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jueves, 19 de noviembre de 2020

INVITADAS. FRAGMENTOS SOBRE MUJERES, IDEOLOGÍA Y ARTES PLÁSTICAS EN ESPAÑA (1833-1931).

 

Gracias a exposiciones como esta del Museo del Prado, que ya enfatizó la obra de Clara Peeters y dedicó otra a Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana, o exposiciones como Heroínas en 2011 en el Thyssen, podemos ver el efecto de la pregunta formulada en 1971 de Linda Nochlin: “¿Por qué no ha habido grandes mujeres artistas?” o la que realizaban unos años después Guerrilla Girls “¿Tienen que desnudarse las mujeres para entrar en el Metropolitan Museum of Art?”. Este tipo de preguntas demandaba, sigue demandando un trato artístico, en este caso, que ponga en valor el trabajo realizado por ellas, lo que la agenda feminista llama empoderamiento (empowerment) y que enlaza con la Querelle des Femmes desde hace unos siete siglos. 

Así se va respondiendo a esas y otras preguntas, muestras de este cariz afirman la perspectiva de género en la historia del arte y hacen que se reconsideren las colecciones de los museos y galerías, así como su política de adquisiciones o ventas y que se reconfiguren los valores de la sociedad y hagan que estos permanezcan. Además, suponen la recuperación documental de muchas obras arrinconadas en almacenes o dispersas, la correcta atribución de las mismas, refutando la idea de que no ha habido grandes mujeres artistas. 

A raíz de esto hemos de comentar el error en la atribución de la obra Escena de familia (h. 1889-93), puesta como ejemplo del desinterés institucional hacia las obras de las artistas, debido a su lamentable estado de conservación. Estaba atribuida a Concepción Mejía de Salvador, pero Concha Díaz Pascual, historiadora del arte, rectificó al comisario de la exposición, atribuyéndoselo a Adolfo Sánchez Megías y que lleva por título La marcha del soldado (1895) como cuenta en su blog Cuaderno de Sofonisba. La obra ha sido retirada quizá porque ya no servía como ejemplo a las tesis de la exposición. No se concibe que la hayan retirado porque fuera obra de un pintor, cuando en la exposición hay más obra de pintores que de pintoras, algo que no se entiende bien. No hubiera estado de más haber dejado la obra y la explicación en la atribución, dando visibilidad a la mujer que descubrió el error o el descuido.

La exposición, con su largo subtítulo parece contrarrestar el no muy afortunado título de la misma (parece como hacerles hueco momentáneo a las mujeres), supondría, a nuestro entender, una especie de puesta en escena del libro pionero en España de la profesora y académica Estrella de Diego, La mujer y la pintura del XIX español. Cuatrocientas olvidadas y algunas más. Excelente libro que revisa la historia y honra a las mujeres que precedieron a las de hoy, donde se aportan nombres y datos de la situación de la mujer en el siglo XIX (y anteriores), que contiene una información tan vigente ahora como en 1981, año de la tesis doctoral que este libro fue. Que proporciona un corpus teórico a los estudios de género en el ámbito universitario y que nos ha dado a conocer cientos de mujeres artistas desde el siglo XV hasta nuestros días, con una concepción de la mujer que pasa de ser objeto a ser sujeto de representación, generando nuevas narrativas que saquen a las mujeres del terreno del deseo puro y simple y la introduzcan en el del poder. 

El XIX es un siglo que rebosa de imágenes de mujeres nuevas al tiempo que reinterpreta a las anteriores con una autoconciencia creciente. Este debe ser el objetivo de la exposición, con una primera parte, demasiado extensa a nuestro parecer, donde vemos los estereotipos de la representación femenina, para pasar a las obras realizadas por mujeres, unas cincuenta, en su mayor parte pintoras, dos escultoras y dos cineastas. 

Los estudios de género en España llevan aproximadamente cuatro décadas, en los que fundamentalmente (por decirlo aquí de una manera apresurada) tratan de crear una narración que integre a las mujeres en el contexto cultural que habían sido olvidadas. Porque cabría suceder como en la Primera Exposición de Pintura Feminista, celebrada en el Salón Amaré de Madrid en junio de 1903, que al final la participación de cuarenta artistas se redujo a una suerte de gueto que anulaba su individualidad, quedando subsumidas en un conjunto de rango menor. (Jimenez-Blanco, pg. 368, Catálogo exposición). Por eso es importante reconocer y percibir la herencia realizada por cada mujer: la genealogía artística; o como dicen nuestros amigos de la editorial Tigres de Papel, “Genialogías”, su flamante colección, que alude también al concepto de “Genio” que hay que revisar a partir de igualar condiciones de partida. 

Es importante rescatar los nombres, reinsertarlos en la historia del arte y que ésta muestre sus nervaduras, la intrahistoria o la infrahistoria. Porque si algo se sabe en historia del arte es que el discurso funcional cambia según los descubrimientos y sus categorizaciones. No se trata de añadir nombres de mujeres para ser feminista, volvamos una y otra vez a la integración, al contexto en los estudios de género donde se revisa el concepto de calidad que procure no dejar obras fuera del sistema, porque las comparaciones tienen que partir desde la igualdad en los medios de producción y aprendizaje. Ya la educación de las niñas, para empezar, era diferente, sustituyendo las materias primordiales por otras consideradas más propias de su género, relacionadas con el ámbito doméstico. Otro tanto ocurría con la prohibición de estudiar desnudo al natural, para las mujeres, durante mucho tiempo. Para el detalle y desarrollo de la integración en las instituciones oficiales o Academias de Bellas Artes, así como en los certámenes oficiales de pintura, se puede seguir, entre otros, el libro citado de Estrella de Diego como el de Patricia Mayayo, Historias de mujeres, historias del arte, que llega hasta nuestros días. 

También en el catálogo de la exposición se habla la lentísima incorporación de la mujer a los circuitos de arte en España, que según Mathilde Assier, no se diferenció mucho del resto de Europa, lo que sí es lástima es que cuando las mujeres lo lograron “resultó que muchas lo abandonaron para nutrirse del aire fresco de las vanguardias.” (Assier, pg. 64, Catálogo exposición). 

Para la mujer española del XIX e inicios del XX dedicarse a la pintura o al dibujo (fundamentalmente flores, también bodegones y algún retrato si acaso) podía considerarse hasta distinguido siempre que se parase a tiempo, es decir que no la impidiera casarse o dedicarse al cuidado del hogar, la familia y el marido. Un ejemplo del que nos habla Leticia Azcue Brea en el catálogo es Helena Sorolla (en la muestra con una escultura espléndida de un desnudo), hija del pintor y de Clotilde García del Castillo, que incluso criada en un ambiente artístico selecto, abandonó su prometedora carrera como escultora tras el matrimonio. Muchas, muchísimas dejaban la práctica artística al casarse. El paternalismo estaba en el Código Civil que anulaba su personalidad sin poder si quiera administrar sus bienes, la mujer soltera estaba bajo la potestad del padre o del hermano, casada bajo la autoridad del marido. 

En la terminología del catálogo abunda en el término “patriarcal”, bien, no se puede practicar un nuevo discurso con los viejos puntos de vista, pero “culpar siempre al hombre es excesivamente fácil porque esto presupondría una inferioridad femenina” nos dice De Diego. “El patriarcado – según la escritora y poeta Graciela Rodríguez Alonso – es como el aire que todo lo envuelve, infiltrándose en nuestros pulmones, envenenándonos sin que notemos al respirarlo que está contaminado: usos, hábitos, normas con siglos de antigüedad, determinan cómo debe comportarse una mujer” (pg. 84 La epopeya de las mujeres).  Esto viene a cuenta por el cuadro de Antonio Fillol Granell titulado La rebelde (h. 1914), que refleja una alborotada escena en un asentamiento gitano. Si lo patriarcal se repite por todo el catálogo, en esta obra se cambia por “estructuras de corte paternalista” (pg. 148, Catálogo exposición) para definir sus costumbres que dan lugar al lienzo. Consultadas algunas páginas web sobre la cultura del pueblo gitano o romaní, nos dicen que ya no existen patriarcas, sino personas de respeto que con una cierta edad aconsejan e interpretan sus leyes. Quien esto escribe, que ha sido vecino de Pan Bendito en Carabanchel durante más de veinte años y ha conocido los problemas que generaba el chabolismo o infravivienda (desde los ochenta, torres de viviendas), celebra que ya no usen ese término que venía siendo habitual hasta hace unos pocos años.  

Para llegar a realizar algún tipo de obra de arte se debe dedicar a ello plenamente y con un ejercicio continuo del arte, la poesía o la literatura que se quiera dominar. Si de habitual es problemático una carrera artística, más para ellas que era una carrera llena de obstáculos. Se suele citar a Elena Brockmann de Llanos, Antonia de Bañuelos y Thorndike o María Blanchard como excepciones a la regla y conseguían salir del país para estimular su arte. Pero su número es escaso, como lo es, en proporción las pintoras españolas que conseguían acceder a las Exposiciones Nacionales y otros certámenes de relieve, según recoge en el catálogo de la exposición la profesora María Dolores Jiménez-Blanco. 

Una de las artistas que más nos ha llamado la atención ha sido Aurelia Navarro Moreno, una paradoja de brillantez y desconsuelo, que responde una vez más a las preguntas con que iniciábamos este artículo y reafirma que sí hubo grandes mujeres artistas. De Granada con casa cerca del Generalife, de formación decimonónica participó en varias exposiciones nacionales con reiterados premios. Cabe resaltar la obra presente en esta exposición Desnudo femenino o, según otras fuentes, Desnudo de mujer (1908), un autorretrato inspirado en Venus del espejo de Velázquez, que no recibió los premios que debiera según todos los testimonios. Una artista con una fuerte inquietud y una gran capacidad creativa que se enfrentó a las prohibiciones e imposiciones sociales que la rodeaban y al más rancio moralismo machista. Según Magdalena Illán Martín, profesora de la Universidad de Sevilla, se está completando el catálogo de su producción, con la ayuda de las obras que posee la familia (Colección Ignacio Navarro), que recupere y valore su figura, que explique en detalle cómo pasó de una exposición pública de su obra a un retiro monacal que solo soslayó con una visita al Vaticano en 1933 para realizar un retrato de la fundadora de la orden en que profesaba. Falleció en su convento, las Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento de Córdoba el 9 de febrero de 1968. 

Como hablo de memoria y desde un confinamiento con una mínima biblioteca, no recuerdo muchas exposiciones en este Museo del Prado donde el audiovisual forme parte en las salas de la exposición. Sí recuerdo con admiración el que se desarrolló con la exposición de El Bosco, por eso ahora reseñamos las películas que se proyectan con motivo de esta exposición, que salpimientan con su dinamismo esta “pesada” muestra de pintura. Hemos de reseñar el rescate de tres películas de Alice Guy-Blaché: La Fée aux choux (El hada de los repollos), 1896; Le Départ d’Arlequin et de Pierrette (Las escapadas de Pierrette), 1900 y Les Résultats du féminisme (Las consecuencias del feminismo), 1906, inmensa cineasta olvidada que nos hace reescribir la Historia del Cine quizá como se tenga que hacer con la Historia del Arte. 

En el libro tan citado de Estrella de Diego se reseña a la poeta Josefa Massanés, nacida en Tarragona en 1811, muy conocida en su tiempo y con reivindicaciones feministas en los prefacios de sus obras. Como la profesora De Diego se hace eco en su libro del poema “La resolución”, que está en sus Poesías, nosotros acabamos con parte de otro, en el mismo libro, “Elena la Pescadora” (pg. 40):

 

“Quiero playas, quiero luz,

Aire libre, y brisa floja,

Y un sol sin nubes ni bruma

Y una barca vogadora

Y mi amado marinero

O muero”.

 

 



BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

CATÁLOGO exposición Invitadas. Fragmentos sobre mujeres, ideología y artes plásticas en España (1833-1931). Museo Nacional del Prado, 2020.

CATÁLOGO exposición Genealogías feministas en el arte español: 1960-2010. Edición de Juan Vicente Aliaga y Patricia Mayayo. Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León, 2013.

DIEGO, Estrella de, La mujer y la pintura del XIX español. Cuatrocientas olvidadas y algunas más. Madrid, Cátedra, 2009.

ILLÁN MARTÍN, Magdalena, “’Una joven que vale mucho y que llegará a ser una pintora eminente’: Aurelia Navarro en la escena artística española de comienzos del siglo XX.” Atrio. Revista de Historia del Arte, nº 25 (2019): 224-239.

MASSANÉS, Josefa, Poesías. Barcelona, Imprenta de J. Rubió, 1841.

---            Flores marchitas. Barcelona, Imprenta de A. Brusi, 1850.

--- (Compiladora), Garlanda poética ilerdanesa. Lleyda, Estampa de Joseph Sol y Torrens, 1881.

MAYAYO, Patricia, Historias de mujeres, historias del arte. Madrid, Cátedra, 2019 (2003).

RODRÍGUEZ ALONSO, Graciela, La epopeya de las mujeres. Madrid, La Huerta Grande, 2018.

ROLDÁN SALGUEIRO, Manuel Jesús, Historia del Arte con nombre de mujer. Sevilla, El paseo editorial, 2020.


miércoles, 11 de diciembre de 2019

HISTORIA DE DOS PINTORAS: SOFONISBA ANGUISSOLA Y LAVINIA FONTANA



Con esta exposición del Prado podemos seguir ahondando la mirada en la Historia del Arte al tiempo que la ampliamos, haciendo visible lo invisible, como dice la profesora Estrella de Diego, concibiendo a la mujer como sujeto de representación y no como objeto, releyendo los textos clásicos y profundizando en el entramado teórico y conceptual. En este caso, nos puede servir, además, para revelarnos que las reivindicaciones feministas de hoy día, mutatis mutandis, las podemos encontrar, al menos, desde el siglo XV con la Querella de las Mujeres.

Los estereotipos dominantes que representan a la mujer en el arte de nuestro alrededor, se pueden reducir a dos, la maternidad y el objeto erótico. Con la exposición del Prado, se muestra el trabajo de dos mujeres activas, independientes y creadoras, ilustres podríamos decir como las que se incluían por sus propios méritos en el compendio de Boccaccio De claris mulieribus, que seguía la huella de De viris illustribus de Petrarca. Pero la defensa más clara de las mujeres y que corregía el punto de vista de Boccaccio (véase el minucioso trabajo de Ana Vargas), sería Le Livre de la cité des dames, de Christine de Pizan, su texto inauguró, por así decir, la Querelle des Femmes, que aún permanece abierta.

En 1405 Christine de Pizan, considerada la primera escritora profesional europea, publica La ciudad de las damas, una apología de la mujer apoyándose en las figuras heroicas femeninas de la mitología y de la Biblia y en mujeres de la historia y del presente. La principal fuente fue la obra citada de Boccaccio, muy popular a la vista de las ediciones. Pero aquí se presentaba a estas mujeres como casos aislados y excepcionales que corroboraban los prejuicios misóginos. En cambio, Pizan conforma una versión afirmativa de la identidad de la mujer que, a nuestro modo de entender, es la esencia de los estudios que aborden el acercamiento a la historia del arte, en nuestro caso. Hay todo un río subterráneo (Rocio de la Villa) de artistas que debemos hacer manantial.

Cuando Sofonisba Anguissola llega como dama de corte de la reina Isabel de Valois, basándonos en los estudios de Ana Vargas, había desde el siglo anterior (en la corte de Juan II de Castilla, ya están presentes las ideas humanistas), una importante participación de las mujeres en las cortes hispánicas a inicios del XV, a raíz (pero no solo) de la  Querella de las Mujeres, que se inició a finales de la Edad Media, con un importante desarrollo en el siglo XV con el Humanismo, que perdura hasta el XVIII. Esta Querella se centra en un proyecto de igualdad entre mujeres y hombres en aras por reconocer esa igualdad, como es la recuperación de obras realizadas por mujeres y atribuidas a hombres, en el caso Sofonisba, la recuperación de obras suyas atribuidas a Pantoja de la Cruz según modelos de Sánchez Coello. Una recuperación autoral que proporciona un mejor conocimiento del retrato de corte en España, al tiempo que reivindicación cultural, de ahí los numerosos estudios de Maria Kusche para la recuperación de la obra Sofonisba.

El nombre de Sofonisba junto al de su padre Amilcare y su hermano Asdrubale guardan recuerdos con su supuesta ascendencia cartaginesa que trataba de ennoblecer el linaje de la familia, si bien fue Sofonisba con sus dotes pictóricas la que abriría un nuevo horizonte familiar.
Acude al taller de Bernardino Campi (posteriormente al de Bernardino Gatti) junto con su hermana Elena, lo que supone un hecho extraordinario para el decorum de la época que dos mujeres acudieran al taller de un pintor para formarse. Se abre ahí una vía para el resto de las mujeres que vendrán a interesarse en la práctica más allá del diletantismo, y, además, se ennoblece el arte de la pintura gracias a la fama que alcanzó Sofonisba. En 1550 ya era celebrada como una de las más importantes artistas de su tiempo. A su fama contribuyó en buena medida su padre Amilcare, su relevancia facilitó a otras mujeres la práctica artística.
En la etapa previa a su llegada a España, Sofonisba pone el acento en el dibujo, retratos y alguna pintura de carácter devocional, aunque es en el retrato donde evidencia un dominio del trazo que aflore el carácter psicológico del personaje, como podemos ver en Giovanni Battista Caselli, poeta de Cremona (1557-58): Sofonisba refleja al poeta con una expresión intensa, siguiendo las directrices de Giovanni Battista Moroni (h. 1525-1578),  ante una loa a la Virgen que interrumpe para señalarla, al tiempo que nos da cuenta que está escribiendo Rime del Casellio.

Asimismo destacan sus autorretratos que reivindican su condición de pintora, su capacidad creativa. Sus retratos y autorretratos se caracterizan por una cierta modestia indumentaria (con calidad en los tejidos), exceptuando el que le hizo, en 1557, a su madre Bianca Ponzoni, donde trata de resaltar una imagen aristocrática y suntuosa, aunque el cuerpo adolece de pericia técnica y no presenta un aspecto muy agraciado. Esto es una característica en Sofonisba ya que no pudo formarse en el estudio del desnudo. Es su habilidad como retratista lo que aprovecha para compensar su falta de formación también en el estudio de la perspectiva y la recreación espacial, como se observa en Massimiliano Stampa (1557) retrato de cuerpo entero, o las dificultades en la recreación de fondo para el retrato de 1561 de la reina Isabel de Valois.

Conocemos una quincena de autorretratos de Anguissola. Al igual que Alberto Durero, comprendió la peculiar importancia del autorretrato como el género pictórico más adecuado para expresar la propia poética en el arte de la pintura: su mirada directa la afirma como sujeto y como igual. Se autorretrata como noble, tocando la espineta, declarando su procedencia social pero también la hermandad con otras artes, la literatura y la música

Autorretrato tocando la espineta (h. 1556-57): Al no estar firmada ni datada, a mediados del XIX se le atribuyó a Annibale Carracci (1560-1609), hasta que Giovanni Morelli la reatribuyó a Anguissola en 1890.  Según los patrones establecidos por Baldasarre Catiglione en El cortesano (1528), la música y la danza eran virtudes que debían adornar a la mujer ideal en la corte, siempre que no supusieran amenazas a su honestidad. A diferencia de otros instrumentos, los de teclado facilitaban una actitud decorosa, como connota el propio nombre de “virginal” dado habitualmente a los clavecines de la época. Este patrón se repitió después en Lavinia Fontana, Irene di Splimbergo (1540-1559), Marietta Robusti (h. 1554-h. 1590), Isabel Sánchez Coello (564-1612) y sor Estefanía de la Encarnación (1597-1665).

En 1559, Sofonisba realiza un autorretrato que se inscribirá en el nuevo género: el cuadro dentro del cuadro. La pintora se autorretrata y retrata al pintor que supuestamente lo ejecuta. Según el catálogo de la exposición se piensa que se trata de su maestro Bernardino Campi, pero hay otras opiniones que ven en él a Orazio Vecellio, hijo de Tiziano, a quien Anguissola pudo conocer en Milán de viaje a Madrid: la pintura sería el pendant de un intercambio entre pintores, el cuadro Anguissola pintando a Vecellio, desaparecido en el incendio del Alcázar de Madrid. Quizá no fuera solo un juego de amantes novelesco, sino un reto entre pintores en el cual Sofonisba sale como objeto de representación para convertirse en sujeto, reconocida maestra en la tradición pictórica.

La partida de ajedrez (1555): Incide en la formación de las hermanas Anguissola y en la complicidad familiar, representación de los “motti dell’animo”, término de Flavio Caroli, y que repetirá en dibujos enviados por su padre a Miguel Ángel, entre ellos, Vieja que estudia el alfabeto y que provoca la risa de una joven (único dibujo en esta exposición, de su muy reducido catálogo gráfico). La partida de ajedrez recrea materiales del bordado, una actividad que no pasó del ámbito doméstico, no alcanzó el discurso que rodeaba a la pintura o a la literatura, pero que servía, según ciertos relatos, para pasar del bordado a la pintura y seguir con otras artes. Aunque esta obra se encuentre inacabada, se considera la creación más ambiciosa de Sofonisba. Protagonizado por su padre y su hermana Minerva es su obra de mayor formato de autoría confirmada, el único que reproduce un grupo de figuras y el único que las presenta al aire libre. La obra estaba en su casa (y estudio) y allí la vio Giorgio Vasari en 1566. Las palabras de la inscripción “EX VERA EFIGIE” implican que la artista basó la tela en bocetos anteriores. El paisaje de fondo, se basa en modelos clásicos de retratos de corte más tempranos. Generalmente se identifica a sus hermanas, de izquierda a derecha: Lucia, Europa y Minerva, posando con la ancilla o sirvienta de la familia.

Retrato de familia (h. 1558): Composición que se apoya en la gestualidad de los personajes. Resalta la mirada al espectador del padre Amilcare Anguissola; Minerva a la izquierda y Asdrubale a la derecha. El paisaje de fondo es un tanto idílico, enriquecido por tonalidades azuladas. Al estar sin concluir, y siguiendo el catálogo de la exposición, nos permite saber su modo de pintar, a base de diversas capas de preparación y de campos cromáticos que luego remata en superficie de manera minuciosa, combinando el modelado esmaltado de las carnaciones en los rostros con toques caligráficos de pincel para concretar los cabellos, las joyas o los bordados de la indumentaria.

A lo largo de los años cincuenta creció el interés por las obras de Sofonisba, hasta que llegó a ser dama de corte de Isabel de Valois, alcanzando así los Anguissola-Ponzoni el centro político del imperio. Asimismo, Vasari la incorporó a las Vite, acaso por el interés de Miguel Ángel y el rey de España. Vasari menciona una quincena de mujeres entre 160 artistas, entre ellas Properzia de’ Rossi, escultora boloñesa donde contó con un régimen diverso para gremios y oficios entre los que abundaron artistas mujeres y también asistieron desde la Edad Media, mujeres a su famosa universidad (véase el artículo de Alicia I. Palermo) quizá famosa por esto mismo. Otra artista boloñesa a destacar sería Elisabetta Sirani (1638-1665), de enorme originalidad de la que el Museo del Prado guarda un par de dibujos. Vasari lamenta la injusticia hecha con Properzia de’ Rossi, que fue rechazada por su amante, y murió en un hospicio para indigentes el día en que el Papa Clemente VII quería conocerla, según Caroline Murphy. Para los boloñeses del siglo XVII, Elisabetta Sirani fue otra heroína. Su padre Andrea la mantuvo en la pobreza al tomar todas las ganancias de su trabajo, dejándola pintar cuadros en secreto para permitirse un pequeño ingreso extra. Cuando murió misteriosamente a la edad de veintisiete años, su familia, indignada por esta fuente de apoyo que se les estaba quitando, sometió a su criada a juicio por haberla envenenado.

Sofonisba Anguissola en la corte de Felipe II

La misión principal de Sofonisba fue iniciar a la reina en el arte de la pintura, aunque también se dedicó a pintar sus propios cuadros, especialmente retratos de la familia real. Al incorporarse a la corte española se encontró con el reconocimiento artístico y económico, pero se limitó su libre creación, en tanto debía ajustarse a los modelos de la retratística de la corte. Permaneció junto a Isabel de Valois hasta la muerte de ésta en 1568. Solo un puñado de jóvenes de las más notables familias francesas y españolas alcanzó esa influyente y representativa posición, lo que da buena cuenta de la relevancia alcanzada por Sofonisba.

En la corte española se encontró con el principal retratista que era Alonso Sánchez Coello que colaboró con Sofonisba para adaptar su estilo italiano al gusto español. También coincidió brevemente con Antonio Moro y algo más con Joris van der Straeten. La falta de documentación relativa a la actividad de Sofonisba durante el periodo que estuvo en la corte española y el hecho que no firmara sus obras que realizó en España, hace que la autoría de sus pinturas vaya cambiando, siendo Alonso Sánchez Coello el mayor beneficiado. Hay que tener en cuenta que comparten momento histórico y lugar geográfico, que ambos trabajaban con semejantes materiales y no sabemos que Sofonisba dispusiera de espacio para su propio obrador dentro del Alcázar, por lo que recurriría al taller de Sánchez Coello para que le suministrara las telas con la capa de preparación ya extendida y seca para pintar directamente.

Alonso Sánchez Coello, pintor de cámara de Felipe II, definió el retrato del rey y su familia estableciendo unas convenciones que mostraban los rasgos físicos, pero también un carácter dinástico: distancia, quietud y severidad. Sus retratos siguen indirectamente el estilo de Tiziano, destacando el detallismo de los trajes y la capacidad de penetración en la psicología del modelo. Sofonisba mantuvo esas fórmulas, pero lo atemperó con una atmosfera tamizada en la que los contornos de las figuras se suavizan. Sofonisba retrata a Felipe II y a su cuarta mujer, Ana de Austria, también a sus hijas, Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela. Los retratos de Felipe II y Ana de Austria, tras los estudios técnicos, reflejan que fueron pintados a la vez en 1573, concebidos desde el inicio como pareja como indica, entre otras, la simetría en la disposición de sus manos. Felipe II (h.1573): Lo retrata Sofonisba justo antes de abandonar la corte española, con la indumentaria negra que solía vestir a diario. Nos los muestra así, en la intimidad, como el de la reina Ana de Austria (h. 1573), también con el traje de diario y sin joyas.

A lo largo de su vida estuvo en contacto con artistas relevantes de su época, incluso sus retratos fueron emulados por Caravaggio y copiados por Rubens. Con la muerte de Isabel de Valois, el paso siguiente de Sofonisba hubiera sido casarse o profesar en religión, como así mandaba el protocolo. En cambio, Sofonisba insistió en seguir con su profesión de pintora y partir hacia Italia. Volvió a ser dama de la nueva reina Ana de Austria y tras encontrarle un candidato idóneo, el 5 de junio de 1573 se casó por poderes en el Alcázar de Madrid con Fabrizio de Moncada. Abandonó la corte en verano de 1573 y en octubre ya se encontraba en Palermo con su marido. Aquí no rompe con la corte española pues Sicilia era un reino de la Monarquía Hispánica, realizando algún cuadro y sustituyendo como gobernadora en ausencia de su marido. Enviudó en 1578 y decidió regresar a su Lombardía natal, encontrando en el camino a Orazio Lomellini, su segundo marido y pasaron a residir en Génova. Ella firmaría algunos cuadros con este apellido. A partir de 1615 y hasta su muerte residió en Palermo, allí se produjo el encuentro con Antonio van Dyck, uno de los pintores más precoces y exitosos de inicios del XVII. Se enmarca en el viaje a Italia que Van Dyck realizó para tomar contacto con el arte de la Antigüedad y del Renacimiento y que irá anotando y dibujando en su Cuaderno italiano. En él encontramos que el 12 de julio de 1624 visita a Sofonisba Anguissola en Palermo y contiene un retrato de ella a los 96 años de edad (dice Van Dyck, aunque no era verdad, se llevaban unos sesenta años), donde elogia su saber, amabilidad y perspicacia.

Lavinia Fontana, pintora famosa de Bolonia

Siguiendo a Caroline Murphy, Fontana puede ser considerada la primera mujer realmente profesional, no solo en Italia, sino en Europa occidental. Sería la primera mujer en ser titular de su propio taller, donde amplió los géneros considerados femeninos (bodegón, miniaturas y pequeños retratos), abordando grandes cuadros de altar, paisajes y representaciones mitológicas con desnudos, algo extraordinario para las pintoras. En su ciudad natal, recibió los mismos tipos de encargos que obtuvieron sus colegas varones: produjo retratos de miembros prominentes de la sociedad boloñesa, pintó pequeñas obras devocionales privadas y retablos de gran escala para iglesias y cofradías. También ejecutó pinturas que representan temas mitológicos y, al hacerlo, Fontana parece haber sido la primera artista femenina moderna en pintar desnudos femeninos. Su obra constituye un corpus extremadamente grande y variado por el cual fue ampliamente reconocida en su propio tiempo. De hecho, su propio éxito, señala Murphy, probablemente haya contribuido a esta falta de consideración, por historiadores posteriores.

Los nombres de los patrocinadores de Lavinia proporcionados por los textos existentes indican que ella estableció una amplia base de clientes en Bolonia: eruditos, clérigos, el patriciado boloñés, en particular mujeres nobles. Hay una escasez de contratos formales entre Lavinia y sus patrocinadores (probablemente la mayoría de sus acuerdos fueron verbales), pero se puede obtener información de las familias para las que trabajó, sus gustos y sus conexiones a partir de la interpretación de una variedad de documentos como archivos familiares, testamentos, inventarios, libros de cuentas…

La carrera de Lavinia Fontana, como la de la mayoría de las mujeres artistas, fue una carrera de obstáculos. Los inicios de su aprendizaje fueron con su padre que poseía taller y veía en su hija la prolongación del mismo y el sustento familiar. La consideración financiera indudablemente motivó a muchos de estos padres artistas a enseñar a sus hijas a pintar. Si una hija mostraba algo de talento, no había razón por la cual no debería ser empleada como un par de manos extra en un taller familiar (no se tiene idea de cuántas mujeres anónimas realmente trabajaron de esta forma).

Vasari, en su edición de 1568 de sus Vite, menciona las habilidades artísticas de Barbara Longhi, que era un año más joven que Lavinia, pero Lavinia no encuentra mención en este texto. Como Vasari conocía muy bien a Prospero Fontana, parece probable que, si Lavinia hubiera estado practicando como pintora, lo habría sabido. Todo apunta a un debut público tardío como pintora. Según Carlo Cesare Malvasia (el “Vasari” boloñés), la casa de los Fontana se convirtió en un centro de discusión intelectual, cultural y artística donde aquellos con intereses en estas áreas se reunieron y fueron entretenidos por Próspero, siendo el anfitrión de una especie de salón, una pequeña república del aprendizaje y las artes en Bolonia. A mediados del siglo XVI en Bolonia, el estatus del artista no era tan elevado como en Florencia, Roma o Venecia; los pintores todavía pertenecían al mismo gremio que los fabricantes de sillas de montar y espadas y, por lo tanto, todavía se los consideraba artesanos. Próspero aspiraba a la igualdad con hombres de letras, altos eclesiásticos, científicos y nobles. Consciente del estatus, inicialmente no preparó a su hija como pintora profesional.

La elección del nombre Lavinia es digna de mención, estaba de moda que las clases altas dieran a sus hijos nombres de origen romano, probablemente para distinguirlos de los niños de clase baja a quienes generalmente se les daba nombres de origen cristiano. Lavinia, el nombre de la matrona romana que murió por defender su castidad, era un nombre popular entre las clases altas en la Italia del siglo XVI. Fue el nombre que Tiziano le dio a su hija menor, Próspero pudo haber copiado conscientemente al artista cuyo éxito y estatus fueron envidiados por cada pintor.

Los primeros trabajos de Lavinia deben haber sido vendidos por su padre a sus propios patrocinadores o fueron regalados con la expectativa de promocionar su trabajo y procurar más encargos. Ella enfatizó su condición de hija de su padre al firmar algunas de sus obras Lavinia Prospero Fontana Filia. Sin embargo, Lavinia, incluso en sus primeros trabajos, nunca fue una servil imitadora del estilo de su padre, desde el comienzo de lo que puede considerarse su carrera profesional, miró más allá de los pintores que le habían influenciado para encontrar sus propias fuentes de inspiración.

Ella tenía un interés mucho mayor en crear narrativas dentro de sus imágenes que su padre, era mucho más hija de la Contrarreforma y desde la adolescencia había escuchado al obispo Paleotti dar sermones (o tal vez un discurso sobre el tema en su propia casa) sobre la importancia de la pintura religiosa en la formación cristiana. De ahí que su desarrollo como pintora coexistiera con la percepción que la misión de la pintura religiosa era enseñar y acercar a los espectadores a Dios. Cualesquiera que sean las imperfecciones técnicas de los primeros trabajos de Lavinia, sus imágenes nunca pueden describirse como carentes de emoción y contenido espiritual.

Al tiempo, también se muestra como una de las primeras pintoras boloñesas en reflejar y adaptar la dulzura y la suavidad de Federico Barocci, otro pintor cuyo trabajo fue accesible en Bolonia a través de grabados y que puede considerarse el primer pintor italiano en reflejar estilísticamente ideales de Contrarreforma en la pintura.

Los primeros trabajos de Lavinia Fontana dan fe de la creciente competencia y la ampliación de los contactos, pero su condición de soltera, particularmente a medida que su padre avanzó en años, amenazaba con ser un factor limitante. Para explotar sus capacidades al máximo, en particular como retratista, necesitaba poder comunicarse con los clientes de forma individual, para discutir con los académicos o la nobleza lo que querían que mostraran sus retratos y poder explorar la fisonomía de la cara de un hombre sin ser acusada de deshonestidad. La familia Fontana sabría por el ejemplo de Properzia de Rossi lo que podría sucederle a una mujer artista sin reputación, o la protección que podría derivarse de un esposo.

También estaba la cuestión de la negociación de crédito y el complicado negocio financiero que solo podía hacer un hombre, ya que las mujeres estaban excluidas legalmente de tales negociaciones. Próspero no podría acompañar o supervisar a Lavinia el resto de su vida. Para mantener su reputación, expandir su negocio y así subir el siguiente peldaño de la escalera del éxito, Lavinia necesitaba un esposo, pero su padre la necesitaba a ella, con lo cual llegó a un acuerdo, un tanto peculiar para la época, permanecerían en casa del padre hasta que éste muriera.

Autorretrato en el estudio (1579): Autorretrato sobre cobre, realizado para la colección del dominico español Alfonso Chacón (1530-1599). Todo el mundo de la artista se condensa en esta obra concebida como un certificado de profesionalidad, cimentada en el clasicismo y en lo contemporáneo, colocándose en el mismo nivel que sus colegas masculinos. Firma “LAVINIA FONTANA [DE] TAPPII [ZAPPIS]”, que adoptó después de casarse. El cobre era el soporte que generalmente se usaba para pintar retratos en miniatura y a fines del siglo XVI se usaba cada vez más para pequeñas pinturas religiosas, que habían sido popularizadas por pintores como Marcello Venusti en Roma. El cobre era un material relativamente caro, su uso habría aumentado el precio, que Lavinia lo haya usado en este momento es un indicador de la riqueza de sus clientes.

En 1604, Lavinia Fontana, junto con su esposo Gian Paolo Zappi, su madre octogenaria y sus cuatro hijos sobrevivientes, salieron de Bolonia hacia Roma. Ella nunca volvería, había sido invitada a mudarse allí en 1600 por Girolamo Bernerio, cardenal d'Ascoli, para quien entre 1598 y 1599 había pintado la Visión de San Jacinto para su capilla en la iglesia de Santa Sabina en Roma. Ella continuó estando asociada con el cardenal d'Ascoli, vivió en el palacio del cardenal d'Este por un tiempo y la familia Borghese, el papa Pablo V y su sobrino Scipione también estaban entre sus patrocinadores.

La muerte de su hija de catorce años, Laudomia, dejó a Lavinia devastada y nunca se recuperó de su dolor. Dado que Laudomia murió en 1605, los últimos nueve años de la vida de Lavinia deben haber pasado en una gran angustia mental y dolor físico. En una carta fechada en 1609, escribió sobre sus "manos rotas", sugiriendo que tal vez era artrítica. Ella continuó trabajando hasta su muerte en 1614.

Lo más importante de todo es que atendió las necesidades artísticas de la nobleza boloñesa y las de sus familias, de hecho, cuando las familias para las que trabajaba murieron o cayeron en tiempos difíciles, sus colecciones de pintura se vendieron en toda Europa. Todavía están surgiendo pinturas atribuibles a ella y, sin duda, según Murphy, aún quedan por descubrir.

Para sus composiciones sedentes retomó la fórmula Passerotti (el más notable retratista boloñés) que había influido en el resto de los pintores de Bolonia, así lo vemos en Autorretrato tocando la espineta (1577), en Retrato de caballero (Senador Orsini) (h. 1577-79) o Retrato de familia (1595-1603). En Autorretrato con espineta se aprecia un caballete al fondo, que indica un espacio hermanado en artes, semejante a lo que hizo Sofonisba. También sigue la fórmula de ésta en la que se califica de virgo (doncella) y añade al suyo el nombre de su padre. Quizá el antecedente más inmediato sea la artista flamenca Caterina van Hemessen (1528-después de 1587) que se había representado delante de un caballete y también retrató a otra mujer ante un teclado. En ambos cuadros se asocia la pintura y la música como en las obras de Sofonisba y Lavinia. Según se indica en el catálogo, no se conoce “ningún artista varón que antes de la década de 1590 pintara un autorretrato independiente tocando un instrumento musical”. A grandes rasgos podemos decir que la división de las artes provocaba que dedicarse a una de las bellas artes, excluía dedicarse a otra también, conservando una cierta jerarquía y orden social y artístico. En estas tres autoras, las artes se hermanan (no solo en la teoría –paragoni- como podía hacer Leonardo), extendiendo una sensibilidad semejante que decía que si habían aprendido a tocar o escribir, también podrían pintar.

En 1589 Lavinia era ya una artista de prestigio, trabajaba tanto en su ciudad, Bolonia, como en Florencia y Roma. De familia reconocida en la sociedad intelectual boloñesa que contaba con la influyente universidad. Ella nunca estableció el tipo de escuela para mujeres artistas que Elisabetta Sirani dirigió durante un período de su breve vida, pero su éxito fue seguramente un modelo al que aspiraban las numerosas mujeres pintoras de Bolonia del siglo XVII. Después de todo, Lavinia Fontana fue la primera en demostrar que las mujeres podían ganar, no solo el reconocimiento como pintoras, sino el tipo de éxito mundano que anteriormente había sido el único territorio de los hombres y que lo hizo sin registro dentro de las paredes del convento, o atado por los alrededores de una corte. Que lo hiciera mientras cumplía sus "deberes" como esposa y madre (dio a luz once hijos entre 1578 y 1595) la hace aún más extraordinaria.

La mayor confirmación del lugar de Lavinia en Bolonia la proporciona el conjunto de San Domenico, en ella trabajará junto a Denys Calvaert, Bartolome Cesi (1556-1629), Ludovico Carracci (que había asistido al taller de su padre Prospero), Guido Reni, Francesco Albani (1578-1660) y el Domenichino (1581-1641). En las quince pequeñas pinturas que representan los misterios del Rosario, se han distinguido las manos de Lavinia Fontana.

Lavinia Fontana nunca se trasladó a España, si bien envió a Felipe II uno de sus más celebrados cuadros La Virgen del Silencio (1589). Probablemente el cuadro llegaría por la relación de Lavinia con eruditos romanos bien relacionados con la corte española y la fama de gran coleccionista de Felipe II y el monasterio escurialense. Su virtuosismo técnico y su claridad expositiva contribuyen a la emoción del creyente.

Lavinia Fontana y la pintura mitológica

Lavinia Fontana fue la primera mujer que tuvo a su cargo un taller de pintura, lo que le permitió alcanzar géneros que estaban vetados para las mujeres, así las composiciones mitológicas donde se adentraba en la representación del desnudo. Tanto su padre como el conjunto de pintores asentados en Bolonia, véase Denys Calvaert (h. 1540 – 1619), Lortenzo Sabatini (h. 1530-1576) fueron la base para la expresión de un refinado cosmopolitismo tardomanierista, el enriquecimiento de detalles y su fuerte capacidad de invención.

En Bolonia había una clientela culta y sin prejuicios que gustaba de temas mitológicos Lavinia, además, imprimía un cierto componente erótico en sus desnudos, añadiendo detalles ornamentales que resaltasen la calidez de la piel como en Galatea con amorcillos (h.1590). La condena del desnudo decretada por el Concilio de Trento no impide que numerosos artistas se dediquen a este tema en obras destinadas a una clientela privada, es el caso de Bartolome Passerotti (1529-2592) o Lorenzo Sabatini. Lavinia es autora de refinadas telas en las que el tema mitológico sirve de pretexto para el desnudo femenino con cuadros elegantes y sofisticados: Venus y Cupido (1592) en Ruan; Minerva desnuda (1613), de cuerpo entero en la Galleria Borghese de Roma; Minerva desnuda (1604-5), de tres cuartos, de la colección Pavirani y Venus recibe el homenaje de los amorcillos (h. 1590).

Quizá el cuadro más ambicioso en este terreno sea Marte y Venus (h.1595), en el Palacio de Liria, que tuvo varias atribuciones antes que entre 2007 y 2008 fuese atribuido a Fontana, por Enrico Maria Dal Pozzolo. Según este autor “La singularidad de esta interpretación iconográfica está ligada a un proceso de relegitimación representativa de las nalgas femeninas que dio comienzo en sentido figurativo en Venecia entre los siglos XV y XVI […]” Asimismo se vincula con la descripción de la Venus Calipigia descrita en la Antigüedad por Ateneo en Deipnosofistas (El banquete de los eruditos).  

En Minerva desnuda de la Collezione Pavirani de Bolonia, encontramos relación con un poema titulado La Pallade ignuda della famosa pittrice Lavinia Fontana (Roma, 1605) de Ottaviano Rabasco, un escritor apenas conocido, relacionado con los Farnese. Lo más probable es que a raíz de esta pieza el propio cardenal Borghese comprase o le llegase la Minerva desnuda de su colección.

La descripción de esta Minerva desnuda, según se nos dice en el catálogo (pg. 225 y ss) “se corresponde en muchos detalles con la descripción proporcionada por los versos” de Rabasco:

“Y si el casco le cubre / el cabello, y sostiene el Asta, y el Escudo; / Venus empero se descubre / al Marfil vivo de su hermoso cuerpo Desnudo […] / Orgullosos y risueña mira, / Y mil teas de sus hermosos ojos espira […] / Mas Venus se plasme, / Si Palas finge, y doble se muestre el engaño.”

Asimismo, podemos destacar el carácter de autorretrato en esta Palas, que parece confirmar también Rabasco:

“Pero si los rasgos Celestes / Formar no osas, de inmortal semblante, / Tú, quien del cielo las recibiste, / Finge tus formas, gráciles y santas; / Que no te costará plasmar a Palas, / Si de la tela haces espejo de ti misma”.

Si bien las facciones de la diosa son semejantes a las de la pintora en sus autorretratos juveniles, cronológicamente no resulta posible que se trate de Lavinia que tenía más de cincuenta años, por lo que quizá fuera su hija Laudomia, que murió en 1605 con dieciséis años, según se indica en el catálogo (pg. 227).

Otras alabanzas en prosa y versos las encontramos en los pintores Francesco Cavazzoni (1559- h. 1616) y Bernardino Baldi (1553-1617), de los escritores Ovidio Montalbani y Giulio Cesare Croce, y del experto en arte Cesare Rinaldi, que dan testimonio de la fama de Lavinia.

La medalla conmemorativa de Sofonisba Anguissola (h. 1559), probablemente fue encargada para celebrar su incorporación como dama de la reina Isabel de Valois. Este tipo de medallas eran habituales en varones y ésta es la primera a una mujer. Luego vendrían las dedicadas a Diana Scultori Ghisi (h. 1547-1612) en los años setenta, a Lavinia Fontana en 1611 y a Artemisia Gentileschi (1593-h.1654). A Sofonisba la pudimos ver en su Autorretrato de 1554 con un libro entre sus manos, parece un petrarchino, un pequeño volumen de poemas habitual en los retratos renacentistas, aunque no se descarta que sea un devocionario. En la medalla conmemorativa de Lavinia Fontana en el reverso podemos leer “PER TE STATO GIOISO MI MANTENE” (Por ti un estado jubiloso me mantiene) verso de Rime estravaganti de Francesco Petrarca, publicadas en 1549 en la canción “Quel ch’à nostra natura in sé più degno” (Lo que nuestra naturaleza en sí misma de más digno tiene, pg. 191-195, Rime disperse) el poeta canta a la libertad y la define como el bien a través del cual el ser humano alcanza un estado de alegría como indica el verso reseñado, que lo hace semejante a los elevados dioses… y diosas, convirtiéndose estas medallas en emblemas del reconocimiento público del papel profesional conquistado por las mujeres artistas.




BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

CATÁLOGO exposición, Historia de dos pintoras: Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana. Madrid, Museo Nacional del Prado, 2019.
---            exposición, Heroínas. Madrid, Museo Thyssen-Bornemisza – Fundación Caja Madrid, 2011.
DIEGO, Estrella de, La mujer y la pintura del XIX español. Madrid, Cátedra, 2009.
MAYAYO, Patricia, Historias de mujeres, historias del arte. Madrid, Cátedra, 2003.
MURPHY, Caroline Patricia, Lavinia Fontana: an artist and her society in late sixteenth century Bologna. Doctoral thesis, University of London, 1996. Consultada en:
PALERMO, Alicia I., “El acceso de las mujeres a la educación universitaria”, en Revista Argentina de Sociología, año 4, nº 7, 2007, pp. 11-46.
PETRARCA, Fracesco, Rime disperse. A cura di Angelo Solerti, Firenze, G.C. Sansoni editore, 1909.
RODRÍGUEZ ALONSO, Graciela, La epopeya de las mujeres. Madrid, La Huerta Grande, 2018.
VARGAS MARTÍNEZ, Ana, La Querella de las mujeres: Tratados hispánicos en defensa de las mujeres (siglo XV). Madrid, Editorial Fundamentos, 2016.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

EL ARTE DE CLARA PEETERS

Clara Peeters se encuentra entre los autores de inicio del bodegón en Flandes, su prestigio se extendió por los Países Bajos llegando hasta Francia y Alemania. Los estudios le otorgan unos treinta y nueve cuadros, once fechados, diez entre 1607-12 y el siguiente de 1621. La datación tiene algo de conjetura debido a los pocos documentos sobre su vida, por lo que tenemos que completar su biografía a través de su iconografía. Sobre términos y denominaciones acerca del bodegón y naturalezas muertas, nos remitimos, por no repetirnos, a lo mencionado en estas páginas, sobre la exposición De la vida doméstica, celebrada en la Fundación Juan March a inicios de 2013.

Su primera obra fechada que se conserva es de 1607, por lo que su nacimiento se estima hacia 1594; aunque hay varias obras sin firmas, corresponden a la década de 1630 y otro incierto fechado en 1657, por lo que su muerte suele datarse entre 1657-58. Entre los más tempranos (1607-8) manifiesta un punto de vista alto que irá bajando en obras posteriores de 1611-12 donde además mejora el escorzo de los objetos.

Los Países Bajos desde la Unión de Utrech están a menudo en guerra, el conflicto con España se prolonga hasta 1609 y se retoma en 1621 hasta 1648. Tras unos pocos años de tranquilidad surgen nuevas guerras contra Inglaterra y Francia. Más de cuarenta años entre conflictos armados y aún así es una sociedad enriquecida por el comercio holandés que abarca el mundo entero. Del comercio y la guerra podemos decir, muy abruptamente, que resulta una sociedad tolerante ante los intereses económicos, políticos y religiosos. Si bien la religión predominante es el calvinismo, que adopta la familia Orange, la iconoclastia protestante producirá el florecimiento de la pintura “profana” holandesa.

En Amberes, donde todo indica que residió Clara Peeters, existía una industria pictórica desde hacía décadas, era una ciudad líder en el comercio de pintura y sus bodegones formaban parte de esa economía de exportación. Al lado de Clara Peeters encontramos a Jan Brueghel el Viejo, Rubens, Frans Snyders o Van Dyck.  Los bodegones afloraban la belleza interior de la materia, exagerando a Hegel, la radiografía de ese interior supone un hiperrealismo material donde valorar los actos de la vida cotidiana. Evocan sensaciones, sabores y texturas, mueven los sentidos, exhiben objetos relacionados con los hábitos sociales más elitistas, al tiempo que no se necesita un conocimiento erudito para ser entendida.

Con Bodegón con panecillos, arenques, cerezas y jarra de barro y Bodegón con dulces, granada y copa sobredorada, pintadas hacia 1612, Peeters se adelanta a la ordenación piramidal de los objetos características de las ‘mesas’ de la segunda mitad del XVII. En la segunda, entre las barritas de azúcar y las galletas, una con forma de P, característica de esta pintora y que se considera alusión a su apellido. En esta obra la tapa de la copa refleja un rostro que pudiera ser el de ella. Esta forma de autorretrato o reflejo distorsionado fue iniciada por Jan van Eyck hacia 1434 en El matrimonio Arnolfini y La Virgen y el Niño con el canónigo Van der Paele y Clara Peeters recurre a ella al menos en otros cuatro bodegones, a través de ellos se ha podido deducir, por su vestimenta, que pertenecía a una clase media urbana (las mujeres de clase alta vestían golas más anchas y elaborados tocados).

Peeters repitió elementos en distintos cuadros (empleando plantillas o calcos), pero eso formaba parte del repertorio necesario del que debía constar un bodegón y al que nos referimos en el anterior artículo sobre bodegones citado. Era práctica habitual en los pintores flamencos desde el XV, si bien Peeters modificaba, con mucha sutileza, ciertos elementos en los objetos repetidos para que no pareciesen meras copias. Estas repeticiones sugieren la idea de un taller para incrementar la producción, así como la mayor o menor definición o esquematismo en esas repeticiones. También las copias que tratan de imitarla sugieren el éxito de Peeters. Esas figuras esbozadas del taller también pudieran ser de ella, corresponden a animales vivos, y también a una figura femenina. El estudio de la figura humana al natural, realizado con modelos desnudos estaba vetado a las mujeres, de ahí que sus dibujos de movimientos estuvieran pintados de forma algo más torpe.

La sociedad holandesa del XVII no se distingue de otras y lo que se esperaba de la mujer entra en los tópicos a ella asociados, casa, limpieza e hijos. Si bien podemos destacar que acceden a algunas prerrogativas masculinas como gestionar la economía, dirigir el comercio desde casa y, al estar al cuidado de los hijos, adquieren al tiempo una determinada instrucción, como muestran algunos cuadros donde vemos escritoras y pintoras. Será en las casas, en sus interiores donde la mujer ejerza su competencia por una especificación estricta en las tareas. Y aunque la igualdad no ha ido por este reparto, sino por la integración en el mundo profesional, hay que señalar, que aun siendo restringida, la superioridad moral del hogar era mayor que la del mundo exterior.

Rubens,  Jan Brueghel el Viejo y Frans Snyders representaban el gusto dominante en Amberes, Peeters difiere de ellos con un estilo más realista, semejante al estilo de Osias Beert que posiblemente ejerciera como su maestro y la enseñara. Beert compone sus cuadros con una mayor abundancia de formas sinuosas, platos y fuentes rebosantes de frutos o dulces, lo que hace dar un mayor brillo y lujo a sus cuadros, consecuencia, quizá, de su colaboración en algún cuadro con Rubens. El punto de vista más bajo le da a las composiciones de Peeters una aire más vanguardista y discreto. Su lenguaje realista, le aleja un tanto del idealismo del siglo anterior y del estilo de Rubens y Brueghel con sus fantasías alegóricas. Peeters se centra en lo real, cercana a la experiencia cotidiana y representa una alternancia a la tradición renacentista italiana.

Los antecedentes en Amberes remiten a Pieter Aertsen y Joachim Beuckelaer, que en la segunda mitad del XVI pintaban escenas de mercados y cocinas plenas de alimentos. Asimismo las ilustraciones científicas, con sus representaciones de animales y plantas fueron precedente para el bodegón. Estos grabados fueron numerosos en Amberes, también en la segunda mitad del XVI, normalizan la representación de animales y plantas y sirven de fuente para los artistas de bodegones del XVII, máxime en Clara Peeters donde ese punto de vista y composición menos artificiosa le acerca a la observación de la naturaleza material (naturalia) que ofrecen los catálogos.

Otra fuente de los bodegones eran los banquetes de reyes y aristócratas que posteriormente fue imitado por las clases emergentes que deseaban mostrar riqueza y posición durante las comidas. Salvando las distancias, hoy en día rebosa la elaboración de comidas y su ceremonial, si no en cuadros, sí en las pantallas publicitarias de los media, como también abundaba a comienzos de la Edad Moderna en cientos de publicaciones sobre los alimentos. 

Queso y mantequilla (algo excesivo) se ofrecían a los postres del almuerzo junto con nueces y hierbas confitadas. Las pilas de quesos que pinta Peeters expresan cierta opulencia, aunque era un producto muy abundante y relativamente barato, suponía un elemento de exportación y prosperidad. De forma semejante ocurre con la porcelana de encargo (kraak o Wanli), comercializada a través de las Compañías de Indias Orientales, de uso frecuente debido a su abundancia en los Países Bajos, tanto que llegó a saturar la producción de Jingdezehn, teniéndose que decorar en Cantón. Aún así, la porcelana kraak se asociaba al cosmopolitismo y estar a la moda.

También importaban cerámica vidriada alemana y copas de vidrio de Venecia, o bien realizaban, en Amberes, esta cristalería a la manera veneciana, que, junto con el característico vaso Römer, eran para tomar vino, mucho más caro (al igual que hoy) que la cerveza.

Uno de los rasgos destacables de Clara Peeters lo encontramos al incorporar cuchillos nupciales en sus cuadros, muy raros en las representaciones de bodegones, lo reflejó varias veces (cinco en esta exposición), con su nombre grabado. Hasta que se extendió el uso del tenedor, la punta del cuchillo se utilizaba para la pizca de sal (carísima) y aderezar la comida, servían tanto para cortar como para pinchar una porción de comida y llevarla a la boca (citando a Rubén Darío, en su centenario: “… el cuchillo de plata que debía rebanar la pulpa almibarada”).

Bodegón con flores, copa de plata dorada, frutos secos, dulces, panecillos, vino y jarra de peltre (1611). Las flores recuerdan la relación con las ilustraciones científicas que utilizaban como fuente. Observando de cerca esta obra vemos varios autorretratos en la copa y en la jarra, con doble lectura: realza su técnica, pues estos reflejos eran un desafío para los artistas; al tiempo que afirmaba su profesión en un medio dominado por hombres.

Mesa con mantel, salero, taza dorada, pastel, jarra, plato de porcelana con aceitunas y aves asadas (h. 1611). La presencia de aves de caza le otorga el elitismo asociado a la nobleza. Punto de vista elevado como en el anterior y en Bodegón con gavilán, aves, porcelana y conchas (1611) y Bodegón con pescado, vela, alcachofas, cangrejos y gambas (1611). En 1612 su punto de vista es algo más bajo: Bodegón con flores, copas doradas, monedas y conchas.

Bodegón con frutas y flores (h. 1612-13). Óleo sobre cobre, una de cuatro conocidas en este soporte, lo habitual es tabla de roble. Nos muestra con minuciosidad del botánico a un saltamontes semejante a las ilustraciones científicas mencionadas.

Bodegón con cesto de fruta, aves muertas y mono (h. 1615-21). Las pequeñas aves que muestran, se solían comer cocidas o servían para dar sabor a los caldos. Quizá lo que llama la atención es el mono, que podría acentuar el exotismo del cuadro, o bien derivar la lectura hacia otras simbologías que se vienen asociando a los bodegones. El mono, como atributo del gusto, puede englobarse en una alegoría de los cinco sentidos (vid. Jan Brueghel el Viejo), tiene la costumbre de llevarse frutos a la boca. El mono podría ser también un atributo de la imitación, por los artistas, de la naturaleza, acentuado por esa mosca que, a través de Vasari y Plinio en última instancia, nos remitiría a Zeuxis y la tradicional mimesis.

Bodegón con halcón peregrino y su presa (h. 1612-21). Los cuadros de cetrería manifiestan la importancia de la caza y aluden al derecho exclusivo de la aristocracia a ejercerlo con aves y perros. Para alguien tan detallista como Peeters, las garras demasiado cortas del halcón, sugieren la existencia de un taller o algún ayudante (Nicolaes Cave, que realizó otros cuadros semejantes a éste).

Bodegón con pescado, vela, alcachofas, cangrejos y gambas (1611). Autorretrato en jarra cerámica. Primer bodegón de pescado que se conoce, según Alejandro Vergara, comisario de la muestra, en el catálogo. La vela apagada podría recordar la fugacidad de la alegría. También en estos bodegones con pescado (en las carpas) emplea plantillas que modifica para no dar sensación de repetición.

Bodegón con flores, copas doradas, monedas y conchas (1612). En Flandes, exquisitos cuadros de flores de Jan Brueghel el Viejo extendieron el gusto por estos. Aquí podemos apreciar seis o siete autorretratos donde Clara Peeters se muestra joven, con la paleta, se pinta pintando.

Bodegón con quesos, almendras y panecillos (h. 1612-15). Podemos destacar su autorretrato en la jarra de cerámica importada de Raeren (para agua o cerveza) y su nombre inscrito en el mango del cuchillo nupcial, del que ya hemos hablado, como forma de procurarse reconocimiento. Las marcas en las hojas de los cuchillos (una mano), así como marcas de la ciudad en la vuelta de muchos de sus cuadros, indicarían que trabajó en Amberes, aunque no hay documento que así lo pueda certificar. Azul lapislázuli en el plato de cerámica kraak que es semejante a otros, solo que en aquellos se ha desvanecido el azul con base de cobalto, más barato.

En cuanto al significado de los bodegones, ya nos referimos en el anterior artículo nuestro mencionado. Hay símbolos en Peeters como la cruz de azúcar o la vela encendida en alusión al tema de la vanitas. Pero no todos son alegorías, aunque puedan tener otros significados posibles, estos bodegones tenían que ver con el gusto, la posición social y la educación. En los libros de cocina de la época se puede encontrar descripciones que concuerdan con los bodegones de esta época y que alejan la interpretación alegórica acercándolos a una disposición de mesa elegante y cara, apropiada para decorar el comedor de una casa opulenta, evocando comercio y prosperidad.

Hegel nos muestra cómo los holandeses se ocupaban de lo mundano, sin esa transfiguración espiritual de la belleza que sucedía en el Renacimiento italiano, que aporta la belleza de la fantasía rica en espíritu. Esa intimidad de la fe también les aporta tenacidad formal y virtudes como la fidelidad, constancia y rectitud. El goce de lo mundano, de los objetos y la vida doméstica en su honestidad, les aporta autoestima sin orgullo, satisfechos de su riqueza, gozan de la fama de su comercio y de sus navíos.

Provocar al hermetismo de la materia y abrirla al ciclo de las pasiones y las satisfacciones, así “Zeuxis vaga por los campos, junta piedras, las arroja, vuelve a su taller, toma sus pinceles, y le tiembla todo el cuerpo cuando un pájaro, rápido como una flecha, llega a tomar una uva de la cesta. Espera entonces, va a la ventana, mira los grandes vuelos migratorios elegir un techo, allá lejos en la luz de la tarde, reduciendo a polvo azul el racimo del sol que declina”.







Yves Bonnefoy, Las uvas de Zeuxis. Ed. Bilingüe, trad. Elsa Cross. México, D.F., Ediciones Era, 2013:
« Zeuxis erre par les champs, il ramasse des pierres, les rejette, il revient à son atelier, prend ses pinceaux, il tremble de tout son corps quand un oiseau, rapide comme une flèche, vient prendre un des grains dans la corbeille. Il attend alors, va à la fenêtre, il regarde les grands vols migrateurs élire ut toit, loin là-bas dans la lumière du soir, réduisant à poussière bleue la grappe du soleil qui décline ».

Obras consultadas para la redacción de este artículo: Catálogo de la exposición El arte de Clara Peeters. G.W. Hegel, Lecciones sobre la estética. Madrid, Akal, 1989.