Después
de un proceso de maceración de unos siete años, Federico Gallego Ripoll nos
presenta Los latidos contados un libro de poemas donde prosigue su línea
de reflexión íntima, de compromiso cultural, social (“Jan Yunis”, Gaza, en este
caso) y el cuidado formal del poema que viene otorgándole esa profundidad
estética a su obra.
A través de siete segmentos o capítulos en que divide la obra (se repite el número siete, quizá como eco cabalístico, quizá por el ritmo tan dinámico que dan los heptasílabos), Gallego Ripoll no se desgaja de lo cotidiano y desde ahí se adentra en el paso del tiempo, la memoria, la identidad y la muerte, o bien como él mismo nos detalla: “Infancia, escritura, amor, trascendencia, reflexión, compromiso y ausencia, pueden ser los temas en torno a los que se constituyen las siete secciones de este libro, que son también homenaje a los siete autores de las citas […]” Con un lenguaje preciso, culto y cercano que atrapa al lector creando imágenes sugerentes. A esto contribuye su interés por la historia del arte (incluido el cine) que añade una capa reflexiva que alarga la emoción, el pensamiento crítico o el sabor de los poemas.
Las referencias artísticas son variadas: dos alusiones directas a Buñuel (“Palabras” y “Un chien andalou”); el drama lírico o la ópera de Verdi, Nabucco con “Va, pensiero” un canto de libertad italiano, pero también una referencia velada al Salmo 137 Super flumina Babylonis donde también se siente a San Juan de la Cruz… Y por no ser exhaustivo y dejar al lector que descubra otros alegres enigmas, el mismo autor nos señala el capítulo VI “Los alquilados” como uno de los más complejos de este libro en cuanto a la resignificación del poema. En ellos cada título obedece a una obra pictórica muy significativa artísticamente y donde la experiencia del yo se decanta a través de los cuadros. El poeta encuentra aquí, en estas piezas, los ingredientes que le permiten mostrar su personalidad en otro envase.
Señalar dentro de este sexto capítulo su gusto por el surrealismo de las vanguardias históricas o el barroco, con referencia a dos cuadros de Caravaggio. Cabe también citar “Jardín de Aranjuez” aludiendo al cuadro homónimo de Santiago Rusiñol de 1907, que se integraría en la colección “Jardines de España” y que daría lugar también, según la guía del cuadro del Museo Reina Sofía, donde se encuentra, a “un exquisito volumen que aúna pintura y poesía. En él, tras sendas introducciones de Azorín y el propio Rusiñol, conviven cuarenta y una hermosas láminas de los jardines con poemas en castellano y catalán de diversos autores: Machado, Marquina, Pérez de Ayala, Juan Ramón Jiménez, Costa i Llobera, o Joan Maragall, entre otros”.
También resaltar el último poema que cierra el capítulo “Source”, título también de una pieza de 2017 de Jaume Plensa en acero inoxidable pintado, sita al aire libre en Montreal. Es una escultura monumental semejante a un busto formado por letras. Jaume Plensa crea más que una obra escultórica, una poesía visual, no obstante sus exposiciones llevan títulos como “Poesía del silencio” o “Sombras y poemas”.
Además, en algunas de sus esculturas utiliza los alfabetos para crear esas figuras humanas. Para Plensa, pero también para Gallego Ripoll, el silencio es fundamental para conectar con la espiritualidad e intimidad en sus obras. Esa introspección también la podemos encontrar en sus grabados y dibujos. Precisamente un dibujo de Plensa ocupa la magnífica portada de esta obra que venimos comentando Los latidos contados y que le ha dejado Jaume Plensa a Federico Gallego Ripoll, que también es un magnífico dibujante. El dibujo, como ha dicho Plensa en ocasiones, es una estructura de futuro donde se plasman las ideas con rapidez e intuición.
Este dibujo de Plensa (The Secret Heart, [El corazón secreto], 2016) es una sutil delineación de un corazón encerrado, donde late el corazón del poeta, de los dos poetas. Si nos estamos deteniendo más en este punto es porque a lo largo del libro de Gallego Ripoll dos términos se repiten con urgencia, podríamos decir: “palabra” e “hilo” en sus diversos sinónimos o funciones (hilván, torzal, enhebrar…). Hilo como “línea que entra por los ojos” como dice Gallego Ripoll en su poema “Travelling” o “hebra de luz que nos cose al olvido” (“Duermevela”), en resumen, torzal que ensarta palabras, que las une y forja para ofrecernos el poema, los poemas.
Deshacerse del sueño y buscar lo universal en la palabra es establecerse en una transparencia del sentido, una pasión cuyo proyecto es la plenitud de la palabra que debe dirigirse hacia el fulgor que brilla en las esencias, en una esencia etimológica: γραφή – graphé - ‘escritura’; γράφω – grapho – ‘acción de dibujar o de pintar’ y γραφειον - grapheieon - ‘instrumento para escribir o para pintar’. Grafía designa entonces la actividad gráfica, tanto en su modalidad de escritura como de dibujo, estableciéndose desde la etimología una íntima relación entre escritura y dibujo, dibujo que sólo piensa en significar la presencia, así Federico Gallego Ripoll, poeta que nos dibuja las palabras.

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