viernes, 12 de octubre de 2012

RETRATOS - OBRAS MAESTRAS CENTRE POMPIDOU



Alberti, en De pictura, alude al mito de Narciso como origen tanto de la pintura como del autorretrato al reflejarse los artistas en su propia obra, de ahí la frase atribuida a Cosme de Médici, Ogni dipintore dipingere, toda pintura es un autorretratarse, palabras que llegan hasta nuestros días, cada cuadro es un autorretrato, llega a decir Bram van Velen de un periodo su obra, de la que esta exposición muestra Nieve (1923). El nacimiento del retrato, estaría pues asociado a la nostalgia, según podemos deducir de la anécdota que cuenta Plinio el Viejo sobre la hija del alfarero Butades de Sición, que parapetándose en el  perfil trazado de su amado, conjuró el olvido ante su marcha. La ausencia, el apremio de lo temporal en una vida que se va, de ahí también las máscaras mortuorias en el origen del retrato y del poder ilusorio de la obra de arte. 
 
Hacia la primera mitad del siglo V a.C. tenemos las primeras muestras de retrato individualizado, cobrando nuevo empuje con la retratística romana en el I a.C., estableciéndose como género autónomo en el Renacimiento, que aúna la tradición medieval de las series dinásticas, los rostros de la Pasión, los iconos y el redescubrimiento del arte clásico. Si entonces se empezó con individuos de estamentos privilegiados, posteriormente abarcó todo el espectro social, con una heterogénea gama tipológica y conceptual. En 1586 se publica Fisionomía humana de Gian Battista della Porta, manual de referencia para muchos artistas que se interesaron no solo en reflejar la fidelidad del parecido, cuestión ontológica en el inicio del retrato; el impacto humanista busca arrebatar la representación del pensamiento, el alma, la personalidad. Captar la singularidad del personaje se convirtió en objetivo del retrato barroco. John Pope-Hennessy, El retrato en el renacimiento (Madrid, Akal, 1995), estudia la relación ojo-imagen, alma-fenómeno: Los ojos como culmen del reflejo del alma revelan el propio carácter, estableciéndose un encuentro de miradas, de ojos (retratado-espectador) que atraviesan sus espíritus. El retrato revela sorpresivamente al personaje, desvela precisiones cautivas al propio retratado, sus esencias, precisiones ajenas al parecido que evidencia su personalidad.
 
En cierta medida ese diálogo de épocas, el Renacimiento con la arte clásico en este caso, será una constante en la creación artística, así artistas como David retoman el pasado de la Atenas de Pericles, como De Chirico lo hará a su vez con el propio David. En este sentido Goya concentra trayectorias anteriores desde el Renacimiento y, al tiempo, posteriores condiciones artísticas futuras, con una crítica en la representación de sus retratos de corte tratados, a veces, como personajes de bajos fondos, ofreciéndonos un anticipo del expresionismo que reflejará Otto Dix o George Grosz. En Goya podemos encontrar tanto los rasgos y emociones individuales que conduzcan hasta el alma, como el reflejo de pasiones universales, su esencia, su prototipo, un rostro como máscara trágica de las representaciones griegas.
 
La modernidad irá desplegando estos caminos con frecuencia simultáneos: anatomía individual; enmascaramiento arquetípico. Se va produciendo un alejamiento de la pose en el taller para buscar la representación captada de la observación captada a lo vivo, donde la deformación plástica no anula el parecido y aunque hay un alejamiento de la mimesis, se aceptan otras dimensiones de representación distintas del parecido externo que experimentan plásticamente con la representación. Diremos, sintetizando, que se alcanza la expresión del rostro, con un lenguaje propio que va más allá de lo que las palabras pueden decir y a veces lo expresamos refiriéndonos al alma reflejada en esos ojos que irradian una pulsión profunda, transmitiéndonos una señal psicológica, una inquieta sensación. O bien se somete el rostro a un orden geométrico o a un esquema (Julio González, Cabeza llamada ‘El Tunel’, 1932-33), liberando al retrato de la expresión figurativa, no así de la tensión geométrica, de volúmenes y líneas, que también conlleva un cierto ánimo interno si observamos que en 1911 Kandinsky publica De lo espiritual en el arte.
 
Al tiempo, en los inicios del XX la pintura muere y renace a velocidad de vanguardias: Expresionistas acerados ahondan en la psicología. Máscara y cubismo hacia el instinto universal, con fragmentación de esa rigidez de la máscara que rompe el espacio hacia la libertad del alma en el retrato surrealista. El siglo XX ha sido muy fecundo en retratos produciéndose ese diálogo de los artistas con pintores desde el Quattrocento, pudiendo apreciar retratos arquetípicos, al modo florentino, que buscan lo universal cultivados por Magritte, De Chirico o Malevich, o bien retratos psicológicos del expresionismo nórdico de Munch, Macke o Jawlenski en correspondencia con Grünewald, El Bosco o Lucas Cranach. Así André Derain, Lucie Kahnweiler (1913), retrato psicológico asociado a la tradición de Cranach o Holbein el Joven, o bien, el retrato realizado por Avigdor Arikha, Marie-Catherine (1982). Asimismo encontramos este acercamiento, con su tenso silencio, en Balthus (Roger y su hijo, 1936).
 
En la exposición podemos ver como Modigliani, en diálogo con Ingres (Dédie, 1918), aúna la “severidad formal de la máscara y el más exquisito refinamiento sensitivo”, en palabras de Rafael Argullol, uno de los autores que figuran en el catálogo de la muestra. Vemos la ambivalencia en el autorretrato de 1948 de Herbert Boeckl, ¿retrato o máscara esculpida en el propio rostro erosionado ante los horrores de una guerra? Asimismo vemos la subversión de los cuerpos en Bacon continuando la tragicomedia de la condición humana; a través de los ojos de Caroline, ¿1965?, de Giacometti, se sigue trasmitiendo el alma por la mirada, la fragilidad del ser.
 
La Escuela Española del retrato se caracteriza por una orientación naturalista, salido de la contrarreforma, de corte religioso y portentosa hondura, que básicamente parte del Greco, Velázquez y su fulgor traslúcido; así podemos observar la percepción penetrante de Zuloaga en Lucienne Bréval (1909); o por ver un entrelazamiento con esta escuela, el retrato que hace André Derain, Iturrino (1914). Y aunque desde Dorian Grey ya no tratamos de parecernos al retrato, en Saura (Retrato imaginario de Tintoretto, 1967), cuesta reconocer el parecido, y sin embargo vemos al individuo roto que perturba las certezas que sabíamos acerca del rostro. Una desfiguración iconoclasta que socava el sentido del retrato y lleva un paso más la metamorfosis del rostro de Picasso, que sustituye el rostro por indicios o detalles de ese rostro. Así, Autorretrato, 1988 de Zoran Music, un rostro difuminado, un espectro que se revela en el lienzo, o la oreja hipertrofiada en una cabeza cortada y todavía sangrante (Ralf III Georg Baselitz, 1965). Rastros de rostros.
  
En Cartas a Théo (Barcelona, Idea Books, 1998) Vincent Van Gogh le escribe a su hermano: “… es difícil conocerse a uno mismo, pero tan difícil como eso es pintarse a sí mismo”. Difícil y arriesgado ser como Narciso, artista instrumento de sí mismo que puede acabar como facetado anatómico propio de cirujanos, según decía Apollinaire del retrato cubista. Con Pierre Reverdy (en la exposición, pintado por Cassandre en 1943), podríamos decir que en el (auto)retrato una fragilidad del yo se diluye como un eco entre el caudal y una imagen tropieza contra sí misma.

domingo, 23 de septiembre de 2012

SEXTINA SIN DESTINO


Si la lluvia cupiera entre mis manos
como tus pechos incipientes caben
embalsaría el tacto de las nubes
acariciando el agua siempre que huyen
del paisaje, del cielo, de la casa
recordando tu piel que siempre marcha.

El cortejo de los 'sies' ya se marcha
es condición que dejo en tus manos
un futuro que añorará la casa
donde solo nuestras caricias caben
si a cielo abierto es, tus manos huyen
e iluso quedo acariciando nubes.

Tu mirada cual paisaje entre nubes
me arrastra tras ella en sinuosa marcha.
Alados fueron tus ojos, mas huyen
junto al deseo acallado en tus manos
susurro en tu boca, en ellas caben
ansias con prisa inundando la casa.

Naufragio es tu ausencia al dejar la casa
una zozobra imposible entre nubes
no albergan tanto agua, en ellas no caben
azorados mares como tu marcha
programada provoca y tus manos
solo pueden ahuyentar, si bien huyen.

Solo tus escritos vedados no huyen
es su aliento que sustenta la casa
palabras en la forja de tus manos
me llevan entre volanderas nubes
robándole horas a un tiempo que marcha
al lugar donde aquéllas ya no caben.

Suerte si volvieras por si más caben
entre palabras, abrazos que no huyen
del baile, tempo que cambia la marcha
enloquecidos danzamos en casa
giróvagos hasta alcanzar las nubes
piel del agua cuando rozan tus manos.

Entre mis manos tus pechos ya caben
desnudos no huyen, encienden la casa
anclando nubes detendré tu marcha.  

 

 

viernes, 13 de julio de 2012

EL ÚLTIMO RAFAEL


La exposición presentada en el Museo del Prado se centra en el periodo romano de Rafael y su taller o bottega, desde 1513 hasta su muerte en 1520, etapa que podemos considerar como Renacimiento clásico, con centro artístico en Roma, que sucede al Quattrocento florentino. A nuestro entender es relevante señalar esto porque la exposición va encaminada a señalar la importancia de una estrategia artística donde el eje lo marca la idea, la imagen artística (concetto). El arte en el Quattrocento ya no es una actividad manual o mechanica, sino intelectual o liberalis, donde se le da valor a lo construido por el intelecto, a la facultad de conocer. Sin tener que remontarnos a los pitagóricos, con las teorías artísticas de Alberti o Leonardo, el arte llega a ser una cosa mentale y en Rafael se producirá esa síntesis mental que conforma el proyecto y que vertebra su última etapa.

Rafael es de Urbino donde Federico di Montefeltro la había convertido en un centro de confluencia de talentos como Luciano Laurana, Justo de Gante, Pedro Berruguete y Piero della Francesca y sobre las premisas de este último tanto Bramante, también de allí, como Rafael construirán el universalismo histórico del clasicismo romano del primer Cinquecento. Entre 1504-1508 Rafael se encuentra en Florencia estudiando a Leonardo (conocimiento de la naturaleza, lo real) y Miguel Ángel (conocimiento de la interioridad humana, lo sobrenatural), a lo que añade la conceptualización de Piero: la forma como demostración evidente de la identidad entre razón y fe. De aquí que en su periodo florentino sean en su mayoría Vírgenes que fijarán un tipo que llega hasta el siglo XIX.

Rafael se interesa más por los planteamientos artísticos de Leonardo aunque coincide con Miguel Ángel en que el artista debe formarse sobre las obras de los maestros y no mirando directamente a la naturaleza, así Rafael, aparte de Perugino, se fijará en Pinturicchio y Giovanni Bellini para hacer del color un elemento de la forma visible. Se tenía una gran aversión al término “crear” que no se asociaba a algo humano sino divino, era más invenzione que no equivalía a una creatio ex nihilo. De aquí que Miguel Ángel y Rafael representen dos concepciones distintas del arte, para el primero el arte repite el acto divino de la creación, para Rafael repite el acto divino de la revelación, buscando lo divino en lo natural. La belleza para él está en relación con la idea de gracia de Marsilio Ficino en el Convivium: la belleza del cuerpo como revelación, gracia de la idea que en él resplandece (claritas). En Rafael va a ser la forma, donde lo bello ideal se revela a través de la apariencia de lo real, caracterizándose por la facilità, varietà y grazia, frente a Miguel Ángel, profondità y terribilità.

La teoría artística de Rafael básicamente la hallamos en dos cartas la primera dirigida a Baltasar Castiglione, donde expresa su selección de la naturaleza, y si no, se guía por una cierta idea (de tradición platónica) que se elabora en la mente. En la segunda carta dirigida a Leon X establece una idea arquitectónica también deudora de la naturaleza. Aparte de las teorías mencionadas, no debemos olvidar a Pico della Mirandola, Pietro Bembo y Castiglione que, resumiéndolo mucho, entendían la belleza como armonía o disposición de las partes adecuadas, siguiendo la tradición griega de la simmetria y la concinnitas de Alberti. Además recuperan para esta armonía el elemento de la grazia, término difícil de precisar que suele denotar delicadeza y dulzura, y que en los griegos (charis, encanto) estaba más unida a la proporción.

La exposición trata de dilucidar aquellas obras o partes de las mismas donde colaboró su taller y principalmente sus dos más próximos ayudantes, Gianfrancesco Penni y Giulio Romano. Al servicio de León X Rafael desplegó sus máximas facultades, no solo en las Estancias vaticanas, sino también como arquitecto de la basílica de San Pedro, diseñador de interiores, tapices y grabados, estableciendo una trama empresarial o de taller que será modelo para Rubens o Bernini. Rafael posee una gran capacidad de trabajo y de organización, no obstante la gran cantidad de encargos y proyectos hacen necesario un taller para la asistencia en mosaicos, frescos o escultura, involucrándose más en la idea (con ese carácter renacentista que hemos indicado) dejando la ejecución al taller y fundamentalmente cuidando la calidad homogénea de los trabajos e imprimiendo un alto grado de coherencia a la versatilidad de encargos.

En el funcionamiento del taller Rafael se dedica principalmente a componer a través de una serie de esbozos que van conformando paso a paso el dibujo de la disposición general definitiva. Posteriormente analiza la anatomía de cada figura para encajarlas en ese proyecto u otras composiciones. Luego se incluyen en el modello que se asemeja a la representación pictórica. Posteriormente se realizan los cartones a escala real para ser calcados a la tabla o al lienzo. En casos de encargos de importancia, Rafael volvía a retocar este dibujo calcado sobre la imprimación, para darle mayor coherencia formal. Posteriormente Rafael obtenía el color mediante sucesivas capas y las tonalidades por superposición de planos o enrejados de líneas de diversos tonos, logrando esos tornasolados o cangianti, vibración tonal que también incorporó a los claroscuros. Emplea además gran variedad de técnicas para armonizar la superficie o las capas donde han intervenido sus ayudantes, dando la impronta rafaelesca al largo proceso de creación.

Se destaca la labor renovadora en el retrato, distinguiendo dos grandes grupos, uno los oficiales, hechos sobre tabla con partes realizadas por el taller. El segundo grupo son obsequios a sus amistades sobre lienzo en su mayor parte prácticamente todos de su mano y de magnífica calidad. En los retratos oficiales la vestimenta transmite el cargo desempeñado, en los retratos de amistad hay una introspección del retratado como se puede observar en Autorretrato con Giulio Romano (1519-20), donde se refleja una relación paterno-filial, más que de maestro-discípulo. Asimismo Rafael es excelente en sus composiciones otorgando dinamismo a los grupos semejante a Leonardo en sus Sagradas Familias, grupos de tres o cuatro figuras que ya había pintado en Florencia entre 1501 y 1508. Entre 1515-17 experimenta con la luz y el paisaje recordando también a Leonardo que estuvo en Roma entre 1513 y 1516 residiendo cerca de las Stanze. Asimismo se preocupa por las estructuras tonales y en algunos casos proporciona una cierta ambientación oscura que acentúa la emoción y el misterio: La Sagrada Familia de Francisco I (1518), San Miguel (1518) y Santa Margarita (1518) son deudoras de la Virgen de las rocas de la National Gallery de Londres.

Aparte de Penni y Giulio Romano el taller contaría con medio centenar de ayudantes que se iban renovando, lo que da cierta inestabilidad al catálogo de Rafael, máxime si tenemos en cuenta que la primera monografía científica remite a 1839-1858 por Johann David Passavant (Rafael von Urbino und sein Vater Giovanni Santi, Leipzig). Esta exposición se adentra en la investigación sobre las diferentes manos que intervinieron en sus obras, ya sean en sus proyectos decorativos o su pintura de caballete. Según los comisarios de la muestra Tom Henry y Paul Joannides, entre 1514-17 Rafael fue elevando el nivel de su taller hasta llegar a 1518 a intervenir solo en aquellos proyectos relevantes, delegando en los demás pero manteniendo un alto grado de congruencia con su producción personal, así Isabel de Requesens (1518) no fue pintado ni diseñado por él y en cambio se le ha atribuido (hoy se considera de Giulio Romano, aunque la precisión del retrato hace pensar que Rafael pintara el rostro).

Las obras de Penni se caracterizan por una composición algo inconexa de elementos rafaelescos. Dentro del taller, Penni destacaría más por la administración y coordinación de los trabajos del taller. Giulio Romano tiene una mayor definición como artista independiente, con una gran proyección a la muerte de Rafael. Llegó al taller hacia 1515, cuatro años después que Penni y en 1516 ya trabaja junto a Rafael en frescos y pintura sobre tabla, desempeñando una cierta libertad creativa fuera de tareas rutinarias. Si bien Penni se amoldaría a la creatividad de Rafael, Giulio Romano poseería demasiada personalidad artística y por tanto debía de estar más vigilado, más subordinado a la disciplina del taller, destacando La Madonnina (1515-16) del Louvre, su obra independiente más antigua. A la muerte de Rafael en 1520 y hasta la marcha de Giulio Romano a Mantua el taller va finalizando las obras pendientes hasta que se deshizo. 

La exposición propicia el afán detectivesco para afianzar autorías de cuadros o sus diferentes partes, según el minucioso catálogo de la exposición de los mencionados comisarios y que se puede leer también en las cartelas de la misma. Así en el llamado Pasmo de Sicilia (1515-16), inspirado en un grabado de Durero, se diferencian tres manos: Las cabezas de Cristo y de Simón, de Rafael; paisaje de Gianfrancisco Penni y santas mujeres de Giulio Romano. San Miguel (1518) se considera prácticamente entero de su mano, pudiendo intervenir Penni en el paisaje y Giovanni da Udine en las alas del santo.

La Sagrada Familia de Francisco I (1518): Complejidad compositiva con gran cantidad de dibujos que nos indican las diferentes etapas de la composición, dando una relevancia a San José que aparece de manera pensativa casi profética y que hará fortuna entre sus seguidores y otros muchos artistas (entre otros al propio Giulio Romano en La Sagrada Familia del roble, 1518-20). Ecos leonardescos, como homenaje, en San Juan Bautista una vez que Leonardo estaba en la corte francesa. Quizá Giulio Romano ejecutara las figuras de Santa Isabel y San Juanito. Las flores y las losas de mármol de Giovanne da Udine.

La Sagrada Familia con san Juanito (h. 1519-20), conocida como La Perla, porque Felipe IV así la llamó “la perla de mis cuadros” (según Antonio Ponz, como podemos leer ya en el catálogo del Museo del Prado de 1933, que lo recogería de su famoso Viage de España, 1774-94). El diseño y la mayor parte de la ejecución son de Rafael. Volviendo a ver la deslumbrante riqueza cromática en homenaje póstumo a Leonardo en el claroscuro y en la compactación de las figuras.

La Virgen de la Rosa (h. 1516). La rosa y el soporte donde descansa son añadidos en tira de lienzo de finales del XVIII o inicios XIX (como también se indica en el catálogo citado de 1933) cuando se transfirió de soporte pasando el óleo de la tabla al lienzo. Carnaciones y drapeados de suma calidad indicarían que toda ella es de mano de Rafael o como mucho la intervención sutil de Giulio Romano. Se suele considerar ésta como una variante más dinámica de la muy popular Virgen Aldobrandini (h. 1509) de Londres con un gama más novedosa con colores más fríos y claros que en otras obras tardías de Rafael, con esa combinación de verde, azul y rosa que veremos en otras obras de Giulio Romano como en La Virgen de Munro (h. 1517-18).

Bindo Altoviti (h. 1516-18). Vasari afirma que Bindo y Rafael fueron amigos, en principio se creyó que era un autorretrato, posteriormente se adjudicó a Giulio Romano y hoy en día hay consenso sobre Rafael. Con enorme parecido al personaje vestido de blanco de la Escuela de Atenas (h. 1512), reflejando un carácter directo que lo acerca a los retratos de amistad.

La donna velata (1512-18). Retrato de intimidad, que denota emoción al pintarlo, la identidad no es segura aunque haciendo caso a Vasari sería la mujer que Rafael “amò alla morte”. Todo parece indicar que era Marguerita Luti, hija de un banquero de Siena y amante de Rafael durante muchos años que ingresó en un convento al morir éste. Amplia gama cromática dentro de un mismo tono, concentrándose en carnaciones y calidades del traje, dulce rostro y mirada directa.

Baldassare Castiglione (1519). Volvemos a observar la amplísima gama en este caso de grises pardos y negros que otorga calidez atmosférica. La viveza de los ojos, habitual en los retratos de amistad ratifica la que hubo entre ambos.

Retrato de un joven (1518-19). Esta obra en el catálogo del Museo Thyssen de 1994, se otorga la autoría a Rafael después de una primera adscripción a Giulio Romano, considerándose el retratado Alessandro de Medici. Actualmente en la página web del Thyssen lo atribuyen a Rafael y de la mano de uno de sus colaboradores (Giulio o Penni). En la presente exposición los comisarios recogen esta posibilidad, haciendo mención además que en la muestra Raffaello incontra Raffaello (celebrada recientemente en Roma en el Palazzo Barberini y que finalizó en enero 2012) si bien se hace referencia a sus colaboradores, se lo adjudican prácticamente a Rafael. No así para los comisarios que venimos citando, que en ésta del Prado se lo adjudican enteramente a Giulio Romano, considerando la posibilidad que sea incluso un autorretrato retrospectivo. La siguiente pregunta que nos podemos formular será a quién se lo atribuirán a la vuelta al Museo Thyssen, si bastará cruzar un bulevar para un cambio de autoría. La fascinación por la Historia del Arte, que ahora nos hace ir con audioguías, pronto nos hará ir por los museos con una aplicación en el teléfono (app to smartphone) que por reflectografía nos indique las diferentes manos que intervienen en un cuadro.

viernes, 29 de junio de 2012

HOPPER


La pintura de Edward Hopper nos conduce entre cuadro y cuadro a una acumulación de interrogantes. Por mucho que él declarase que solo quería pintar la luz del sol sobre una pared, sabemos que una vez conseguido esto se multiplican, como en las grandes pinturas, los efectos secundarios: básicamente las constantes hasta hoy sobre el laconismo y la soledad que refleja su pintura, quedan fijados hacia 1926 tras algunas exposiciones, si bien ya en 1907 Henry James hablara de esa soledad entre la muchedumbre neoyorquina en The American Scene; asimismo en 1933, año de su retrospectiva en el MoMA, Alfred H. Barr es quien se detiene en el análisis del drama en sus cuadros, asociándolo a los interiores holandeses del XVII y a la intensidad de su luz como el medio más expresivo de su pintura.

A nuestro entender, la pintura de Hopper va a ir estableciendo puentes de conexión, primero entre el modernismo internacionalista y el regionalismo descriptivo, tendencias en las que estaba dividido el mundo artístico de EEUU hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Sin espacio para extendernos aquí, remito al catálogo de la exposición American Art. 1908-1947 From Winslow Homer to Jackson Pollock, realizada en varios museos franceses entre 2001 y 2002, donde se analiza el trasvase del centro y la idea de arte moderno de París a Nueva York. Posteriormente podemos observar, pese a sus protestas, su obra como mediación en la querelle entre figuración y abstracción, extendiendo salvoconductos hasta el Pop Art.

En 1906 está en París donde, aparte de reencontrar raíces familiares por parte materna, se está desprendiendo de las primeras enseñanzas en las que el “feísmo” se proponía como una garantía de realismo, y buscando elementos comunes entre el arte francés y el estadounidense se interesa por Vallotton, Courbet, Vermeer y Rembrandt. Por estos años podemos ver tres lienzos precursores de esa individualización de los edificios que será una de sus marcas: Statue Near the Louvre (1906), Notre Dame, nº 2, (1907) y The Louvre in a Thunderstorm (1909), donde además podemos apreciar las calles vacías a modo de las fotografías de Atget que apreciaba. Asimismo conoce las ilustraciones satíricas de Daumier y de Jean-Louis Forain, lo que le serviría para su trabajo, ya afincado en Nueva York, como ilustrador en diferentes revistas.

Otro aspecto a señalar serían sus grabados y acuarelas que, según sus testimonios, le ayudan a cristalizar su pintura, esto es, a lograr esa suspensión narrativa, a modular la intensidad de luz y esa acentuación de contrastes. Serán esas acuarelas lo primero que vaya vendiendo, de este modo en 1925 va logrando poco a poco vivir de la pintura y prescindir de su trabajo como ilustrador.

Edward Hopper nace en 1882 en Nyack, estado de Nueva York, en una casa de 1858 que al verla en fotografía podemos entender el afán de Hopper por reflejar casas y edificios. Una de ellas, House by the Railroad (1925), sirve de epítome para reflejar un cierto laconismo lúgubre, hoy más acentuado por Psicosis (1960) de Hitchcock. Aunque no debemos olvidar, que en los años treinta había exigencia de mostrar un americanismo a toda costa para fundamentar las bases de un arte nacional. Este tipo de casas, con esa pesada envolvente que añade Hopper, son como mojones en el extenso paisaje americano, donde más allá domina el espíritu de frontera asociado a la leyenda del Oeste, atravesarlo es avanzar en el desamparo, de ahí también la inquietud al ver esas casas, una realidad abandona como diría Peter Handke que ve esos paisajes en semejanza a las plazas metafísicas de Giorgio de Chirico. Metafísica a la que también se refiere Cees Nooteboom (El enigma de la luz, 2007) y que ya estableciera André Breton hacia 1941, formando ciertos paralelismos en la distorsión de la perspectiva con varios puntos de fuga, con posiciones intrépidas o imposibles donde se colocaría un teórico espectador.

Estas distorsiones en la perspectiva ha dado lugar a su fama de voyeur, que deshace con soltura, la siempre sugerente elocuencia de Yves Bonnefoy; nos viene a decir, que no se puede ser voyeur ya que “un ser que se ausente de sí mismo, no puede ser espiado” (“Edward Hopper: la fotosíntesis del ser”, La nube roja, 1977/1995). Y quizá no carezca de razón pues asistimos a muchos de sus cuadros a una suspensión de la narración de la que hablábamos, incertidumbre en su continuación, inmediatez de la nada: Room in New York (1932) una situación de pareja donde por más que se mirasen no se encontrarían, él inasequible en la lectura, ella a punto de pulsar la nota cuya vibración haga estallar el cuadro pacífico de la monótona convivencia. Es un tiempo detenido al pintarlo, que se reproduce de nuevo al verlo con significaciones emotivas añadidas, fantasías inconscientes en la reacción del observador.

Finalizada la II G.M. Hopper se une a las protestas por la excesiva atención de diversas entidades artísticas estadounidenses hacia la abstracción o el expresionismo abstracto, dejando de lado, a su entender, el realismo donde supuestamente él militaba. Mas en esos puentes que su pintura extiende, podemos observar en su obra una tendencia hacia un cierto tipo de abstracción, con la luz protagonizando cada vez más sus lienzos y una división espacial de la representación en dos segmentos, una demarcación entre civilización y naturaleza: Cape Cod Evening (1939) South Carolina Morning (1955) o Four Lane Road (1956). Al tiempo va destilando la luz de materia sobrante, recogiendo, de manera más evidente, en Morning Sun (1952) su concepto plástico de luz, donde además podemos ver, en el esbozo, un estudio experimental de la luz incidiendo sobre el cuerpo de su esposa Jo, que suele ser la modelo en todos sus cuadros.

En alguna ocasión que a Hopper le mostraron alguna concomitancia de su pintura con la de Mondrian, aquél mostró bastante enfado, aunque vamos viendo que su realismo se va quedando sin los datos fehacientes de esa realidad. En esta exposición no figura Room by the Sea (1951), una habitación a la deriva navegando en un solitario océano de luz; ni Sun in an Empty Room (1963), donde la depuración de la luz en marcados paños de claridad hacen más evidentes esas metáforas de silencio, tan cercanas a los saltos cromáticos de Mondrian, a la significación de la luz en Rothko o incluso al misticismo de la luz filtrada de los vitrales.

La exposición se inicia con Solitary Figure in a Theater (c. 1902-4), un cuadro de un tono oscuro que nos acerca a sus primeras vinculaciones puritanas y  termina con Two Comedians (1966). Entre cuadro y cuadro, como decíamos al inicio, se disparan interrogantes ¿qué desarrollan estos dispositivos teatrales presentando escenas sin desenlace? Incluso en Conference at night de 1949 uno de los pocos donde simulan hablar, parecieran personajes o figuras (como dice Bonnefoy) a la espera que les asignen un drama, de ahí quizá Two Comedians, Jo y Hopper, saludan de antemano, a quien se lo pueda otorgar.

Con motivo de la exposición se proyecta una magnífica serie de películas y se realiza un simposio internacional Edward Hopper, el cine y la vida moderna. Sin que nos olvidemos del reportaje Hopper. El pintor del silencio (2005) realizado por Carlos Rodríguez con guión de Raquel Santos y producción de Isabel Lapuerta, que enlaza de forma visual cuadros de Hopper y películas donde rastrearlos, con tanta fluidez, que tratar de reflejarlo desde nuestra escritura, aturde, destacaremos Lejos del cielo (Far from Heaven, 2002). Tanto para el director, Todd Haynes como para el operador, Edward Lachman, sus imágenes abiertas formulan historias donde el final deberá concluir el espectador, tratando muros de luz que suspenden el tiempo. La película retoma la soledad de los personajes de Hopper, haciendo relevancia en el intrincado universo interior femenino, de mujeres absortas, como si toda la opresión del mundo cayera sobre ellas. Lachman se inspira en numerosos cuadros de Hopper para expresar la soledad o el aislamiento como por ejemplo el que refleja Chop Suey (que a su vez nos recuerda el ensimismamiento femenino de El ajento de Degas, 1876, o de Manet en El aguardiente de ciruelas, 1877/78). Además en Lejos del cielo, Tod Haynes mantiene un look hopperiano junto al melodrama de John Stahl y Douglas Sirk, con sus mujeres enrejadas tras las ventanas, donde cada plano supone una historia, un todo conjuntado en donde los colores conforman el protagonismo. Este director también organizó en agosto de 2004 en Tate Modern junto a la exposición de Hopper, una proyección de una serie de películas con una correlación artística, una mirada compartida con Hopper, bien a través de la expresión de soledad, bien con semejante tratamiento plástico. Así Heynes ve un manejo semejante del aislamiento tanto en Hopper como en Blue Velvet (1986) o Mullholand Drive (2001) de David Lynch. Como común es la tensión que ve con Hitchcock y la amenaza dentro de unas arquitecturas desoladas.

Si el cine ha tomado múltiples referentes de la pintura de Hopper, a él también le interesaron diversas películas, así, entre otras, le gustaba el cine de Elia Kazan y la vida de barrio reflejada en Marty (Delbert Mann, 1955); Los niños del paraíso (Marcel Carné, 1945) le inspira Two Comedians y el relato corto de Hemingway Los asesinos (The Killers, 1927) le sugirió Nighthawks (1942) que también podemos ver en la película de Robert Siodmak Forajidos (The Killers, 1946). Si sus cuadros son esencias de luz y tiempo en un decorado escueto, no es de extrañar que le gustase el cine negro que es una quintaesencia social, con una opresión lograda por la iluminación marcada, encuadres agresivos y decorados tajantes.

lunes, 11 de junio de 2012

KIRCHNER


Como una reacción al naturalismo impresionista podemos agrupar una serie de manifestaciones artísticas, pintura, arquitectura, música, cine… en torno al expresionismo en un ambiente de preguerra propicio para exacerbar, a través del yo, la realidad colindante con una impronta rapidez plástica, tensión formal e inquietud. Adaptando recursos del fauvismo o el cubismo, entre otros, dan lugar a una temática nueva: sentimientos extremos que reflejan el pesimismo del ser humano, enfatizando el deseo insatisfecho, la soledad y el miedo. En Alemania, el expresionismo enlaza con la tradición de los primitivos alemanes como Grünewald, aunque Munch, Strindberg o James Ensor son aclamados en Alemania como casos de esta emotividad instintiva.  
 
En 1905, en un local del extrarradio de Dresde un grupo de cuatro arquitectos forman Brücke (Puente) que tenía como objetivo atraer a todos los elementos revolucionarios y progresistas, de ahí lo de puente que conecte las tendencias más vanguardistas, si bien esa expresión Brücke aparece numerosas veces en Nietzsche (Así habló Zaratustra: “Brücke zum uebermenschen” “Puente hacia el superhombre”), obra que conocían bien. En 1906 publicaron su programa, un grabado en madera que es más bien una proclama filosófica, donde manifiestan la búsqueda de un estilo de vida común y una concepción del arte como expresión directa de la vida, pudiéndose observar la influencia de la escultura de los primitivos de África y Oceanía, los antiguos grabados alemanes en madera, Van Gogh y Munch; posteriormente el colorido fauvista (Vlaminck) de colores violentos producto del estado emocional desesperanzado que primó en sus obras. Por citar otras manifestaciones expresionistas: Der Blaue Reiter (El jinete azul), en Munich con Kandinsky y Franz Marc. Emil Nolde y Oskar Kokoschka con su aplicación violenta de la pasta de color o la naturaleza vehemente y destructiva de Chaim Soutine. Teóricos como Theodor Lipps o Wilhelm Worringer y revistas vanguardistas como Jugend, Pan, La Revue Blanche.  Fue con la llegada de los nazis en 1933 cuando se disolvió y dispersó esta forma de pintar expresionista, recuperándose a partir del final de la Segunda Guerra Mundial.
 
En  Kirchner asombra el número y la calidad de su producción alcanzado en unos treinta años, donde predomina su carácter experimental. Su proyecto de fin de carrera fue un cementerio y aunque no se dedicó a la arquitectura por entero, sus estudios le sirvieron para ofrecer intrépidas perspectivas y secciones de edificios (Estación de Königstein, 1916) o también interiores de atrevida angulosidad formal (Cocina alpina, 1918). Kirchner veía en el grabado una técnica donde consumaba la expresión del dibujo iniciado en el cuaderno de apuntes, ampliando sus rasgos expresivos en los retratos y la tensión en los paisajes. Él mismo imprimía las estampas que tenían una serie corta (no más de diez) o bien manipulaba individualmente cada impresión siendo ejemplares únicos, pues presentaban cada una alguna modificación.
 
A través de sus cartas sabemos que con una forma simple y un color nítido quería transmitir sentimientos, más que la imitación de la naturaleza. Con la escultura cumple sus ansias de expresar la de espacialidad, fundamentalmente trabaja la madera y podemos ver en la exposición unas obras consecuencia de su afán de relación de las diferentes técnicas, así del apunte en su cuaderno pasamos a la acuarela Pareja de acróbatas (c. 1932), al óleo Pareja de acróbatas (escultura), 1932-33 y a la escultura en madera de cembro  Pareja de acróbatas, 1932. Arte integrador y correlación estilística que va desde el ímpetu del cuaderno de notas al dibujo, de aquí a la madera del grabado o la escultura y quizá al textil o a la pintura donde también preparaba la imprimación del lienzo y diseñaba los marcos. La fotografía también le sirvió para llevar al óleo algunas piezas (Amazona, 1931-32), o como inicio de otras obras, asimismo como documento para relacionarse con galeristas e inclusión en catálogos de exposiciones.
 
El carácter inquieto y experimental de Kirchner, le lleva a estar siempre al tanto de las innovaciones artísticas de la época, así entre 1905-8 observamos una pincelada espontánea, rápida y pastosa, alternando colores primarios y fuertes líneas de contorno y superficies de color homogéneas. En 1911 se traslada a Berlín donde la agitada vida urbana se mezcla con los años de preguerra que Kirchner refleja en pinturas de perspectivas distorsionadas, mezclado ahora con blanco una variedad corta de dos o tres colores en capa fina y nerviosa pincelada. En los veranos descansa en el campo y lo refleja en sus desnudos en la naturaleza, aunque entre 1915-18 se produce su gran crisis vital con internamientos en sanatorios alemanes y suizos. Residiendo finalmente en Davos y fascinado por la naturaleza y el trabajo en el campo, realizará cuadros intensos sin caer en el sentimentalismo: Vida alpina (1917-1919).  Posteriormente serena la pincelada  y superpone colores, llegando a lo que se denomina técnica de tapiz: El valle del Sertig en otoño (1925-26), Las tres viejas (1925-26) y Puente cerca de Wiesen (1926). Asimismo colabora con artistas del grupo Rot-Blau como Albert Müller, Hermann Scherer y Paul Camenisch que le visitaron en Davos (Albert Müller en pareja, 1926-26).
 
En 1924 se gesta su último “nuevo estilo” con superficies homogéneas de color intenso y diferentes puntos de vista con tendencia a la abstracción. Este último periodo hasta su muerte es el más controvertido entre los especialistas para lograr una conclusión o definición estilística, quizá porque también el propio artista se está debatiendo con la actualidad artística que le rodea sobre la singularidad de su propio estilo, alejándose de su pasado expresionista, de la abstracción y del surrealismo. En sus diarios, que escribe en tercera persona, se puede leer: “(marzo-abril, 1925): Para él, el azul ya no es frío, ni el rojo cálido; para él, hay un azul cálido tanto como un rojo frío, dependiendo de la armonía cromática que envuelva a ese rojo o a ese azul.” Y más adelante  al referirse a la teoría del color de Vilhelm Ostwald: “(15 abril 1927) Está superada hace mucho, porque yo trabajo mucho más con disonancia que con armonía para excitar el ojo y generar determinados matices cromáticos que se desarrollan a partir del tema” (Todas las citas de los diarios y cartas provienen del catálogo de la exposición).

Hacia 1930 grandes composiciones reflejan su admiración por la pintura mural, de intenso cromatismo y con formas ameboides de luminosos magenta, violeta o naranja, a modo de “sombras de aire” que rodean las figuras: Gran pareja de enamorados (matrimonio Hembus), 1930. A medida que acrecienta el tamaño de sus lienzos va aumentando la abstracción de sus composiciones en audaces escenas en movimiento con auras vibrantes y entrelazadas de colores atrevidos: Tres desnudos en el bosque (1933), Trotón con tiro (1930) o  Desnudo en naranja y amarillo (1929-30).
 
Sea como fuere la denominación, se trata de un estilo inscrito dentro de su contemporaneidad y con un avance de evoluciones artísticas inmediatas al final de la atroz guerra que se aproximaba. En 1937 los nazis confiscan su obra denostada como “arte degenerado” retirando de los museos seiscientas treinta y nueve obras suyas y además es expulsado de la Academia Prusiana de las Artes. Agobiado, destruyó algunas obras y el 15 de junio de 1938 se suicidó, enterrado en el cementerio del bosque de Davos en el mismo paisaje que había inspirado sus obras. Louis de Marsalle heterónimo que usa para facilitar la crítica de sus trabajos nos dice: “Los dibujos de Kirchner son tal vez lo más puro, lo más hermoso de su trabajo. […] Como esas imágenes están creadas con sangre y nervio, y no con el entendimiento, que todo lo sopesa fríamente, hablan de manera directa y sugerente. […] Puede sentirse con todo sosiego una pugna ardiente y pasional por las cosas.”

lunes, 21 de mayo de 2012

NACHO CRIADO - Agentes colaboradores


Volver veinte años atrás al Palacio de Cristal del Retiro, ahora que se hace rotundo el título de su exposición en el Círculo de Bellas Artes de Madrid de 2006 (Nacho Criado [No existe]), nos convierte a nosotros también en agentes colaboradores, dentro de esos espacios escénicos donde testimonia su vida y reta a la meditación, donde renovar el significado de sus piezas, su interpretación, la intencionalidad o el enigma de la representación ante el que sucumbir.

En este recorrido podemos observar su relación con el arte povera y el minimalismo (mejor hacia lo mínimo, como Nacho Criado quería entenderlo), transcendiéndolos en una estrategia de sucesivos procesos de colaboración (de ahí el título de la exposición) con agentes naturales que intervienen en el resultado de la obra en alianza con el tiempo (In/digestión, 1973-76); polillas, termes u hongos entre cristales (Umbra Zenobia, 1991) cuya erosión cambia la forma. Líneas de trabajo entorno a piezas de Carl Andre, Walter de Maria o Robert Smithson, le inician en una disciplina donde en la propuesta ya está la obra (tantos son los proyectos en el escenario de su imaginación). También cabe resaltar la complicidad con Walter Marchetti, integrante de ZAJ, desde su origen en 1964, cuya actividad choca con las convenciones artísticas del momento, con acciones que congregan diferentes actividades artísticas, tanto musicales como plásticas o poéticas, donde cabe resaltar su actitud frente al medio artístico o político.

Formas liberadas de la mimesis, que cuestionan la representación del objeto que le llevan a un rigor conceptual alejado o al margen del paradigma clásico del arte: un extrañamiento o excentricidad recompuesta sobre Mantegna y la sensibilidad del sueño (En tiempo furtivo, 1997); que va excavando sensaciones nuevas en nuestro interior y nos prolonga la experiencia duchampiana, Escalera (2006).  Son “ideas que ponen en práctica el concepto” (Sol LeWitt “Sentencias sobre arte conceptual”, 1968, recogido en Marchán Fiz, Del arte objetual al arte de concepto. Madrid, Akal, 1994), generando una base conceptual con propuestas de transformación del objeto artístico, tanto en la creación como en su recepción y mercantilización, con provocaciones con sentido contestatario y político. Conceptualismo que se desborda en sus instalaciones donde aborda las posibilidades de representación de la naturaleza o bien como desmaterialización de la obra artística y fundamentada en la idea, en el proyecto, que nos habla de su propio proceso de configuración y que nos recuerda también otras propuestas: Bruce Nauman, El artista verdadero es una fuente luminosa  (transparente sobre cristal, 1966) o Joseph Kosuth, Arte como idea como idea, 1968.

Un arte que altera la funcionalidad de los objetos, ¿qué sujetan esas escuadras (Paisajes endémicos (1997-2003)? Nada, “Nada que apoyar, Nada que soportar, Nada que objetar” (figura en otra obra de igual título de 1992) nada sino la inquietud de quien lo ve, evanescencia y suspensión del orden. Objetos, entre Duchamp y Beckett, para soportar la reflexión, la mirada que allí queda atrapada, la arena del desierto quebrada en el cristal. No hay escape tranquilizador.

domingo, 13 de mayo de 2012

LAS ARTES DE PIRANESI - arquitecto, grabador, anticuario, vedutista, diseñador


En 1720 nace Giovanni Batttista Piranesi en el entorno de una familia veneciana en la que convivían la vida artesana, las profesiones liberales y la iglesia, que determinarán su porvenir como artista, según nos cuenta Marguerite Yourcenar en “El negro cerebro de Piranesi”, A beneficio de inventario, un magnífico ensayo sobre Piranesi. Venecia fue determinante en su formación aunque no construyera nada, aunque no la reflejase en sus cobres se convierte en una paradoja más, en otro lugar inhóspito guardado en su retina rebosante de Palladio, a través del gran Juvarra.

Se pueden destacar tres componentes en la obra de Piranesi: la vocación arquitectónica, la pasión por la arqueología y la dedicación al “vedutismo”, aunado todo ello en Roma, con  ideas para que recuperase su grandeza perdida en una masa urbana informe, acercando la antigüedad romana a sus problemas coetáneos. En Prima Parte di Architetture, e Prospettive (1743) expresa de forma gráfica su creatividad arquitectónica con una reflexión sobre los estilos clásicos conjuntada con una concepción ideal de la arquitectura de su época añadiendo el dinamismo y la perspectiva escenográfica del círculo de los Bibiena.

Familiarizado con los Scherzi di fantasia de Giovanni Battista Tiepolo y con la afición de Canaletto a insertar líneas arquitectónicas en la trama urbana, su taller de Roma fue una exitosa alternativa a las vistas de ciudad en pintura, alcanzando con sus grabados una calidad envidiable por sus competidores. Además de la técnica se valoraba el tratamiento expresivo que cobraba la imagen, la relevancia del monumento lograda en la elección del punto de vista, su fidelidad visual y encuadres originales. Su serie Vedute di Roma (h. 1745-46) fue la más buscada, varias veces reimpresa y ampliada afianza el éxito del vedutismo ejemplificado por Vasi y Valeriani, un mercado aumentado por el Grand Tour.

Entre 1745-55 buscó ruinas y realizó excavaciones dibujando planos y obteniendo datos para sus polémicos argumentos teóricos: Le Antichità Romane de gran poder evocador superando técnicamente los grabados de Vasi, combina teoría y testimonio arqueológico, empirismo científico e imaginación. Un proyecto ideal de ilustración, de utilidad y belleza constitutivos de la tectónica romana donde la Antigüedad establecida sobre inquebrantables machones (fondamenta soterranee), deviene un permanecer siempre. A modo de entender de Luigi Ficacci (Piranesi. Catálogo completo de grabados) con el grabado reivindica aquellas ruinas restaurando su autoridad histórica. Dramatizada hegemonía de las ruinas que servían como fuentes de obras de arte para las colecciones papales, interesados en la gloria del catolicismo, a través de la suya propia, a costa de la grandeza de la Antigüedad. En Antichità basa su método arqueológico y derivarán de aquí otros posteriores estudios donde no abandona su tesis que otorga la primacía a la arquitectura romano-etrusca sobre la griega (ya desde su juventud con su tío Matteo Lucchesi), a lo que une su apasionamiento por el trabajo de campo, para refutar las tesis de Winckelmann en defensa del arte griego, que prolonga en Osservazioni sopra la lettre de M. Mariette y Parere sull’architettura, 1765.

Della Magnificenza ed Architettura de’Romani (1761) como continuación de Antichità es una recapacitación sobre el papel que debe seguir cumpliendo Roma, busca un modelo ideal para una ciudad nueva con raíces en la antigua con estampas que combinan la solidez arqueológica con la empatía del pasado perdido; así Il Campo Marzio dell’Antica Roma (h. 1762), como imagen del poder civil semeja un collage topográfico de monumentos dispersos, una comparación de la Roma moderna con la Antigüedad que ofrece mensajes susceptibles de interpretación variada: aquel uso abierto a la juventud en la República, que va degenerándose en la Roma Imperial.

Hasta ahora hemos hecho un recorrido por las diferentes vedute de la exposición, que también nos permite comparar diversas vistas de Roma del XVIII, con la mirada fotográfica actual sobre esos lugares de Gabriele Basilico, produciéndose unas correspondencias inevitables: la luz impresionada de Basilico contra la luz destilada en Piranesi. Asimismo ver diversas maquetas y detalles fotográficos de Santa María del Priorato (1764-67), por fin, el proyecto que pasó a construirlo y aunque las guerras napoleónicas mermaron la planta superior de la iglesia, se puede apreciar la concepción espacial y su ordenación urbanística en vía Santa Sabina en el Aventino, con el que guarda correspondencia su hermética y generosa ornamentación.

De otra parte y como el subtítulo de la muestra indica, podemos apreciar ocho piezas y el proceso de su consecución (espléndido trabajo de Factum Arte) a partir de diseños de Piranesi, cuatro de Diverse Maniere d’adornare i cammini… (1769) y cuatro de Vasi, candelabri, cippi… (1778). En 1761 Piranesi se traslada al Palazzo Tomati en la Strada Felice (hoy Via Sistina), con taller-escuela y una estrategia empresarial con las vedute que le permite publicaciones por su cuenta. Además era anticuario, vendía y autentificaba piezas antiguas que había restaurado, recreado y organizado en una especie de museo visitado más que nada por turistas. Piranesi reconstruía a partir de fragmentos, basándose más que nada en su personal análisis de la Antigüedad, reinterpretándola con su genio inventivo, aclimatando las piezas “antiguas” al gusto del entendido. En estas piezas y diseños podemos apreciar su libertad creativa y densidad ornamental, un gusto rococó, como antecedente, en esta decoración a la egipcia de las chimeneas a las que se añade una combinación de elementos etruscos,  romanos antiguos y renacentistas o el gusto piranesiano por los elementos excesivos y opulentos en la silla expuesta. La escala de vasos y jarrones era para asombrar, abrumar como en los grabados de los Bibiena donde el individuo queda empequeñecido por esa visión del ideal clásico. En 1777 visita Paestum con su hijo Francesco y el arquitecto Benedetto Mori para reproducir los templos del lugar (esa columna dórica -sin basa- encadenada a sus lamentos), falleciendo en 1778 cuando las planchas estaban grabadas aun sin editar, lo hará Francesco.

Siendo importante esta reproducción de objetos y su modo de hacerse, a nuestro juicio, la gran oportunidad que brinda esta exposición es la de poder enfrentar las cárceles de Piranesi con el vídeo de Gregorie Dupond, un proyecto de reproducción tridimensional que enlazaría con la lectura que recoge Manfredo Tafuri (La esfera y el laberinto) sobre la lámina XVI (segundo estado) cuya contemplación compara a un holograma que ofrece esa tercera dimensión virtual: una mirada que nos lleva a un laberinto espacial de espíritu veneciano, un espacio insensible a medidas temporales, que más responde a la invención que a la mimesis. Algunos autores como Mauricio Calvesi han vinculado estas cárceles a la Carcel Mamertina, o bien a los sustratos capitolinos y arcadas del Tabularium que recuerdan mucho a algunos de los ambientes de las cárceles piranesianas, también por la terribilitá del aspecto y por la imponencia de los oscuros bloques de piedra con los cuales son construidos. Otros autores las relacionan con los calabozos del Mausoleo de Adriano o la prisión de los Pozzi de Venecia, todas ellas demasiado angostas y bulliciosas, para el silencioso, hermético y amplio espacio de Carceri, donde la constricción no viene por la falta de espacio, sino de una apertura hacia el infinito.

En este artículo nos hemos referido al segundo estado de Carceri y en la exposición se puede comparar, en otro buen montaje en vídeo, los dos estados. Basándonos en Henri Focillon, probablemente el primer historiador que sistematiza un estudio teórico sobre la obra de Piranesi (Giovanni Battista Piranesi 1720-1778. Paris, Henri Laurens ed., 1918), el primer estado, con una impresión más natural está a falta de materialidad; el segundo, disminuye los espacios blancos y aumentan rincones en sombra, se caracteriza por las bellas mordeduras y por la intensidad de su tono, con un brillo que desconcertaba a sus contemporáneos. Todo se concreta, se define y tiende a buscar el efecto en el que la materia aparece desde su resistencia inflexible, donde, según Francisco Dal Co, el saber y el tormento van unidos, una característica de lo sublime en Burke.

La complejidad de detalles no es un desorden, las Carceri son caprichos de la imaginación, fantasía a base de combinar la perspectiva lineal, aérea y de sombras, fuga de volúmenes y de espacios que las escaleras reúnen y cortan. En Carceri no encontramos una visión en perspectiva que proceda en profundidad sin interrupciones, es una perspectiva “a saltos” donde los espacios en vez de vincularse proceden a colisionar, choques sucesivos de espacios en ruptura (Tafuri), una vertiginosa mesura “poliperspectívica” de espacios ad infinitum. Sus elementos no están solo para lograr el efecto grandioso o imponente, juegan un papel en ese claroscuro: el vértigo y el terror se deslizan a lo largo de pasillos atravesados de jarcias y máquinas, útiles de construcción convertidos en instrumentos de tortura. Teatros en los que se ponen en escena las acrobacias realizadas por un apóstata deseoso de arrastrar a sus propios espectadores al universo de la “virtuosa locura”. Yourcenar también nos cuenta que Elie Faure, en su Historia del Arte, había anotado que el autor de Carceri seguía dentro de la gran tradición del Juicio Final de Miguel Ángel, no son una prisión cualquiera: son nuestros infiernos… Más por debajo de todos los espantos reina una suerte de poesía severa y grandiosa.