principios de este cine expandido consta una conciencia creativa expandida que ya no puede especializarse en una sola disciplina artística. Con esto crea una superficie animada, cromática y muy sugestiva que, siguiendo a Giovana Bruno, “generan nuevas dinámicas, incluida una forma innovadora de materialidad que es ligera, difusa, flexible y permeable”. Una superficie, que como en otras, parte de una imagen figurativa para irse transformando en una composición que recuerda la pintura abstracta.

El título, Sikka Ingentium, como se dice en el catálogo, procede del latín ingentis, enorme, desmesurado. Sikka hace referencia a las monedas de oro de Babilonia colocadas sobre la vestimenta para evidenciar la riqueza de esa persona, aunque también nos puede recordar el brillo de las teselas en los mosaicos bizantinos. Una instalación donde se proyecta sobre la superficie brillante del DVD parte de la banda sonora y la fílmica que contenían. Es un vídeo-mapeado complejo, donde los 2400 DVDs se nos muestran a modo de altorrelieve audiovisual, una capa acústica generada a partir de un complejo sampling de las bandas sonoras de las películas que se proyectan.

Sikka, deriva en inglés en sequins, lentejuelas; brillo y glamour, superficie artificial y decorativa que se convierte en una potentísima instalación, en una multiproyección que crea una atmósfera de sugerente fuerza hipnótica que invade todo el espacio. Esto nos dirige a la última de las grandes artes tradicionales, la arquitectura o construcción de sus piezas, su diseño, que a través de la ambición del Expanded Cinema, uno de cuyos primeros exponentes es Gene Youngblood, nos lleva a Richard Buckminster “Bucky” Fuller, el gran idealista arquitectónico y medioambiental. A sus cúpulas geodésicas o sus cubos esféricos se unen sus conceptos de humanidad como un sistema macrocomunicador, o el universo como sistema de comunicación en serie donde se generan nuevas dinámicas. Así en el prólogo de Expanded Cinema, Bucky Fuller hace la introducción al libro de Youngblood (P. Dutton & Co., Inc., New York 1970) que remata con un poema titulado

Inexorable Evolution
and Human Ecology

Fear forcing it to acquire
The adequate production-tool complex
As a consequence of inducing humanity
Into an investment and reinvestment
Of its best capabilities and resources
Only in preparation for war.
This inverse procedure will regenerate
To ever higher degree
Both the more-with-less energy processing
And its production equipment.
And when man learns, if he does
To initiate the more-with-lessing
Under peacefully purposed auspices
Peace then will be attained
And Universe sustained
But not until then.



(El ritmo del poema, del que ofrecemos solo los últimos versos, me lleva a pensar que para hacer una mala traducción prefiero no hacer ninguna.  Dada la trayectoria de Bucky Fuller, de la que hemos hablado mínimamente y las fechas que se acercan, el poema completo conecta con el incansable deseo de una humanidad con un futuro próspero, ecológicamente sostenible y en paz). 

martes, 1 de agosto de 2017

ARTE Y CINE - 120 AÑOS DE INTERCAMBIOS


La representación cinematográfica se establece en esta exposición y habitualmente en la estética francesa, a través de un continuum natural entre las Beaux Arts y el cine, como si el Renacimiento hubiera desembocado, quinientos años después, en la plástica cinematográfica, así lo podemos observar ya en los primeros teóricos como Ricciotto Canudo, Élie Faure o Jean Epstein y fundamentalmente Henri Langlois que adaptó el fluir teórico a la praxis de museo, inaugurando en los años treinta del pasado siglo la Cinemateca francesa, que surte de material a esta muestra que, podemos decir, es como un pie de página a las realizadas en el Centre Georges Pompidou, como ejemplo Le mouvement des images o la gran Hitchcock et L’Art. Necesariamente esta exposición de Caixaforum debe completarse en sus textos y sus proyecciones con otras que se vienen realizando en el Museo Reina Sofía (Lo(s) cinético(s); :desbordamiento de VAL DEL OMAR), las realizadas en la Filmoteca Española o en el CCCB de Barcelona (La ciutat dels cineastes), por poner solo unos ejemplos.

Si la fotografía sirvió a Malraux para fundamentar su museo imaginario, el tratamiento digital (y antes en vídeo) de la imagen permite mostrar el cine de otra manera que no sea en sala. Esta fragmentación es similar a la que hacemos cuando consultamos una pieza escultórica o el detalle de un edificio. Suele ser habitual poner como primer trabajo sobre estética del cine el de Vachel Lindsay El arte de la imagen en movimiento (Fundación de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo, 1995. Nueva York, 1915 y 1922) y el de Historia el de Bela Balázs El film. Evolución y esencia de un arte nuevo. (Barcelona, Gustavo Gili, 1978), entre ambos, y como respondiendo al primero que demandaba un punto de vista apegado a la pintura, tenemos el espléndido trabajo de Élie Faure Fonction du Cinéma. De la Cinéplastique a son destin social (1921-1937) (Paris, Éditions d’Histoire et d’Art, 1953) que se esfuerza por asociar la evolución del cine a las artes plásticas, sugiriendo un término, la cineplástica, que liga su desarrollo a la arquitectura, escultura y/o pintura.

La comparación entre la pintura y el cine, lo plantea en el catálogo de la exposición Vincent Pomarède, sobre unas características comunes como pueden ser la luz, el color y la forma a la hora de elaborar el plano, así como una mimesis ligada al espacio de representación y la superación de la dimensión narrativa. El cine añadiría el sonido y fundamentalmente la expresión del movimiento. Esta comparación entre diversas artes es algo habitual desde el Paragore y Querelle renacentistas, muy habituales en Francia, y quizá una forma de aupar una técnica a un arte.

Si el estatuto artístico de la escultura, arquitectura y pintura nos viene dado de la Antigüedad griega, esa homologación del cine con el arte pasa por la concepción francesa (su ontología cinematográfica). Con la labor inicial de Ricciotto Canudo exhibiendo films en el Salon d’automne parisino desde 1921 a 1923 y posteriormente Langlois, se empieza a usar cine de vanguardia entre realizadores y pensadores franceses que buscan lograr un cierto reconocimiento cultural y artístico para el cine, superando el estatuto de espectáculo popular que poseía. El rechazo a la narración institucional cinematográfica y la búsqueda de una esencialidad visual para los films serán dos de las más sólidas premisas de las prácticas vanguardistas.

Jaques Aumont, unos de los teóricos presentes en esta muestra, señala, en diferentes estudios, la selección de la toma Lumière (la de los obreros saliendo de la fábrica, la del tren, etc.) nos indica un cierto planteamiento artístico por la elección de la mirada, la composición del plano y una incipiente puesta en escena, que lo aleja de lo fortuito de una simple toma de vistas. Podemos imaginar a los hermanos Lumière explicando a sus obreros que tienen cuarenta segundos para salir de la fábrica y con ello distinguir una dirección de actores (figuración), dominio calculado de espacio y del tiempo que infunden una cierta trama e intencionalidad artística. Jacques Aumont supone un avance en los estudios de la imagen fuera del campo semiológico y enlaza con la línea argumental de la cineplástica tan cara a los teóricos franceses. Aumont especifica los estudios sobre la percepción visual, llevándolos a la percepción del espacio y el movimiento. Frente a la mayor parte de historias de cine, Aumont empieza presentando a Lumière (fundamentalmente Louis, pero con el apellido recogerá en sus estudios, tanto al padre como a los dos hermanos) no como el héroe pionero, sino como el último pintor impresionista, en definición de Godard, para quien el cine es el último arte de la tradición pictórica. Se separa, por ejemplo de André Bazin, y en vez de ir desde la pintura al cine, pasando por la fotografía, propone ésta como una vía independiente. La línea de Aumont consiste en desgranar los elementos constitutivos de la pintura o de lo pictórico para aplicarlos a lo cinematográfico, consiguiendo definir el modelo pictórico en relación con el cine, que fuera de los elementos más obvios como el cuadro, la perspectiva o la luz, amplía la gama sensitiva a otros elementos como el espacio, el tiempo y el movimiento.

Como dice Francastel, no hay un solo tipo de ver una pintura, sino que “una imagen es un punto de partida”. Así Murnau puede ser un ejemplo claro de plasmación de las teorías recogidas, toda vez que era historiador del arte y avezado pintor que concebía la imagen en movimiento, componiendo sus planos y disponiendo sus elementos como un pintor “logrando una imagen de gran belleza plástica y de gran fuerza expresiva que condensa una idea y comunica emociones al espectador. Esta concepción pictórica le lleva a lograr un auténtico lenguaje visual que dista mucho de la funcionalidad de los encuadres en el cine americano, donde lo que importa es lo que hace o dice el actor. En el cine americano tradicional la acción precede al encuadre y lo determina. En Murnau (y otros cineastas preocupados por la plástica) el encuadre precede a la acción y la determina” (Luciano Berriatúa, Los proverbios chinos de F.W. Murnau, Madrid, Filmoteca Española, 1990-92, pg. 208). Murnau, que construye generalmente sus películas o sus secuencias a partir de la impresión pictórica de un cuadro, recreará su clima visual, pero no copia el cuadro en concreto. El montaje, a diferencia del clásico que se basa en respetar el eje de 180º, se produce de diversas maneras: por la mirada, línea imaginaria entre los ojos y el centro de interés de lo que ve; por analogía de encuadre, de actitudes, de movimientos… La tensión dramática dentro de la secuencia o el plano, no la consigue solo con la música, como estamos acostumbrados (es curioso cómo la música sabe ya lo que los personajes todavía ignoran), sino que logra esa tensión por líneas compositivas, con el decorado deformado, varios puntos de fuga, diagonales e inclinación de líneas opuestas de plano a plano… Parece que estemos hablando de un escenario barroco compuesto por Bernini.

En la exposición podemos ver referencias a Antonin Artaud, Louis Delluc y Germaine Dulac. Dulac contribuye con sus teorías a la elaboración de un cine experimental que rompa con el modelo literario. Su teoría del silencio le lleva a la reducción de intertítulos, apoyando la dramaturgia en los más sutiles gestos, acercándola a las sinfonías visuales donde la música sirve como punto de inspiración para filmar el movimiento de las imágenes con semejante sensibilidad a Viking Eggeling, Walter Ruttmann, Hans Richter o Man Ray. Se pronuncia continuamente a favor de un cine visual sin ligazón con la literatura o el teatro, contra las trivialidades de un cine comercial que serán retomadas en los años sesenta.

Las vanguardias históricas buscaron una especificidad visual propia y exclusiva para la expresión cinematográfica, lo que les llevó en ocasiones a impugnar la misma representación figurativa. Llevó a los vanguardistas a plantear para el cine las mismas propuestas que había establecido para las otras disciplinas. De ahí que fuesen principalmente pintores (y también poetas) los que animasen el surgimiento de los postulados vanguardistas en el cinema v. gr. Hans Richter que en numerosas ocasiones cuenta sus relaciones con la pintura usando el celuloide en lugar de la tela. Quizá por la semejanza entre sus rouleaux y los rollos de cinta virgen, reflejará en sus diferentes Rhythmus su inquietud por la articulación de formas en el tiempo que ya buscara en sus pinturas fuera de caballete. Llegará a una esencialidad cinematográfica basada en su dinamismo plástico, su organización cinética en la pantalla, en la orquestación de tiempos y en el contrapunto musical (microintervalos) del compositor Ferrucio Busoni. Es un momento en que se corta la conexión con el teatro y con la literatura, produciéndose un trasvase metodológico y teórico de unas disciplinas artísticas a otras ampliando la investigación, lo que Walter Ruttmann en 1919 llamó “Pintar con el tiempo”.

La pintura pues, representa tiempo con las imágenes a modo de intermediarias espaciales inventando una serie de dispositivos o lugartenientes que explican la acción que representa: “Curiosamente, para la representación del tiempo en la pintura antigua se adoptan dispositivos análogos a los cinematográficos, mediante la subdivisión del movimiento en segmentos fijos sucesivos” (Omar Calabrese, El lenguaje del arte, Barcelona, Paidós, 1987,  pg. 191).

Según Rudolph Arnheim, cuyos estudios sobre la percepción visual abarcan las Bellas Artes, incluyendo el cine como pintura en movimiento; en cine, hablamos de movimiento “no porque veamos que las cosas se mueven sino porque observamos en la pantalla una perfecta alternancia de tiempos y lugares” y para Gilles Deleuze (La imagen tiempo, Barcelona, Paidós, 1987, pg. 209), la imagen cinematográfica hace ella misma el movimiento, “porque ella hace lo que las otras artes se limitan a exigir (o a decir), ella recoge lo esencial de las otras artes, hereda de ellas, es como el modo de empleo de las otras imágenes, convierte en potencia lo que sólo era posibilidad”.

El historiador Arnold Hauser propone que con el Impresionismo, se disuelve “la estática imagen medieval del mundo”. Podemos considerar el cine como extensión de la pintura, en tanto expande el instante constreñido en la pintura y también porque la pintura trabaja con el color para dar luz y el cine con la luz para aprehender el movimiento; en cualquier caso luz y color (tanto en cine como en pintura se manejan estas dimensiones: matiz, intensidad y saturación, bien, aplicado al color, bien, aplicado a la luz) para reconocer el aspecto visual, sin luz es difícil apreciar el movimiento aunque pidamos la penumbra para el cine.

Muchas de las placas autócromas de los Lumière revelan una similitud de temas con el Impresionismo, como los temas plein air de dichas placas o las estaciones, el desplazamiento de trenes y de la vida urbana en general en sus vistas de cinematógrafo. La investigación de las placas autócromas está en relación con el interés por el padre, Antoine Lumière, por la pintura, que en ningún caso es ocasional y así consta en el Instituto Lumière de Lyon, llevándole a un interés, inicialmente en Besançon (en su primer estudio fotográfico), por el paisaje y el retrato; ya más tarde en Lyon, sus cuadros enlazarán con las técnicas impresionistas, en su interés por el tratamiento de la luz y del claroscuro. Podemos observar que los hermanos Lumière poseían una cultura visual inculcada por su padre y por una educación afortunada entre pintores lioneses y parisinos por la cual no les eran desconocidas la aplicación de la perspectiva o las diferentes composiciones plásticas. Aparte de los parentescos en los objetivos estéticos, existía una convergencia de intereses artísticos con los pioneros de la industria cinematográfica, así Charles Pathé es un serio aficionado a la pintura y mecenas de pintores. La porosidad entre las dos artes se ejemplifica también en Georges Méliès, con base en el dibujo para el manejo de imágenes, su afición a la pintura y su ansiedad por la escultura que para él, y como diría Rodin, reflejaba los movimientos de la materia.

Como nos dice Pascal Bonitzer (Decadrages. Cinéma et peinture. Paris, Éditions de l’Étoile, 1995  pg. 30): “La fabricación de los planos sería lo que acerca el cineasta al pintor, el cine a la pintura” y elementos como el espacio, el tiempo, la luz, los colores e incluso las formas ofrecen unas posibilidades de tratamiento comunes en la pintura y el cine, añadiendo éste el dinamismo que la pintura buscaba. Ya viene siendo habitual en los museos integrar el cine o el audiovisual como un campo propio entre las colecciones y actividades. Hay cineastas que copian imágenes conocidas en una especie de guiño cultural al espectador, otros las utilizan como fuente de inspiración reproduciendo emociones que las imágenes crean en el cineasta gracias al encuadre, la luz, el color. Otros como fuente documental para reconstruir el pasado. Otros han descubierto que el cine no es ni más ni menos que una forma peculiar de pintura como Feininger, McLaren, Fischinger, Ruttmann o Len Lye. Figuras como Ritcher o Jonas Mekas, se encargan de mantener el espíritu vanguardista de plasticidad. Siguiendo con Val del Omar, que acuñó el término cinemista (alquimista de la imagen, para una concepción muy particular en su última etapa, llegando a una denominación de su obra como PLAT (picto lumínica audio táctil). O José Antonio Sistiaga que pinta a mano sus fotogramas con una estética próxima a Norman Mclaren. En este sentido también cabe destacar a Stan Brakhage que siguiendo a Len Ley también interviene sobre el celuloide directamente con productos químicos, produciendo un abigarramiento cromático que nos recuerda los all-over de Jackson Pollock.

Los surrealistas practicaban una suerte de collage cinematográfico pasando de una sala de cine a otra sin importar horarios o películas, no importaba tanto la película como romper el récit de la misma realizando, podríamos decir, una obra nueva. Salvando las distancias esto es lo que podemos hacer recorriendo esta muestra, hay una migración del público de las salas de cine a otros espacios como el museo u otros de ámbito privado que la revolución digital permite. Este tipo de exposiciones sirven de epítome en la unión cine y artes plásticas donde la Historia del Arte y Historia del Cine, comparten el tronco común de la Historia, así Histoire(s) du Cinéma.

Aumont abre El ojo interminable con la denominación impresionista de Godard, y termina calificando a Godard como “el cineasta que traduce la más profunda conciencia de su herencia pictórica y artística.” (El ojo interminable. Cine y pintura. Barcelona, Paidós, 1997, pg. 167). En esa desestructuración que hace en su Histoire(s), alguna vez dice: “El cine nunca ha sido un arte y menos una técnica” (1b “Una historia sola”); o que “El cinematógrafo es la última criatura del arte” (3b “Una ola nueva); o “El cine es el refugio del tiempo” (4b “Los signos entre nosotros”). Si bien, en 3b: “El ser humano tiene en su propio corazón, lugares que no existen aún y en los que el dolor entra”; y en 1b: “El cine proyectaba y la humanidad creía que el mundo estaba allí”.